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“Volver al Bataclan me es de momento imposible”

Veinte víctimas de los ataques del 13 de noviembre siguen en el hospital un año después de la tragedia

Samuel Charon, que sobrevivió en Bataclan.
Samuel Charon, que sobrevivió en Bataclan.

Los mortíferos atentados de París del 13 de noviembre del pasado año han dejado una huella aún demasiado visible y dolorosa. Veinte de los 400 heridos siguen hospitalizados. 2.800 afectados han pedido indemnización. Seiscientas siguen en tratamiento psicológico. Sus familiares (los de los heridos y los muertos) intentan pasar página. Aurélie Silvestre, que perdió a su marido, lo ha intentado escribiendo un libro. Samuel Charon, que permaneció durante dos horas de infierno como rehén en el Bataclan, ha encontrado refugio en la creación de una asociación, Life for Paris, y en el intercambio de impresiones con los que vivieron el mismo drama.

Samuel Charon tiene 43 años. Viste una chaqueta vaquera en la que ha cosido el logo de la asociación de víctimas que ayudó a crear a principios de año y habla con los periodistas de la LENA, la alianza de periódicos europeos a la que pertenece El País, en un bar de París. Es un aficionado a la música y había acudido al Bataclan en multitud de ocasiones antes de esa fatídica noche del 13 de noviembre. El ataque terrorista le pilló cerca del escenario y permaneció escondido en el proscenio, entre muertos y heridos, durante dos horas. El recuerdo de esas dos horas es confuso.

“Me persigue la idea de una joven herida que estaba a mi lado. No sé qué fue de ella ni quién era”, explica. Tampoco sabe si realmente ese recuerdo que le asalta es real o producto de su propia mente. De lo que está seguro ahora, un año después, es de que, de momento, es incapaz de volver al Bataclan. De los 130 muertos de aquella noche, 90 estaban en la sala de conciertos. Fue una carnicería en la que los tres yihadistas hicieron 250 disparos, además de retener a cientos de rehenes.

En esa sala estaba también Matthieu Giroud, profesor de geografía de 38 años. Giroud estaba solo, como Charon. Su mujer Aurélie Silvestre, embarazada de su segundo hijo, se había quedado en casa. A las 21.46 horas le enviaba su último mensaje desde el Bataclan: “Esto es rock and roll”. Cuando los rehenes fueron liberados, Aurélie vio en la televisión a un hombre de espaldas con una camisa de cuadros como la de su pareja. “¡Es Matthieu. Está vivo!”, gritó. Pero inmediatamente fue a comprobar en el armario y la prenda estaba allí. Un día después la policía le daba la peor noticia: Matthieu estaba entre los muertos.

La mujer de Samuel (dos hijos pequeños en común) recibió con alivio la noticia contraria. Su marido estaba sano y salvo. “Siempre me he dedicado a la comunicación, así que salí de la sala, vi allí a los periodistas de la televisión y me dije que por qué no ofrecer mi testimonio”. No pudo continuar en activo. Se ha sometido a terapia psicológica. Intenta recuperar su normalidad. A veces, forzando las cosas. En febrero acudió a su primer concierto, en el Olimpia, tras el infierno del Bataclan. Ha intentado disfrutar de la música en directo varias veces después, pero solo esta semana lo ha conseguido; por vez primera.

Aurélie Silvestre considera haber pasado lo más duro. El nacimiento tan esperado de su niña Thelma ha sido un nuevo aliento de vida. La escritura de un libro (Nos 14 novembre, ed. JCLattès), recién publicado, ha sido también parte de su terapia. “Quería dejar una huella. No sé qué lugar ocupará en la vida de mis hijos todo esto, pero el día en que quieran saber lo que he vivido, quiero que tengan esto, que sepan que Gary [el hijo mayor de solo cuatro años] y yo somos como compañeros de trinchera. Hemos librado una guerra juntos”.

El Gobierno y las diversas asociaciones de víctimas han organizado visitas guiadas al Bataclan este año, aun estando en obras, y les han facilitado entradas para el concierto inaugural de Sting. Pero ni Samuel ni Aurélie han participado. Esta última ha dejado también el trabajo y se dedica a sus hijos. Samuel, por su parte, ve terrible que para sus hijos, hoy, acudir a un concierto suponga correr un riesgo. Cuando la mayor de las niñas supo que iba a uno en este segundo tramo de su vida le advirtió, preocupada: “Espero que no haya un terrorista”.