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ANÁLISIS

Golpe dentro del golpe

Las dos corrientes dirigentes de Turquía, la del presidente Erdogan y la de Gülen son, ahora, mucho más importantes que la oposición laica

Una foto de Ataturk y otra de Erdogan cuelgan en la plaza Taksim de Estambul.
Una foto de Ataturk y otra de Erdogan cuelgan en la plaza Taksim de Estambul. AP

Se veía venir desde las elecciones de 2014. La batalla que opone la cofradía de Fetulá Gülen, predicador religioso refugiado en EE UU, al poder del islamista conservador Recep Tayyip Erdogan estallaría de un momento a otro. Las dos corrientes dirigentes de Turquía, país oficialmente laico, la del presidente Erdogan y la de Gülen son, ahora, mucho más importantes que la oposición laica, heredera del secularismo kemalista. Esta última se ha debilitado dramáticamente desde hace más de una veintena de años, cuando el movimiento islamista del Partido de la Justicia y el Desarrollo (nombre elegido para ocultar su carácter religioso prohibido por la Constitución turca) triunfó en la sociedad civil, es decir, esencialmente en las capas populares de las grandes ciudades y en las zonas rurales. Las capas medias altas, en general laicas, fueron progresivamente marginadas y las dos corrientes compartieron el poder dentro de las estructuras del Estado sin pedir nunca, oficialmente, el fin de la laicidad del mismo.

Esta estrategia de penetración silenciosa en las estructuras clave de la enseñanza, la justicia, el Ejército y la Policía fue, precisamente, la que el propio Erdogan aconsejó a los islamistas tunecinos cuando conquistaron el poder en Túnez entre 2012 y 2015.

La oposición entre "gülenistas" y partidarios de Erdogan no es mayoritariamente de carácter confesional; se trata, mejor aún, de un enfrentamiento personal por el reparto del poder entre los dos líderes religiosos y sus respectivas tropas. Si bien se dice que Gülen tiene relación con los masones turcos e internacionales, lo que constituye una garantía de su laicismo frente al islam ultraconservador de Erdogan, esa aseveración aún debe ser demostrada.

El levantamiento militar, artesanal y brutal, ha sido presentado como una reacción frente a los ataques de estos últimos meses contra los partidarios de Gülen, al desalojo de los puestos que ocupan en los órganos del Estado y, sobre todo, al inicio de una "limpieza" en el estado mayor del Ejército.

¡Pero la realidad es que se trata de un golpe de Estado de ensueño para cualquier poder autoritario! El presidente turco desencadena ahora una represión desproporcionada, sistemática y sin cuarteles contra todos sus adversarios. Impone el temor, suprime las libertades democráticas, amenaza gravemente el pluralismo político turco y se lava las manos a nivel internacional, suspendiendo la Carta Europea de Derechos Humanos, para no tener que justificar nada ante la Unión Europea. Cuando se analiza el amateurismo, la frivolidad, las incoherencias del comportamiento de los golpistas, es imposible no cuestionarse si este levantamiento ha sido manipulado por el poder turco. El comisario europeo para la Política de vecindad, Johannes Hahn, acaba de afirmar que el poder turco tenía en manos, desde hace meses, listas de personas que apartar "un día u otro" del sistema social y político. Lo que sí es seguro, es que este golpe a la democracia, en reacción al intento de golpe de Estado, abre un ciclo de enfrentamientos cuyas consecuencias son muy peligrosas para Turquía.