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ANÁLISIS

Otro año del horror a orillas del Bósforo

La cohesión interna de las fuerzas de seguridad turcas parece haberse quebrado tras la caza de brujas desencadenada tras el golpe del pasado 15 de julio

Agentes de policía controlan el acceso al club Reina de los ciudadanos que quieren depositar flores en homenaje tras el atentado.
Agentes de policía controlan el acceso al club Reina de los ciudadanos que quieren depositar flores en homenaje tras el atentado. AFP

Las balas del terror han segado la vida de israelíes y libaneses, supuestos enemigos irreconciliables que bailaban alegres en la misma sala de fiestas a orillas del Bósforo. De saudíes y belgas probablemente felices al son del remix de Tu vuó fá l’americano. Sorbiendo todos sus copas donde la geografía dice que se acaba Europa, donde el exmadridista Guti estrellaba al término de una noche de farra su último cochazo tras un partido con los colores del Besiktas, el club que toma el nombre de ese mismo distrito.

Turquía comienza 2017 otra vez bajo el terror. Poco después de haber despedido uno de los años más horribles de su historia, jalonado de atentados de todo signo y marcado por un fallido golpe de Estado militar —el primero sangriento desde 1980—, el glamur de la noche estambulita se teñía de sangre en la discoteca Reina.

Las autoridades no se han apresurado esta vez a culpar al separatismo kurdo —como en el atentado con coche bomba registrado hace 21 días precisamente cerca del estadio del Besiktas— de un ataque que lleva el sello del Estado Islámico, y que evoca la hecatombe que vivió París la noche del 13 de noviembre de 2015.

El Ejército turco combate abiertamente desde el pasado verano en suelo sirio a las milicias del Estado Islámico y está intentando romper en los últimos días las líneas del suministro de Raqa, la capital yihadista en la ribera de Éufrates. Después de haber hecho la vista gorda en su frontera ante los movimientos de salafistas y otros grupos radicales islámicos que acudían a combatir al presidente Bachar el Asad, Ankara ha dado un giro en la guerra de Siria al buscar un entendimiento con Rusia e Irán, aliados del régimen de Damasco, para fraguar el último alto el fuego.

El conflicto en el país vecino, los ataques terroristas encadenados, la lucha de desgaste contra la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y las purgas masivas en el Ejército, la policía y la Administración civil han acabado debilitando al Gobierno del presidente Recep Tayyip Erdogan. Cuando acaba de poner en marcha una reforma constitucional para dar fuerza de ley al poder ejecutivo que ya ejerce de facto, el modelo político del líder incuestionable del país eurasiático desde hace 14 años se tambalea por el agotamiento de las reservas de divisas y el desplome de la lira turca, que se ha devaluado en 2016 más de un 17% frente al dólar.

Un hombre armado con un fusil de asalto pudo llegar en plena celebración de Nochevieja hasta una sala de fiestas sometida a estricta vigilancia. Como ya se puso en evidencia hace apenas dos semanas en el asesinato del embajador ruso en Ankara, la cohesión interna de las fuerzas de seguridad turcas parece haberse quebrado tras la caza de brujas desencadenada tras el golpe del pasado 15 de julio. Nadie está ya dispuesto a fiarse de nadie en la Turquía de Erdogan.