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OPINIÓN

El caso José Manuel Barroso

La financiera Goldman Sachs contrata al expresidente de la Comisión Europea

Jose Manuel Durao Barroso en una foto de archivo. EFEArchivo
Jose Manuel Durao Barroso en una foto de archivo. EFE/Archivo EFE

La contratación del expresidente de la Comisión de Bruselas como vicepresidente no ejecutivo y asesor-negociador de la multinacional financiera Goldman Sachs Internacional en Londres no deja de suscitar indignación y reprobación en los altos círculos políticos europeos y de la propia Comisión. En su comunicado de nombramiento, la multinacional se jactaba, el 8 de julio pasado, de que “José Manuel Barroso traerá análisis, una inmensa experiencia a Goldman Sachs y, sobre todo, una profunda comprensión de Europa. Estamos impacientes por trabajar con él...”.

El presidente francés François Hollande reaccionó inmediatamente tachando el comportamiento de Barroso de “personal y moralmente inaceptable”. Este señor, devenido alto ejecutivo de la multinacional americana después de haber conseguido datos y contactos clave en su puesto de Bruselas, topa frontalmente, incluso respetando el plazo legal para una nueva función, contra el espíritu del artículo 245 del Tratado de Lisboa que vigila los conflictos de intereses de los funcionarios de la UE.

El caso es doblemente escandaloso porque el expresidente de la Comisión tiene la misión, asignada por la multinacional para, ni más ni menos, ¡defender los intereses británicos por la salida de la UE! Y, más aún, negociar esta salida con Michel Barnier, quien defenderá a la Unión Europea y que ha sido ¡su propio comisario en Bruselas! Es surrealista…

Esta jugada ocurre en un momento dramático para Europa. Frente a la tremenda desconfianza de los ciudadanos, el enorme desafío, a corto y medio plazo, planteado por la crisis de los refugiados y la salida de Reino Unido, que puede servir de parangón a otros socios, Europa no tiene ni dirección ni proyecto creíble. Está en el aire, tal y como se ha demostrado una vez más durante el último encuentro en China del G20 (4 y 5 de septiembre), en el cual asistimos, con un Jean-Claude Juncker adormecido, al inevitable retorno del juego contradictorio de los Gobiernos europeos. Francia y Alemania pretenden ahora relanzar el proyecto europeo, pero solo han logrado ponerse de acuerdo sobre una limitada propuesta de defensa y mínimas reformas para la zona euro.

Estamos lejos, muy lejos, del choque eléctrico que necesita Europa para despertar.

Por el contrario, el caso Barroso demuestra a la opinión pública la colusión de algunos altos dirigentes de la Unión con grandes entidades financieras mundiales. La mediadora europea, Emily O’Reilly, consciente del daño hecho con este nombramiento, desató la alarma exigiendo “explicaciones” a Jean-Claude Juncker, mientras una solicitud electrónica, ya firmada por 120.000 personas y apoyada por numerosos funcionarios europeos, reclama sanciones “ejemplares”. Si, para muchos, el “decenio Barroso” en Bruselas ha sido el de la proliferación de las directivas ultraliberales y el desprecio hacia los servicios públicos, será también, en adelante, el de la sospecha de corrupción al más alto nivel. Europa no merecía esta vergüenza.

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