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Andreas Lubitz, el misterio del piloto que parecía tenerlo todo

Un año después de la catástrofe de Germanwings, los investigadores franceses prueban que los médicos no avisaron de los problemas mentales del copiloto

Andreas Lubitz, en una media maratón celebrada en Hamburgo (Alemania) en septiembre de 2009. rn
Andreas Lubitz, en una media maratón celebrada en Hamburgo (Alemania) en septiembre de 2009. REUTERS

“Andy. 2015”. Esta inscripción, sin fecha de nacimiento ni apellidos, es la única identificación visible en la tumba de Andreas Lubitz. Tres meses pasaron desde la muerte del joven copiloto hasta que su familia se atreviera a enterrarlo en Montabaur, la pequeña localidad del oeste de Alemania donde creció. Tres coronas de flores –de los padres, el hermano menor y los abuelos- yacían ese día sobre el ataúd. Un dispositivo policial se aseguraba de que nadie violentara la ceremonia, a la que solo acudieron los familiares más cercanos.

Lufthansa, beneficio récord en un año trágico

“Un año en el que murieron 150 personas no puede considerarse ningún año de récords”. El presidente de Lufthansa, Carsten Spohr, presentó con estas palabras la semana pasada unos resultados que, si solo se atienden a los fríos números, pueden considerarse excepcionales. La compañía registró en 2015 unos beneficios netos de 1.698 millones de euros. Esta cifra supone multiplicar por 30 la del año anterior. Pese a los problemas asociados a la catástrofe de Germanwings y a las constantes huelgas que padeció, la caída del precio del petróleo ha tenido un efecto mágico en las cuentas de la empresa.

La tragedia de Germanwings coincidió con el que quizás haya sido el momento más duro en décadas para la marca Alemania. Al daño reputacional que supuso para Germanwings tener un copiloto como Andreas Lubitz se unió el escándalo gigantesco de Volkswagen por la falsificación de los motores y los escándalos y pérdidas millonarias de Deutsche Bank. Tres buques insignia de la industria y la banca alemana sufrieron golpes de los que será difícil recuperarse.

Hace ahora un año que Montabaur cambió para siempre. El 24 de marzo se sobresaltó con el accidente del vuelo 9525 de Germanwings procedente de Barcelona. Entre las 150 víctimas, había un hombre de 27 años nacido allí. Pero el golpe más duro tardaría aún dos días en llegar, con las palabras que el fiscal Brice Robin pronunció desde Marsella. “El copiloto activó el botón que inició el descenso por algún motivo que aún desconocemos. Pero que se puede interpretar como una voluntad de destruir el aparato”, dijo el fiscal francés.

La locura se apoderó de esta localidad de 12.000 habitantes habituada a la calma. Un sinfín de periodistas abandonaron los otros lugares de la catástrofe –Dusseldorf, donde el avión debía haber aterrizado, o Haltern am See, la localidad que perdió a 16 adolescentes y dos profesoras que volvían de un intercambio de estudios en Cataluña- para tratar de buscar respuestas.

¿Por qué?, era la pregunta que todos se hacían. Klaus Ratke, presidente del club aéreo LSC Westerwald, conocía a Lubitz desde los 14 años. Allí había empezado a volar y seguía siendo socio del club. “Era un chico normal, con muchos amigos. Logró su sueño, poder vivir de su mayor hobby. No puedo explicarme qué ha pasado”, aseguraba esos días a EL PAÍS. “Volar en los Alpes era su pasión”, añadía otro compañero del club aéreo. La frase sonaba entre trágica y macabra, ya que los Alpes había sido el lugar que eligió para estrellar el Airbus A320.

Nadie entendía cómo podía haber hecho algo así alguien a quien parecía irle todo bien: tenía una familia que le quería, una novia con la que acababa de mudarse a un acomodado barrio de Dusseldorf y con la que tenía planes para casarse y el trabajo que siempre había deseado. Pocos días antes de la catástrofe, había hecho la compra con su novia, profesora de profesión, para toda la semana.

Poco a poco, las respuestas empezaron a llegar. La Fiscalía aportó al día siguiente un dato fundamental: Lubitz estaba bajo tratamiento por enfermedad, y un médico le había dicho que no podía volar el día del siniestro. Los investigadores encontraron la baja hecha trizas en su piso de Dusseldorf.

El goteo de informaciones continuó: el joven se había visto obligado en 2008 a interrumpir su periodo de formación en Bremen por un “episodio de depresión profunda”. Lubitz, además, visitó una infinidad de oftalmólogos convencido de que estaba perdiendo visión. No está claro si la enfermedad ocular era real o figurada; pero sí que no superaría la próxima revisión médica, lo que implicaría la retirada de la licencia. Algo que una persona como él, obsesionada con volar hasta el punto de llenar su habitación de carteles de aviones y con un profundo problema mental, no parecía dispuesto a aceptar.

“El copiloto estaba preparado para volar al 100%, sin ningún tipo de restricción”, dijo el 26 de marzo Carsten Spohr, el presidente de Lufthansa, la propietaria de Germanwings. Pero esta versión empezó a presentar grietas. Más tarde se sabría que Lubitz había tratado de ocultar sus problemas mentales previos para entrar en la escuela de pilotos que Lufthansa tiene en los alrededores de Phoenix (Estados Unidos). La mentira fue detectada, pero ello no acabó con su carrera, un error que le podría salar muy caro a la compañía. Un bufete de abogados estadounidense se ha hecho cargo del caso y estudia si puede responsabilizar a Lufthansa por este error.

Antes de estrellar el avión, Lubitz buscó en Internet métodos para suicidarse. Solo dos semanas antes de la catástrofe, “un médico diagnosticó una posible psicosis y recomendó tratamiento psiquiátrico hospitalario", según las conclusiones que la comisión francesa de investigación de accidentes aéreos presentó el pasado 13 de marzo, casi un año después de la tragedia. Pese a la gravedad de su estado, el psiquiatra no alertó a la compañía. Las leyes alemanas sobre confidencialidad son muy estrictas, pero el médico sí estaba autorizado a informar si consideraba que había vidas en peligro.

La catástrofe de Germanwings desató en Alemania un debate sobre los límites del secreto profesional y sobre la seguridad de los sistemas de cierre de la cabina. Lubitz pudo bloquearla gracias a un mecanismo de bloqueo creado tras el 11-S para asegurarse de que ningún intruso entrara en el centro de mando del avión. Tras este suceso, muchas compañías cambiaron sus normas para asegurarse de que siempre hubiera dos personas en la cabina.

Montabaur quedó en marzo de 2015 sepultado por el interés mediático. Hubo quejas por lo que varios vecinos definieron como un acoso de los periodistas en busca de unas declaraciones jugosas. Al mismo tiempo, varios hoteles hicieron negocio al duplicar sus tarifas habituales aprovechando el tirón de demanda. Un año más tarde, la localidad ha vuelto a su ritmo habitual. Permanece, sin embargo, la incomprensión por cómo alguien tan enfermo pudo sentarse a los mandos del Airbus A320. Con motivo del primer aniversario de la catástrofe aérea, la revista alemana Stern preguntó por Lubitz a familiares de los que murieron en el avión. “No es ninguna víctima”, respondió una mujer que perdió a su hija de 16 años. “La Iglesia perdona. Nosotros, no”, añadió el padre de otra víctima.