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Cuba mira al modelo vietnamita

La revolución cubana celebra su 56º aniversario sumergida en la introspección

Un hombre camina frente a un letrero alusivo al nuevo aniversario de la Revolución en La Habana (Cuba). Ampliar foto
Un hombre camina frente a un letrero alusivo al nuevo aniversario de la Revolución en La Habana (Cuba). efe

Fidel Castro siempre lamentó que la muerte de Ho Chi Minh le sorprendiera inmerso en la vorágine revolucionaria de 1969, abismado en los numantinos conciliábulos de La Habana, sin haber podido conocer al estratega que acaudilló los alzamientos nacionalistas de mediados del siglo XX en Vietnam contra el colonialismo de Francia y Estados Unidos. Concluidas las guerras de liberación indochinas, y sustituidas las trincheras antiimperialistas del Mekong por los hidroaviones turísticos y las grandes superficies comerciales, la revolución cubana celebró ayer su 56º aniversario sumergida en la introspección, digiriendo una normalización diplomática con Washington que obligará a corregir su trayectoria.

¿Rumbo a Hanoi o a Pekín? Quizás rumbo a Vietnam con escala en Artemisa, el banco de pruebas del cambio gerencial, el laboratorio provincial donde el Partido Comunista de Cuba (PCC) ensaya la descentralización y el repliegue del intervencionismo del Estado. El cuadrante revolucionario ignorará el pluripartidismo y el formato chino, el “enriquecerse es glorioso” proclamado en 1992 por Deng Xiaoping, porque la mayor de las Antillas ardería por los cuatro costados al grito de pendejo el último. Ni la historia ni la cultura cubanas parecen permitir una traslación automática de las mudanzas abordadas por China y Vietnam en 1978 y 1986: dos economías de mercado a las órdenes del partido comunista.

Fidel Castro también hubiera deseado conocer a John F. Kennedy, pero no fue posible porque el presidente norteamericano fue asesinado, en 1963, cuando ponderaba algún tipo de avenencia con el jefe guerrillero que el primero de enero de 1959 había entrado triunfalmente en La Habana después de derrocar a Fulgencio Batista, un sargento chusquero monigote de Washington. De haberse producido la conciliación, las cábalas sobre el futuro de Cuba hubieran sido otras. Refractario al capitalismo, ausente de los actos de la histórica distensión, nada se sabe sobre los sentimientos del patriarca durante las negociaciones con Estados Unidos, en cuyas cloacas se fraguaron atentados contra su vida.

Más de medio siglo después del magnicidio de Dallas, Barack Obama y Raúl Castro lograron un acercamiento que hubiera sido imposible con Kennedy desde el momento de la alianza con la Unión Soviética. La Habana celebra este aniversario de la revolución reconduciendo estructuras concebidas para la confrontación, calculando los pros y contras del nuevo itinerario. Magullada por las refriegas y la utopía, la revolución cubana se acerca a Estados Unidos con la guardia alta, aparentemente dispuesta a encajar golpes en zonas blandas, pero cubriendo órganos vitales. No obstante, las aperturas económicas y sociales derivadas del apaciguamiento binacional pueden avivar inercias democratizadoras imparables.

La efeméride de este año no es protocolaria porque la circunstancia es histórica. Cuba hierve en expectativas. También debe de haberlas en los sectores del PCC marcados por la desconfianza y el adoctrinamiento, preocupados por las consecuencias del deshielo con el enemigo. Sospechan que la privatización de la economía cobrará fuerza y aceleración al amparo de los nuevos tiempos, propulsada por los previsibles préstamos internacionales para fomentarla. Temen que la ayuda norteamericana sea malévola y conduzca al surgimiento de una burguesía potente, insolidaria y apátrida: una quinta columna que conspirará para reinstaurar en la isla el coco del capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, y será cómplice de las ambiciones anexionistas del yanqui.

Raúl Castro y la dirección del partido acometen una tarea compleja, pedagógica: explicar a la militancia más ideologizada el encaje de bolillos asumido desde el pasado 17 de diciembre: entenderse con el enemigo, modernizar el país, abrirse al mundo y ampliar las libertades económicas con pragmatismo y justicia distributiva; sin prisas, sin ceder poder político, ni los medios de producción, con las banderas de la gratuidad de la sanidad y la enseñanza siempre izadas. La armónica sincronía entre capitalismo y comunismo. El catecismo parece tan imposible como el derrocamiento a palos de la revolución. El Gobierno arranca el 2015 obligado al replanteamiento de algunas esencias programáticas: fomentará el emprendimiento y la creación de empleo privado, pero intentará acotar la acumulación de riqueza entre el medio millón de autónomos cubanos que sueña con cadenas de restaurantes y cines, negocios de importación y exportación y las franquicias de Wal-Mart, McDonald's y Apple.

China y Vietnam son dos referencias que el Gobierno objeta porque su crecimiento económico ha sido tan asombroso como preocupantes las desigualdades sociales generadas. Hace apenas dos meses, Carlos Alonso Zaldívar, exembajador español en Cuba (2004-2009), resumía en la revista Política Exterior el gran dilema: seis millones de cubanos, de una población total de 11,5 millones, dependen de la protección oficial en pensiones, servicios y productos subvencionados. El 68% del presupuesto es gasto social. “Sabiendo cómo viven, nada resulta más natural que el temor de estas personas a que ese gasto se reduzca o, no digamos, desaparezca. Esto genera una fuerza de resistencia al cambio”.

Otros cuatro millones trabajan para el Estado, y su escaso salario se complementa con subsidios. Como el horizonte es problemático, se registran resistencias ideológicas y políticas al cambio dentro del PCC, el Ejército y la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). “Pero la auténtica resistencia que explica el ritmo lento de las reformas procede de la dificultad de hacer el país más productivo sin lanzar a la indigencia a millones de personas. Ese es el problema de fondo que tienen que resolver Raúl y su gente. Una terapia de choque aplicada a Cuba destruiría el país paras generaciones”, según Zaldívar. No sorprende entonces que el nuevo rumbo revolucionario pueda ser Vietnam, donde enriquecerse no es tan glorioso como en China, pero está mejor visto que en las probetas estatales de la caribeña provincia de Artemisa.

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