¿Quiere saber qué contiene el móvil del primer ministro? Vaya a Suecia

La ley de transparencia sueca cumple 250 años, gracias a esta norma los ciudadanos pueden acceder a cualquier información de los políticos

Julian Assange, fundador de Wikileaks desde la embajada de Ecuador en Londres este febrero.
Julian Assange, fundador de Wikileaks desde la embajada de Ecuador en Londres este febrero. Kirsty Wigglesworth (AP)

¿Qué ocurre cuando un ciudadano sueco quiere acceder a todo el correo electrónico oficial de cualquier funcionario público o a la información que contiene su móvil de trabajo, ya sea un diplomático o el primer ministro? No sólo tiene que enseñárselo, sino que está obligado a abandonar cualquier otra tarea para cumplir con las estrictas exigencias de las leyes de transparencia de este país nórdico. “No hay ninguna excusa”, sentenció el Tribunal Supremo cuando se produjo un injustificado retraso en una de estas peticiones. Este país, que, como tantas democracias europeas, atraviesa una profunda crisis de identidad, celebra el próximo 2 de diciembre los 250 años de su ley de libertad de prensa, pero también de la norma que legalizó al mismo tiempo el acceso público a los documentos del Parlamento y del Gobierno en 1766, la primera legislación de este tipo en el mundo.

Suecia se ha convertido en uno de los países que se hacen las preguntas más profundas sobre su futuro y su identidad. Dentro de su vieja tradición de acogida —de la que se beneficiaron tantos chilenos y argentinos, y otras víctimas de dictaduras latinoamericanas en los sesenta—, ha sido el país de la UE que más refugiados per capita ha recibido en esta crisis (163.000 en 2015, lo que representa en torno al 2% de su población) y el segundo en términos absolutos, detrás de Alemania. Sin embargo, eso ha provocado una inusitada subida de la ultraderecha —los Demócratas Suecos se han convertido en el tercer partido— y cierres periódicos de su frontera con Dinamarca, por donde entran aquellos que huyen de las atrocidades de Siria.

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También empiezan a plantearse su neutralidad, pese a que uno de los datos que los suecos esgrimen con más orgullo es que llevan más de 200 años sin sufrir un conflicto en su territorio (desde 1814, la época de las guerras napoleónicas). Este mes de septiembre, el país ha vivido un intenso debate sobre si debería entrar en la OTAN, aunque sea a través de una fórmula de compromiso. El motivo de este giro reside en el creciente sentimiento de que Moscú podría representar una amenaza (Suecia no tiene fronteras con Rusia, pero sí su vecina Finlandia). Nada como la serie televisiva noruega Occupied, que retrata una invasión rusa de Noruega con el apoyo de la UE para hacerse con sus recursos energéticos, refleja con tanto acierto el sentimiento que se está apoderando de una parte de la población de los países nórdicos: que Moscú puede representar un problema serio después de lo ocurrido en Crimea; pero también que la UE ha dejado de ser un elemento tranquilizador y de estabilidad. Sin embargo, el consenso en torno a la libertad de prensa y a la ley de transparencia no ha sufrido ningún tipo de fisura y Suecia ha organizado congresos y actos políticos para conmemorarla.

Las consecuencias actuales de aquella insólita decisión en una Europa que todavía no había vivido la Revolución Francesa (la toma de la Bastilla se produjo en 1789) y que difícilmente podía entrever las consecuencias de la revolución americana (que empezó en 1763, aunque la declaración de independencia de Estados Unidos no se produjo hasta 1776) son resumidas por el periodista Johan Linden en un encuentro que tuvo lugar en Estocolmo en septiembre con un grupo de informadores internacionales invitados por el Ministerio de Exteriores sueco, entre ellos EL PAÍS. Linden, un periodista de la televisión pública sueca SVT (sobre la que el Gobierno no tiene ninguna autoridad), relata una historia que le ocurrió cuando era un joven reportero y realizaba una compleja investigación sobre un avión de combate sueco. Eran los tiempos de la Guerra Fría y su objetivo era descubrir si los estadounidenses tenían algo que ver con este programa. “Pedí miles de papeles al Gobierno. Aquí todos los documentos son públicos por principio, el Estado tiene que demostrar que deben seguir siendo secretos por motivos de seguridad nacional y no es fácil. Además, cuando un ciudadano solicita algo, esta petición tiene absoluta prioridad”, relata Linden. El problema no estaba en la cantidad de documentos que exigió —miles—, sino en que las únicas personas que podían trillarlos eran el primer ministro y el jefe del Estado Mayor. “Podéis imaginar el susto que me llevé, porque entonces tenía 21 años y acaba de hacer la mili, cuando el máximo responsable del Ejército me llamó para que nos reuniésemos”, añade.

Jonas Nordin, historiador de la Biblioteca Nacional de Suecia, relata que esa ley surgió en el siglo XVIII durante la “llamada edad de la libertad, cuando, durante dos generaciones, Suecia fue gobernada por el Parlamento”. “Se dieron cuenta muy pronto de que necesitaban un marco para la discusión libre y también querían saber lo que ocurría en la Administración y en el Parlamento. El impacto de esta norma a lo largo de la historia de Suecia ha sido tremendo”, prosigue. Algunos Ministerios, como el de Asuntos Exteriores, disponen de un equipo de juristas especialmente dedicado a ello, ya sea para desclasificar todos los papeles relacionados con el caso de Julian Assange, atrincherado en la Embajada de Ecuador en Londres y reclamado por violación por la justicia sueca, o para explicar a un alumno de un instituto que tal vez no sea una buena idea pedir todos los documentos sobre Oriente Próximo de los últimos 50 años para realizar un trabajo escolar. El posible daño a las relaciones con otro país al igual que la seguridad nacional son de las pocas barreras que impone la ley.

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“El impacto de esta norma a la largo de la historia del país nórdico ha sido enorme”, explica un historiador

La transparencia total provoca problemas, sin duda, y de hecho todo el complejo sistema de autorregulación de la prensa en Suecia se basa en que lo que se puede publicar es mucho más amplio que lo que se debe publicar. También es curioso que las novelas suecas más difundidas de los últimos años —las obras protagonizadas por el inspector Kurt Wallander, escritas por Henning Mankell, y la serie Millennium, de Stieg Larsson— traten de las mentiras y los secretos que la sociedad esconde. Sin embargo, Suecia lleva años situada entre los países menos corruptos del mundo en la lista de Transparency International, y ni sus ciudadanos ni sus políticos se plantean el más mínimo cambio en su legislación. Como explica Jonas Nordin, “es una ley fundamental como periodista pero sobre todo como ciudadano. Somos igual de corruptos que cualquier otro país. La diferencia es que aquí tienes muchas más posibilidades de que te agarren. El solo hecho de que puedas exigir una transparencia total nos hace mejores como sociedad”.

Sobre la firma

Guillermo Altares

Es redactor jefe de Cultura en EL PAÍS. Ha pasado por las secciones de Internacional, Reportajes e Ideas, viajado como enviado especial a numerosos países –entre ellos Afganistán, Irak y Líbano– y formado parte del equipo de editorialistas. Es autor de ‘Una lección olvidada’, que recibió el premio al mejor ensayo de las librerías de Madrid.

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