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Sumte se habitúa a sus nuevos vecinos

Un pueblo alemán de 100 habitantes recibió alarmado la apertura de un centro para 750 refugiados. Un mes después, los temores han desaparecido

"Por favor, no tocar a los caballos. No jugar con ellos. No darles comida". El cartel no está pensado para ninguno de los vecinos de Sumte, un minúsculo pueblo del norte de Alemania. El mismo texto se repite en tres versiones: árabe, farsi e inglés. Ninguna en alemán. La nota es uno de los pocos detalles que chirrían en este lugar en el que las vacas, cabras y gallinas superan con mucho al número de habitantes. El resto del paisaje no parece muy distinto de cualquier otro entorno rural.

Récord de un millón de llegadas en 2015

  • El Ministerio del Interior alemán informó esta semana de que entre enero y noviembre de este año había registrado la llegada de 965.000 refugiados. Tan solo en noviembre pasado llegaron a Alemania 202.000 personas.
  • La mayor parte de los solicitantes de asilo (383.946) proceden de Siria. Le siguen los originarios de Afganistán (127.540), Irak (93.343), Albania (69.027) y Kosovo (32.881). 

Pese a tanta normalidad, Sumte acaparó a principios de noviembre la atención de los medios de comunicación. Un pueblo de un centenar de habitantes se veía obligado a acoger a 1.000 refugiados, cifra que después se redujo a 750. El Ayuntamiento convocó reuniones informativas, en las que vecinos preocupadísimos exponían sus temores ante la llegada de tantos hombres solteros "con sus necesidades" o por un aumento de la inseguridad que parecía evidente. Sumte se convirtió de un día para otro en la metáfora perfecta de un país, Alemania, sobrepasado por la oleada de solicitantes de asilo. Y, sin embargo, un mes más tarde todo parece haber vuelto a la normalidad.

"Al principio teníamos miedo. Pero las cosas se han tranquilizado. Me molestó ver botellas de cerveza tiradas en la parada de bus. Pero hablamos con los responsables del refugio y ahora está todo más limpio", comenta una vecina que vuelve a casa. "Si le soy sincera, los periodistas han dado más la lata que los refugiados", añade con una sonrisa.

La situación excepcional de Sumte se explica por la situación excepcional que atraviesa todo el país. Esta semana entró en Alemania el solicitante de asilo número un millón, evidenciando lo que todo el mundo ya sabía: que la previsión oficial publicada en agosto de 800.000 refugiados para todo el año, un nivel que ya habría supuesto un récord histórico, había quedado anticuada meses atrás.

Jens Meier, el responsable del centro de acogida, explica que las autoridades del Estado de Baja Sajonia, desbordadas por la marea de gente que recibían cada día, decidieron habilitar unas antiguas oficinas vacías en Sumte. La situación era tan desesperada que se habían visto obligados a usar despachos para que los recién llegados tuvieran un techo bajo el que dormir.

"En realidad, creo que la cifra total va a superar el millón. He visto autobuses llenos de personas a las que nadie registraba", comenta Meier en los escasos momentos que le dejan libre las personas que entran constantemente en su oficina. Por ahora tienen a unos 600 refugiados de 25 países, pero pueden acoger a un máximo de 750.

Es difícil hacerse una idea de cómo un pueblo tan pequeño, en el que no hay ni tiendas ni bares ni nada más allá de unas cuantas casas, puede apañárselas. La inmensidad de las instalaciones, de 7.500 metros cuadrados, no impide que haya habitaciones en las que más de 60 hombres duermen apiñados en colchones tirados por el suelo. Pero todo parece funcionar razonablemente bien, con una sala de juegos para los 200 niños que tiene el campo, una enfermería, lavandería y una furgoneta que hace las funciones de shuttle que cada hora va al pueblo más cercano, a cuatro kilómetros, para los que quieran comprar en el supermercado.

Mientras los socios de la canciller Angela Merkel se pelean por cómo afrontar la crisis migratoria -básicamente, el debate gira en torno a si hay que establecer un límite a los solicitantes de asilo o no-, en Sumte y en tantos otros lugares de Alemania cada día se improvisa para buscar soluciones a los problemas que van surgiendo. "Cuando me dijeron que iba a venir tanta gente, me dije: 'Oh, Dios. Esto no va a funcionar'. Pero está funcionando. Una de las claves es mantener un contacto continuo con los vecinos; y aclarar sus preguntas o temores", señala Grit Richter, la alcaldesa del municipio del que depende el pueblo.

Las autoridades aseguran que este centro de acogida es tan solo una solución temporal de emergencia donde cobijar a los recién llegados, que luego serán distribuidos a otras partes. Pero los habitantes de Sumte saben que van a tener que acostumbrarse a convivir con desconocidos procedentes de lejanos países durante varios años. Algunos, como Christian Fabel, se lo toman con humor. "Yo ya había vivido en el extranjero. Pero creo que la última vez que algunos vecinos vieron a alguien de color fue en 1945, cuando llegaron soldados estadounidenses negros", dice entre risas.

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