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El PAN vuelve a la batalla por la presidencia de México

Acción Nacional logra capitalizar el antipriísmo más que López Obrador. El hartazgo ciudadano y la corrupción pasan factura al partido gubernamental

 El candidato del Partido Acción Nacional a la gobernación de Puebla, José Antonio Gali Fayad, celebra su victoria.
El candidato del Partido Acción Nacional a la gobernación de Puebla, José Antonio Gali Fayad, celebra su victoria. EFE

 Las elecciones presidenciales de 2018 empezaron a disputarse el domingo pasado. La derrota del PRI en los comicios estatales ha abierto el escenario a un competidor tan conocido como inesperado: el PAN. El partido hegemónico de la derecha, el único que fue capaz de apear del poder al PRI, ha regresado a la partida después de un largo letargo y se apresta ahora, junto con el inagotable tótem de la izquierda radical, Andrés Manuel López Obrador, a competir por la jefatura del Estado.

El poder territorial del PRI ha sufrido un cataclismo. La fuerza gubernamental partía de una posición hegemónica. Tenía bajo su control 9 de las 12 gubernaturas en juego. Y al final de la noche se quedó sólo con cinco. En este descenso, perdió cuatro de los cinco estados donde jamás había gobernado otro partido, y redujo su perímetro estatal a una población de 44 millones repartidos en 15 estados. Un mínimo sin precedentes. “De nada ha servido la guerra sucia en la campaña. El PRI ha acabado pagando el coste de gobernar en un momento de enojo contra el poder estatal y federal”, señala el experto demoscópico Roy Campos.

Manlio Fabio Beltrones en Durango.
Manlio Fabio Beltrones en Durango.

Aunque su magnitud nunca fue advertida, el sismo vino precedido de algunos signos claros. El principal fue la alta cifra de indecisos: 30% en la recta final de la campaña. Demasiados para no encender las alarmas. Pero ni las encuestas (sospechosamente) ni los analistas les prestaron mucha atención. El resultado fue que al depositar su voto muchos dieron la sorpresa y sacaron el puñal contra la formación de Enrique Peña Nieto.

“Hubo un voto de castigo, al partido y al presidente. El hartazgo con la corrupción y la inseguridad es enorme y el apoyo al PRI declinante. Ya no tiene capacidad para atraer a nuevos electores. Y sus tradicionales alianzas, con el Partido Verde o Nueva Alianza, resultan irrelevantes, no aportan esos 6 a 8 puntos que le permitían salvarse. El PRI está ahora desnudo”, indica el analista Rubén Aguilar Valenzuela.

Ante este retroceso general, todas las miradas convergen en el presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones. El estratega de la campaña, un profundo conocedor del laberinto mexicano, ha intentado consolidar el suelo electoral. Pero a diferencia de las elecciones parlamentarias de 2005, donde el PRI salió airoso con un 29% del voto, esta vez la operación ha culminado en un fracaso, Beltrones se ha autolesionado y se ha abierto una espita de consecuencias imprevisibles, como muestra que los gobernadores entrantes, en Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo, ya han anunciado que a sus antecesores priístas les espera una implacable fiscalización y hasta la cárcel.

Ricardo Anaya, presidente del PAN.
Ricardo Anaya, presidente del PAN.

Para el PAN, las tribulaciones de su adversario suponen una bendición. Tras el humillante tercer puesto en las presidenciales de 2012 y los pésimos resultados del año pasado, esta formación era vista como una fuerza agotada, a la que ni siquiera las encuestas, hipnotizadas con López Obrador, prestaban mucha atención. Pero la sorpresa llegó la noche del domingo, cuando logró su mejor resultado en unas elecciones a gubernatura. Siete estados de una tacada, entre ellos cuatro plazas nunca vencidas. Derrotó al PRI, pero sobre todo volvió a mirarse con orgullo al espejo, a ser un partido con aspiraciones presidenciales.

“El PAN ha renacido, ahora es un competidor real. Ha sabido recoger el sentimiento antipriísta y hacerlo suyo” señala Aguilar Valenzuela. Esta transformación ha supuesto un espaldarazo a la presidencia de Ricardo Anaya, cuestionada por los halcones del antiguo presidente Felipe Calderón. “Anaya, aunque ha fallado en Sinaloa y Tlaxcala, hizo una excelente selección de candidatos. Seis de los escogidos habían perdido antes, pero él los mantuvo y evitó la división interna, dando una imagen de permanencia y rigor”, indica Campos.

El éxito panista no ha venido solo. Sus más sonadas victorias, en Veracruz, Durango y Quintana Roo, donde por primera vez habrá alternancia, las logró en alianza con el declinante PRD. Una aleación extraña, fraguada en el antipriísmo, pero que ha demostrado una eficacia insólita, superior a la del partido de López Obrador, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). “Se esperaba que Morena iba a recoger la inconformidad , pero fue el PAN-PRD, es una fórmula muy atractiva para 2018”, señala el especialista en encuestas Francisco Abundis.

El éxito panista no ha venido solo. Sus más sonadas victorias, en Veracruz, Durango y Quintana Roo,  las logró con el declinante PRD

Pero este pacto sufre una dolencia interna. Su supervivencia hasta las presidenciales dependerá de un candidato aceptado por ambas fuerzas. En el PAN, sin embargo, ya se ha anunciado como aspirante Margarita Zavala, la esposa del anterior presidente Felipe Calderón, el artífice de la despiadada guerra contra el narco. Su liderazgo, y el recuerdo constante de un enfrentamiento que ha costado 100.000 muertos, sería difícilmente asumible para un partido de izquierda como el PRD.

La otra opción que maneja el presidente del PRD, Agustín Basave, es coligarse con Morena. Supondría el fin de una dolorosa escisión y la suma de un líder carismático como López Obrador. Pero también una posición ancillar respecto al caudillo radical. “Eso es casi imposible; no está claro que lo quiera López Obrador, y desde luego, habría un levantamiento de las familias del PRD. Le odian”, indica Campos.

La tensión está servida. Y las elecciones han agudizado esta contradicción. Ahí donde el PRD se presentó solo, perdió. Y en el cómputo general, su influencia se redujo sensiblemente. Justo lo contrario de López Obrador. El incombustible tabasqueño logró dar un paso firme hacia su sueño. “Morena ya es la tercera fuerza electoral y ha obtenido buenos resultados en Veracruz, Oaxaca, Zacatecas e incluso Quintana Roo, pero no hay que sobrestimar las expectativas. Ofrece un líder y una idea, pero aún carece de infraestructura nacional y no ha ganado ninguna gubernatura”, indica Campos.

El PAN, López Obrador e incluso el PRD. Al PRI se le multiplican los rivales a derecha e izquierda. Y los expertos no descartan la entrada en liza de Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, el ganadero que arrasó en 2015 en Nuevo León. “Quiere aglutinar a los independientes. Es un movimiento que no se debe perder de vista, siguen ahí y la alcaldía de Ciudad Juárez la ha ganado uno, por ejemplo”, indica Aguilar Valenzuela.

El efecto de un personaje como El Bronco en la arena nacional aun está por determinar. Pero los expertos consideran que su principal rival sería López Obrador. Dos antisistema compitiendo. Al menos, en apariencia. “Esa sería una semifinal; la otra correspondería al PRI y al PAN”, indica Campos. El juego acaba de empezar.

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