Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El Estado Islámico extiende sus tentáculos hasta el África negra

El grupo acepta la afiliación de Boko Haram en una alianza que prevé impulsar la captación de combatientes en plena guerra contra el yihadismo

Fotograma del líder de Boko Haram, Abubaker Shekau, el pasado marzo.
Fotograma del líder de Boko Haram, Abubaker Shekau, el pasado marzo. AFP

Ya lo decía el principal órgano de propaganda del Estado Islámico (EI), la revista Dabiq, en su segundo número —y van a por el octavo—: la prioridad de un musulmán es emigrar al califato; si no puede, debe jurar lealtad al califa Ibrahim. Primero, para mostrar fidelidad, y, segundo, para “llenar los corazones de los infieles de dolorosa agonía”. El líder de la secta islamista nigeriana Boko Haram, Abubaker Shekau, ha cumplido: optó hace siete días por mostrar obediencia y ponerse a las órdenes del líder del EI, Abubaker al Bagdadi, esto es, el califa Ibrahim —nombre de pila del terrorista iraquí—. Este jueves, el portavoz del grupo yihadista, el sirio Abu Mohamed al Adnani, informaba de que Al Bagdadi aceptaba el bay’ah (juramento de lealtad) de Boko Haram, que ganó especial notoriedad con el secuestro el pasado abril de más de 200 alumnas que siguen desaparecidas. El noreste de Nigeria, región en la que la brutal secta concentra sus fuerzas, pasa así a formar parte de la lista de provincias ansiadas por Al Bagdadi, y permite al EI relanzar la yihad global, precisamente en plena ofensiva militar contra el terrorismo islamista, tanto en Mesopotamia como en el África occidental.

Se ha abierto, dice Al Adnani en el audio difundido este jueves, “una nueva puerta para que emigres [yihadista] a la tierra del islam y el combate”. Es decir, el portavoz sirio, miembro destacado del órgano de gobierno del califato, dice a los futuros combatientes que si no pueden cumplir con su mandato en Siria e Irak, escenario de una potente campaña militar en su contra, la región al sur del lago Chad también vale. “El efecto más claro”, indica el teniente coronel Jesús Díez Alcalde, del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), “es el efecto llamada para yihadistas de la región”. “No se van a coordinar entre los dos grupos”, prosigue el analista, “pero el EI va a pasar a centralizar el mensaje, la propaganda y la extensión del califato”.

Ningún analista consultado imagina que unos y otros empiecen a intercambiar milicianos. La distancia física es un obstáculo: desde el bastión del EI en Mosul (norte de Irak), hasta la localidad de Gwoza, cuartel general de Shekau, hay más de 6.300 kilómetros. El objetivo es otro. Por un lado, señala Díez Alcalde, “el EI pone su pica en Flandes en África, buscando legitimidad y la demostración de que no tiene límites”. Por otro lado, continúa el teniente coronel, “Boko Haram busca una salida”, en medio de una ofensiva creciente de tropas de Nigeria, Níger, Chad y Camerún, que por ahora les “está dando duro”. “Cuanta más inestabilidad, mejor para la captación de yihadistas”, afirma.

Comparte el mismo análisis la experta del think tank norteamericano Instituto para el Estudio de la Guerra Harleen Gambhir. “El juramento de lealtad de Boko Haram contribuye a la campaña de terror y caos que pretende el Estado Islámico”. Y esta es una de las claves fundamentales para, primero, sobrecoger a la opinión pública y, segundo, hacerse con la voluntad de los musulmanes radicalizados dispuestos a emigrar. Gambhir alerta, no obstante, de que son muchas las incógnitas sobre esta alianza. Entre ellas, la analista duda de que Al Bagdadi quiera que su califato, físicamente, lleve sus fronteras más allá del norte de Siria e Irak, territorio que puso la semilla de su gran atractivo entre los integristas. Además poco sabemos de Shekau [líder de Boko Haram].

La mímesis africana

Desde que el 2 de marzo, el brazo mediático de Boko Haram, Al Urwah al Wuthqa Foundation, lanzase un vídeo en el que milicianos de la secta nigeriana degollaban a dos supuestos espías, los centros de análisis se pusieron sobre la pista de una alianza a punto de forjarse. Su factura, lejos de la calidad de los montajes del Estado Islámico (EI), imitaba no obstante la forma y brutalidad de los vídeos grabados a los dos lados de la frontera sirio-iraquí.

Ya antes, el líder de la secta nigeriana, Abubaker Shekau, había hecho guiños claros al EI. A finales del pasado mes de agosto, Shekau, como hiciera dos meses antes en Mosul el iraquí Abubaker al Bagdadi, declaraba su califato en la localidad de Gwoza, en el golpeado Estado de Borno, en el noreste de Nigeria.

Gwoza fue la guinda de un campaña por la conquista de territorio a punta de Kaláshnikov a imagen y semejanza de lo que hiciera el EI durante 2013 y 2014 en Siria e Irak, una táctica muy alejada de los atentados sectarios con los que Boko Haram inició su andadura más brutal.

Se sabe que tanto él como sus secuaces siguen a pies juntillas el salafismo, una corriente al dictado de la interpretación más rigorista —y en este caso, violenta— de la sharía o ley islámica. También lo hacen los fieles al califato. Comparten brutalidad, secuestros, decapitaciones... Pero son muchas las diferencias, aunque sobresalen, por encima de todas, las étnicas. Las relaciones entre yihadistas árabes y africanos, ni cuando Al Qaeda se llevaba la palma de la yihad global ni ahora, han sido fluidas. “No habrá yihadistas árabes en Nigeria, ni nigerianos en las filas del EI”, augura el teniente coronel del IEEE.

La hoja de ruta de Al Bagdadi en su expansión del califato ha sido, además, muy distinta al norte y sur del Sahel. El pasado 10 de noviembre, medios bajo el sello del EI difundían cinco comunicados en audio con el juramento de lealtad de yihadistas de Libia, Yemen, Arabia Saudí, así como de los grupos argelino Jund al Khilafah (Soldados del califato) y egipcio Ansar Beit al Maqdis, también conocido como los Fieles de Jerusalén. Tres días después, Al Bagdadi aceptaba los bay’ah y anunciaba la formación de provincias (wilayats) en las cinco regiones. Aún más, el califa Ibrahim informó de que enviaría gobernadores para llevar su palabra y acción. Así ha sido, por ejemplo, en Libia, adonde se ha dirigido el veterano iraquí Abu Nabil al Anbari para dividir el país entre las provincias Tripolitana (oeste), Cirenaica (este) y Fizan (suroeste).

Dos meses después, el portavoz Al Adnani añadía una nueva provincia —superan la veintena contando las de Siria e Irak— bajo el nombre de Khorasan (Afganistán y Pakistán), bajo el mando del grupo Tehrik e Taliban.

Es esa la franja geográfica natural ansiada por Al Bagdadi. Más improvisada, aparentemente, y visceral ha sido la alianza con Boko Haram, el grupo terrorista más grande y cruel de África. Un matrimonio de conveniencia que esconde un gran un esfuerzo de propaganda, como señala Charlie Winter, experto del centro de análisis británico Quilliam Foundation: “Es la clave del éxito del califato”.