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Trump vuelve a ser Trump

El candidato republicano recupera su lenguaje soez y agresivo en el debate más tenso con Hillary Clinton

El candidato republicano Donald Trump en un mitin.

Dos horas antes del debate presidencial, Jared Crane jugaba este domingo con otros estudiantes al frisbee en una explanada en la Universidad Washington, en San Luis (Misuri). El ultimate frisbee, una mezcla de fútbol convencional y americano, nació como un deporte contracultural en los años sesenta: no hay contacto físico entre los jugadores, ni un árbitro. Crane, de 20 años, votará en noviembre a la demócrata Hillary Clinton, no porque esté convencido sino porque considera un peligro al republicano Donald Trump.

La segunda cita televisiva entre Clinton y Trump se celebró en un pabellón deportivo junto a la explanada ajardinada. Como en el frisbee, no hubo contacto físico entre ambos candidatos: no se saludaron al inicio del debate. Tampoco hubo un árbitro definido: los dos moderadores sufrieron para hacer respetar las reglas de juego.

La permisividad hizo que Trump volviera a ser el Trump más auténtico. Lo hizo en el peor momento de su campaña tras el cisma que ha abierto en el Partido Republicano la difusión de un vídeo de 2005 en que habla en términos machistas.

Trump exhibió en San Luis su estilo más soez y agresivo, el lenguaje burlón y actitud desenfadada que electriza a sus seguidores más fieles e inquieta a los conservadores ortodoxos. Atacó a Clinton sin piedad, dejando de lado la diplomacia del primer debate y oscureciendo la campaña: acusó de supuestos abusos sexuales a su marido Bill y dijo que la candidata demócrata debería estar encarcelada por el uso de un correo electrónico privado como secretaria de Estado.

Jared Crane, estudiante de la Universidad Washington ampliar foto
Jared Crane, estudiante de la Universidad Washington

Trump se mostró inquieto en el debate, que incluía preguntas de los moderadores y del público. Interrumpió constantemente a Clinton y a los dos periodistas, a los que acusó de ser injustos con él. Cuando la candidata demócrata hablaba, permanecía de pie, se situaba detrás de ella, daba vueltas o se apoyaba nervioso en su silla. Clinton, en cambio, se sentaba cuando el republicano hablaba. Lo escuchaba reflexiva, como una madre que mira a su hijo indisciplinado.

El formato parecía beneficiar a Trump: él dominaba la escena, ponía a Clinton en un plano secundario y la obligaba a responder a la defensiva.

Las diferencias en una de las campañas más feroces que se recuerdan se visualizaron en un mismo escenario: dos estilos políticos y personalidades. La agitación se propagó: el público no pudo resistirse a no aplaudir pese a las reclamaciones de los moderadores de que no lo hiciera.

Trump también fue Trump en sus incoherencias, en su ausencia de guión. Ante una pregunta sobre el caos en la ciudad siria de Alepo, respondió hablando de la iraquí Mosul. Tampoco pudo formular una estrategia concreta contra el Estado Islámico.

El estudiante Crane afrontaba con reticencia el debate. “Parte de mí no quiere mirarlo porque me crea ansiedad y negatividad, pero quiero estar informado”, decía antes del inicio. Posiblemente, el más sucio de los debates no le ayudó a mejorar su percepción.

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