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OBITUARIO

Harry Wu, referente de la lucha contra los campos de trabajo en China

Reveló al mundo los horrores de los centros, en los que estuvo preso 19 años

Los defensores de los derechos humanos en China han perdido a uno de sus principales referentes. Harry Wu, el hombre que estuvo durante casi dos décadas interno en varios campos de trabajos forzados en China y dedicó el resto de su vida a denunciar las brutales condiciones de estos centros, murió el 26 de abril a los 79 años en Honduras, mientras pasaba unos días de vacaciones con sus amigos.

Harry Wu, originalmente Wu Hongda, nació en 1937 en el seno de una familia acomodada en Shanghái. A los 23 años, mientras estudiaba en la universidad, fue tachado de “poco revolucionario” cuando criticó la invasión de Hungría por parte de la Unión Soviética, entonces uno de los principales aliados de la China comunista liderada por Mao Zedong. Por este delito recibió una condena de por vida en los campos de trabajos forzados, conocidos en el país como laogai.

Pasó 19 años en una docena de centros y fue liberado gracias a las tímidas reformas que se llevaron a cabo tras la muerte de Mao. Años después logró salir de China y emigró a Estados Unidos, donde pasó de Wu Hongda a Harry Wu, lideró una cruzada para denunciar el infierno que había vivido y se convirtió en uno de los máximos exponentes de la defensa de los derechos humanos en China. “Soy feliz de ser un alborotador para el Partido Comunista Chino, porque el Partido Comunista Chino es un alborotador para la democracia y la libertad”, dijo desde el exilio. Escribió numerosos libros y creó la Fundación Laogai para explicar al mundo los paralelismos entre los campos de trabajo en China con los campos de concentración nazis y los gulags soviéticos. Muchos compararon a Wu con Alexander Solzhenitsyn, el escritor ruso ganador del Nobel de Literatura que relató las atrocidades de estos centros.

Harry Wu narró en sus libros cómo sus años de recluso le convirtieron en “un animal”. Denunció las duras jornadas de trabajo, palizas, torturas y explicó cómo varios de sus compañeros murieron de hambre o se suicidaron. Él mismo llegó a pesar 36 kilos. No hay cifras oficiales, pero se calcula que millones de chinos fallecieron en estas instalaciones, repartidas por todo el territorio, en condiciones de semiesclavitud.

Con la intención de explicar estos abusos, Wu volvió varias veces a su país de origen para obtener información e imágenes de lo que seguía ocurriendo detrás de los altos muros de los laogai. En una de estas visitas, en 1995 —cuando ya era ciudadano estadounidense—, las autoridades chinas le acusaron de espionaje y revelación de secretos de Estado y recibió una condena de 15 años de prisión. Meses antes su testimonio e imágenes habían dado la vuelta al mundo gracias a su participación en diversos documentales. Una intensa campaña política y diplomática forzó su deportación justo antes de la celebración en Pekín de la cuarta Conferencia Mundial de la Mujer, en la que la entonces primera dama estadounidense Hillary Clinton había amagado con no asistir si no se solucionaba el caso de Harry Wu. Desde el exilio siguió denunciando, además de la existencia de los campos de trabajo, la política del hijo único, la pena de muerte o el tráfico de órganos. Mostró su apoyo al Dalai Lama o al premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, aún en prisión.

A finales de 2013, China anunció el fin de los laogai y empezó a liberar a las más de 160.000 personas encerradas. En la actualidad, sin embargo, las fuerzas de seguridad del país siguen siendo capaces de arrestar, de forma arbitraria y sin juicio previo, a cualquier ciudadano que consideren que está “creando problemas”. Wu ya expresó entonces su escepticismo: “China es un régimen comunista. Como tal, necesitan un sistema de represión”.

Harry Wu, en Washington, en 2011. / AP