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“Alemania alimenta un victimismo injustificado”

La experta defiende una alternativa a una Unión Europea que ha dejado de funcionar

“Alemania alimenta un victimismo injustificado”

Nada más abrir la puerta de su piso berlinés, Ulrike Guérot (Grevenbroich, 1964) se disculpa por estar al teléfono. Un periodista le pregunta por la pequeña tormenta mediática que esta politóloga ha desatado con un artículo en el que aboga por acabar con las fronteras y permitir a los refugiados que levanten sus ciudades en Europa. Una Nueva Damasco, por ejemplo, en plena Alemania.

A Guérot le gusta provocar con sus propuestas; y eso es lo que hace en su nuevo libro Por qué Europa debe convertirse en una República: una utopía política, a punto de salir al mercado alemán. En él explica por qué la Unión Europea ha dejado de funcionar y critica no solo a los líderes que diseñaron la salida de la crisis del euro; sino también a su país por unos medios de comunicación y una sociedad que se han dejado llevar por la euforia del éxito económico y que, por el camino, se ha olvidado de algunos de sus compromisos europeos.

La fundadora y directora del instituto de ideas European Democracy Lab salpica la conversación en alemán con frases en inglés y francés, como tratando de hacer una especie de proselitismo europeísta con el lenguaje. El planteamiento de su libro es utópico, admite, pero nace de su convencimiento, que repetirá con pasión a lo largo de la entrevista, de que solo las ideas mueven el mundo.

Pregunta. Frente al progresivo deterioro de la UE, usted propone una utopía que denomina la república europea.

Respuesta. Presento una propuesta sobre lo que debería hacer la UE para sobrevivir. Un plan que podría recabar apoyos, pero que por ahora no existe. Propongo debatir sobre listas electorales trasnacionales, elección directa de un presidente europeo o dotar a las regiones de un papel más importante, algo que sería bien visto en Cataluña o Escocia.

P. ¿Cuándo se empezaron a torcer las cosas en la UE?

R. Con el colapso de Schengen y la amenaza del Brexit, todos sentimos que el sistema entero ha dejado de funcionar. El objetivo que estableció Maastricht de “una unión cada vez más fuerte” tenía dos componentes: la unión monetaria y la política. Esta segunda nunca se llevó a cabo. Tenemos una moneda sin democracia. Ahí nace el déficit. En los últimos 20 años ha habido varios puntos de fractura; y el último ha sido la crisis de refugiados, que muestra que los mecanismos políticos ya no funcionan.

P. Pero fue la crisis del euro la que mostró las costuras de la Unión.

R. Fue fundamental. Debería haber servido para pensar nuevas estructuras políticas. Todas las recetas necesarias eran conocidas. Se sabía que una unión monetaria no puede funcionar sin unión fiscal. Ese es el pecado original.

P. ¿Qué papel jugó Alemania y la canciller Angela Merkel?

R. Merkel, y lo digo como algo positivo, ha actuado como una gran pragmática. Pero en 2010 se instala en la opinión pública alemana la idea de que “ahora podemos solos”. En mayo de 2010, antepuso sus intereses a los de Europa al posponer el rescate a Grecia por unas elecciones regionales. Y Europa tomó nota de ello. En los años siguientes, se fue evitando el desastre de la ruptura del euro, pero siempre con medidas llegaban demasiado tarde. Se alimentó una atmósfera de victimismo en Alemania, que se sentía obligada a pagar por todos. Un victimismo injustificado, porque se ha beneficiado con el mercado único, con el euro e incluso con la crisis. El resto de países no entendía por qué se quejaba tanto, mientras que el sur sufría los recortes. La mayor parte de alemanes no se dieron cuenta de esta desproporción entre la percepción extranjera y la nacional, porque la prensa de su país no les informó. Este desequilibrio entre lo que piensan en un lugar y en otro ha sido fatal.

P. Un desequilibrio que continuó con la crisis de refugiados.

R. Llega esta crisis y Merkel, una vez más, es la que decide. Estoy a favor de acoger a refugiados y de las fronteras abiertas. Pero Alemania no preguntó al resto de los socios. Cuando los problemas los tenían Italia y Grecia, Alemania miró hacia otro lado. Y ahora que llegan aquí, pedimos la solidaridad de los otros, que nos recuerdan que cuando ellos reclamaron solidaridad, Alemania no lo fue especialmente.

P. La propuesta del ministro Wolfgang Schäuble de una Grecia fuera del euro reavivó el año pasado el debate “una Alemania fea” que humillaba a sus socios. Meses después, Merkel aparece como la gran defensora de los refugiados, que corean su nombre desde Irak o Siria.

R. Merkel ha vivido su particular conversión de Pablo cuando tuvo una visión clara sobre los refugiados. Y está arriesgando mucho: su partido, su país y su reelección quizás. Le ocurrió algo parecido a líderes como Helmut Schmidt o Charles de Gaulle. Está anteponiendo el interés europeo por encima de su interés como canciller. Por primera vez. El problema es que esa actitud no la tuvo antes. Si lo hubiera hecho durante la crisis de Grecia, quizás el resto de europeos sería ahora más solidario.

P. Grecia se siente abandonada, Alemania acusa de insolidaria al resto de Europa, que le reprocha haber abierto las fronteras. ¿Se ha convertido la UE en el proyecto de la desconfianza?

R. Totalmente. La pérdida de confianza entre la población es colosal. Somos como una pareja que se toma un tiempo antes de divorciarse: ahora nos damos cuenta de que hace tiempo que no hay confianza. 2012 fue el momento en el que aún se podría haber hecho algo, como atacar el círculo vicioso entre deuda privada y pública. El Frente Nacional, que en Francia equivale al resentimiento contra la UE, subió 15 puntos porcentuales en solo tres años. Los franceses tenían la esperanza de que los alemanes cedieran en asuntos como un ministro de finanzas, un presupuesto y un seguro de desempleo europeo. Pero eso simplemente no ocurrió.

P. ¿Pero estaba dispuesta Francia a ceder soberanía?

R. Siempre ha existido esa tensión de si los alemanes sueltan primero el dinero o los franceses la soberanía. Y hemos jugado así durante años. El truco podría haber sido hacer las dos cosas a la vez. No hay que olvidar además que la reunificación alemana llevaba implícita el impulso de Maastricht. Nosotros obtuvimos la reunificación, pero no dimos la unión política europea.

P. Y mientras tanto, Alemania ha ido ganando cada vez más peso.

R. Hemos contado la historia de que somos un país de ingenieros y exportadores al que le ha ido bien gracias a sus exitosas reformas económicas. Y que incluso triunfa en el fútbol y en Eurovisión con Lena. Todo es maravilloso. Y no pensamos que ese éxito dependía del mercado interior, del euro; y que el récord exportador no se debe solo a nosotros, sino a un sistema europeo del que dependemos. Para Alemania ha ido todo muy bien, para el resto no tanto. Ese es el origen de la situación actual.

P. El próximo lunes se reunirán de nuevo los líderes europeos para buscar una solución a la crisis de refugiados. ¿Podría sobrevivir la UE si vuelven las fronteras?

R. Es absurdo pensar que una cumbre vaya a solucionar problemas así, que responden a un movimiento geoestratégico de placas tectónicas. Somos una isla de bienestar y el resto del mundo quiere participar del festín. No tenemos alternativa. Si no queremos disparar contra botes de refugiados o ver cómo se ahogan en el mar, si queremos mantener nuestra herencia de civilización, entonces no podremos proteger la frontera exterior europea. Podríamos quizás proteger el paso entre Alemania y Austria, pero no todo el Mediterráneo. Tenemos que pensar cómo compartir el bienestar a las dos orillas del Mediterráneo en las próximas décadas.

P. Usted sostiene en su libro que los populismos no amenazan a la UE, sino que es la UE la que produce el populismo. Y que el mayor problema de Europa no son estos movimientos populistas, sino las decisiones tomadas por el centro político.

R. La idea de que la UE es estupenda y que no tiene nada que ver con unos populistas caídos del cielo es totalmente absurda. Me rebelo contra los políticos que se lanzan contra los que marchan con Pegida, tachándolos de irracionales o chiflados. En Alemania, hay muchos que no se han beneficiado de la potencia económica y exportadora en la que nos hemos convertido.

P. Pero en las manifestaciones de Pegida no todos son perdedores de la globalización. Uno ve allí ingenieros con trabajo que simplemente están indignados contra la marcha del país.

R. Es cierto. Pero no hace falta que ellos mismos estén afectados por el proceso de desmontaje de la sociedad. Basta con que tengan miedo. Y el miedo ha infectado a las clases medias. Los que inician el movimiento son los protofascistas; ellos tan solo se suman. Y la novedad es que ahora pueden presentar un discurso que parezca presentable en sociedad.

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