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Sí o no (Universidad del Norte, Barranquilla)

La única manera de que gane el SÍ es que salgan a votar los estudiantes que se niegan a heredar el hábito de la guerra

Por qué los estudiantes de la Universidad del Norte, de Barranquilla, están abucheando a todo un expresidente de la República este viernes 5 de agosto: porque está pidiéndoles a los colombianos –él: Uribe Vélez– que en el plebiscito de quién sabe cuándo voten “NO” a los acuerdos de paz con las Farc que aún no han sido firmados. Por qué los estudiantes le gritan “¡fuera!, ¡fuera!” a este expresidente popular e impopular que si no fuera el líder de la oposición, sino el presidente que habría querido seguir siendo, estaría presumiendo de la sensatez de este proceso de paz: porque la gracia de tener veinte años es que uno no tiene por qué asumir los prejuicios de nadie, ni tiene por qué pelear las peleas de los curas del siglo XX o de los políticos ególatras empotrados en el Estado o de los hastiados que han estado repitiendo que Colombia es imposible.

Por qué el enervado expresidente Uribe responde al grito “¡fuera!, ¡fuera!” con el grito “¡ar-gu-men-tos!”, fuera de base, fuera de sí, como si los estudiantes barranquilleros no estuvieran criticándolo por su obra diaria, sino simplemente odiándolo por quién sabe qué: solemos cometer el error de irrespetar al expresidente Uribe –de llamarlo con sorna “el senador Uribe”, de pintarlo como un loco de pueblo con un palo, de sacarle un pasado, el de Colombia, que es lo de menos frente a estas semanas en las que ha sido capaz de enrarecer el proceso de paz hasta vaticinar más violencia, de pedirles a los empresarios extranjeros que no inviertan en su país mientras no esté él en el poder–, pero los estudiantes están gritándole “¡fuera!” en el edificio de posgrados, luego de oírle el monólogo de siempre, porque no creen en sus argumentos.

Porque, como cualquiera que no entienda para qué este proceso de paz, para qué cualquier proceso –pero él, Uribe, sí lo entiende–, el expresidente de esta República ha estado pidiéndoles a las masas abrumadas que los guerrilleros no lleguen al Congreso ni se salven de la cárcel ni se queden con lo que él había logrado: que sí haya paz, mejor dicho, pero sin ningún futuro para las Farc. Y sus seguidores han estado repitiendo, con la voz vibrante de cuando aún no había micrófonos, que los acuerdos son en realidad un pacto entre narcos y corruptos, que es mejor decirle “NO” en mayúsculas a todo lo que proponga este Gobierno sospechoso, que mejor sería refundar la patria una vez más lejos de estos politiqueros que han estado conteniendo el regreso al poder del uribismo.

Por qué la sociedad colombiana está partida en tres, “SÍ” versus “NO” versus “ni idea”, cuando no se ha fijado la fecha para el plebiscito, no se han firmado los acuerdos y no ha tenido tiempo el pueblo –que jamás lo tiene– para notar que lo acordado es puro sentido común. Por qué Colombia ha llegado al extremo de preguntarles a los colombianos si quieren la paz como en una novela distópica: porque quizás el país no la quiera; porque al presidente le dio por eso; porque esta cínica oposición, que habría hecho lo mismo si fuera el Gobierno, ha convencido hasta a los taxistas de derecha –y perdón por la redundancia– de que el proceso de paz no es el triunfo de las víctimas, sino el de sus verdugos. Cómo lograr que el debate, “SÍ” versus “NO”, sea sobre los acuerdos. Cómo lograr que el plebiscito no sea “Sí a la paz” contra “No a las Farc”.

Podría repetirse la noticia de que costará 500 millones de dólares que 10.000 soldados desminen 52 kilómetros cuadrados. Podría escribir de los muchachos mutilados con los que hablé esa vez: “mi amigo quedó esparcido en un árbol…”. Pero creo que la única manera de que gane el SÍ es que salgan a votar los estudiantes que se niegan a heredar el hábito de la guerra.

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