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Un paso más allá en la solidaridad

Diversas iniciativas ciudadanas contribuyen a la integración de refugiados en Alemania

Martin Keune, junto a dos refugiados.

“¿Estás loco? ¡No lo hagas!”. Es lo que primero que oyó Martin Keune cuando le contó a su abogado la idea que tenía en mente. Keune estaba convencido de que no bastaba con echar una mano a los refugiados sirios llegados a Alemania. Quería ayudarles a traer de manera segura a sus familiares. Y, para ello, solo vio una manera: elegir a unos beneficiarios, y comprometerse a ofrecerles su apoyo económico durante el resto de su vida. Solo así las autoridades alemanas le darían un visado con el que volar directamente a Berlín, en lugar de viajar a través de peligrosas rutas por el Mediterráneo.

Pese a las reticencias de su abogado, Keune y su mujer decidieron comprometerse de por vida con unos perfectos desconocidos. Y además se preguntaron si encontrarían a otros tan generosos como ellos. Unos meses más tarde, este empresario de 56 años confía en cerrar en breve 50 operaciones parecidas.

El ‘airbnb’ de los refugiados, en España

Los responsables de la web Refugiados bienvenidos no dan crédito al éxito de su iniciativa. Austria ya ha seguido su ejemplo. Y en los últimos días han recibido un alud de e-mails de países de todo el mundo interesándose por el proyecto.

“Cinco países del sur de Europa ya están montando proyectos parecidos”, asegura Mareike Geiling, la cofundadora de esta ONG digital. Y sus compañeros confirman que España está entre ellos. “La versión española debe estar lista el mes que viene", aseguran en la ONG. 

Las imágenes de ciudadanos llevando dinero, mantas, juguetes o ropa a los hombres, mujeres y niños exhaustos tras un larguísimo viaje se han repetido estos días en estaciones de tren y centros de acogida de toda Alemania. Pero algunos han querido ir más allá. Como Keune, que empezó cediendo un pequeño apartamento a dos hermanos refugiados, y ahora encabeza una asociación para salvar a sirios atrapados por la guerra.

O como Mareike Geiling y Jonas Kakoschke, dos compañeros de piso que aprovecharon que una habitación se quedaba libre para montar una página web que conectara a gente dispuesta a compartir casa con refugiados deseosos de integrarse en la sociedad alemana y de aprender el idioma. Ahora los dos trabajan a tiempo completo para Flüchtlinge Willkommmen (Refugiados bienvenidos), que ha permitido que 86 personas abandonen los impersonales y masificados centros de acogida para vivir con grupos de amigos, madres solteras o parejas mayores en una veintena de ciudades alemanas. Unas 3.000 personas ya se han dado de alta en lo que ya se conoce como el airbnb de los refugiados.

Son las nueve y media de la mañana y en la asociación de padrinos de refugiados sirios comienza la actividad. Unas voluntarias enseñan alemán a dos recién llegadas. Una espontánea pasa para ofrecer sus servicios como profesora de yoga a menores. Y Keune, el organizador de todo esto, solo tiene que andar unos metros para visitar al matrimonio de ancianos para el que logró un visado y sacó de su pueblo devastado por la guerra para llevarlos al centro de Berlín.

Lo primero que llamó la atención a Baderkhan, de 86 años, cuando llegó a Alemania es lo tranquilas que eran las calles en comparación con Qamishli, la ciudad siria cercana a la frontera turca de la que procede. “Aquí no se oyen tiroteos todo el rato”, traduce su hijo del kurdo al alemán. Hace unos días que se montó en el metro por primera vez en su vida y está encantado con la experiencia. La organización se nutre de pequeñas donaciones con las que financiar los gastos del matrimonio. Pero si estas no llegan, el responsable legal es Keune. “Sé que asumo un riesgo, pero era la única solución”, asegura.

Las dos organizaciones tienen en común que funcionan con donaciones. La de Keune ha recaudado más de 23.000 euros a través de un millar de voluntarios. Y la web para buscar piso dispone ya de 140.000 euros y de 60 voluntarios que colaboran unas horas a la semana.

“Estamos convencidos de que los recién llegados podrán integrarse mucho mejor si conviven con familias y amigos que les ayudan a entender la sociedad alemana. Por eso rechazamos las ofertas de pisos vacíos”, explica Geiling, la fundadora.

A los que viven en el piso no les cuesta nada. Los gastos del nuevo inquilino los asumen las autoridades alemanas o se consiguen a través de donaciones. Simplemente, tienen que tener ganas de convivir con alguien de una cultura distinta. Por ahora, todas las experiencias han funcionado bien. Pero Geiling cuenta que últimamente están recibiendo ofertas “poco serias”. “Un hombre mayor nos pidió una refugiada menor de 30 años. Por supuesto, rechazamos esa oferta”, dice con una sonrisa.

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