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ANÁLISIS

Europa necesita una política de asilo global

La Unión debe apoyar a los refugiados en origen y hacer que su viaje sea menos peligroso

Estamos ante la primera vez en la historia en que Europa se enfrenta a una afluencia masiva de refugiados desde fuera del continente, y el Sistema Europeo Común de Asilo no se creó para abordar cifras tan grandes. El sistema de Dublín, que asigna la responsabilidad primaria a los países fronterizos como Grecia, Italia y España, provoca una desigualdad fundamental. Actualmente, el único punto de consenso en una Europa dividida es que el statu quo no resulta funcional.

El desafío para Europa radica en crear un nuevo pacto sobre el reparto de responsabilidades, y el plan del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, va en esa dirección. Las cuotas para repartirse los 120.000 refugiados entre los Estados miembros de la UE son positivas porque representan un alejamiento del unilateralismo que caracteriza las respuestas actuales.

Sin embargo, el sistema de cuotas por sí solo no resolverá el problema, pues se enfrenta a desafíos prácticos. ¿Se pueden establecer en países como Grecia e Italia centros transitorios para tramitar las solicitudes de asilo, que sean eficaces y respeten los derechos humanos? En una Europa con unas fronteras relativamente porosas, ¿qué podría impedir que los refugiados acabasen viajando, de todos modos, al destino que escogiesen? Si se impusiera por el voto de la mayoría, ¿se implementaría de manera eficaz?

Se necesita algo más. A Europa le hace falta una política de refugiados completa y global, en general, y una para la crisis siria, en particular. Dicha política también debe incluir una dimensión externa: el desafío de los refugiados es un problema mundial, y también exige que Europa participe cooperando más allá de sus fronteras.

En primer lugar, Europa tiene que comprometerse a respaldar a los refugiados en sus regiones de origen. Se necesita un fondo de ayuda para el desarrollo que apoye, en primera instancia, a países de asilo como Turquía, Líbano y Jordania. No se trataría de limitarse a ofrecer comida, ropa y techo en campos de refugiados, sino de permitir que estos se convirtiesen en una oportunidad de desarrollo para los países anfitriones. Ya hay un precedente: a principios de la década de 1990, la Comunidad Europea financió políticas basadas en el desarrollo para fomentar la integración de los refugiados en Centroamérica, que beneficiaron tanto a los refugiados como a los anfitriones en zonas como la península del Yucatán, en México.

En segundo lugar, Europa aún necesita encontrar la forma de hacer que los viajes sean menos peligrosos. Más de 2.600 personas han muerto este año de camino a Europa, como consecuencia de nuestras decisiones políticas. Los visados humanitarios o “documentos de viaje para los refugiados” podrían resolver ese problema. Se distribuirían entre los refugiados en embajadas o puntos de tránsito de los países de origen, permitiéndoles viajar con seguridad y luego recibir “protección temporal” en un país europeo concreto. La idea se basa en el concepto de los pasaportes Nansen usados por la Liga de Naciones durante el periodo de entreguerras, que permitieron a 450.000 refugiados, incluidos los asirios, viajar a Europa de manera segura.

Europa necesita algo más que un mero mecanismo regional para compartir la carga. Pensar y actuar en una clave más global también podría resolver un problema político. Algunos Estados de la UE como Reino Unido, Dinamarca y Polonia se niegan a tomar parte en el plan de Juncker. Sin embargo, si hay otras formas de contribuir, puede que estén dispuestos a participar en una respuesta europea más amplia.

Alexander Betts es catedrático y director del Centro de Estudios sobre los Refugiados de la Universidad de Oxford @alexander_betts.

Traducción de News Clips.