Cartas de CuévanoColumna
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La puerta Mariana

El Estado somos todos y somos precisamente quienes podemos tocar a la puerta sin tocarla

Es una metáfora contundente. En medio de la indignación generalizada, el desamparo palpable ante tanta confusión, la ira irracional que nada tiene que ver con el justificado reclamo de la sociedad ante el horror que vive México desde hace 43 madrugadas, en realidad desde hace mucho tiempo. No es quemando la puerta del Palacio con lo que se lograría abrir la fortaleza hermética de la negra conciencia de los culpables; para tal caso, no había nadie adentro para abrirla, no tiene timbre y la campana solo alarga su badajo para la noche de otros gritos. Además, no hubo nadie que impidiera quemarla.

Hace 43 madrugadas se filtró una incómoda tos de hastío y el amanecer que ha de vivirse como el inicio de un nuevo año de vida no ha dejado de enredarse en la soledad del silencio ante tanta necedad y amnesia. Como humo de tabaco se fueron acumulando noticias, chismes, teorías y enredos; toda explicación tiene además el nefasto filtro de interpósitas personas que se encargan de mancillar con corazonadas las fotografías de los hechos, pero por encima de todo lodo, más allá de la escenográfica mazmorra donde se supone que capturan a los criminales, lejos de los tiraderos de basura están los pocos párrafos de quienes intentan cada día hablar con la verdad, y no cejar en sus preguntas en vez de fardar respuestas al vapor. Están los padres y hermanos de cientos de víctimas, particularmente las 43 familias que han de seguir con la veladora encendida hasta que no se responda debidamente y sin cansancio alguno a su dolorosa inquietud. ¿Dónde están?

¿En dónde están los desaparecidos? ¿En dónde está el inquilino del Palacio incendiado? De los primeros, puedo jurar que ya están en boca de todos los que nos hemos hartado de quedarnos callados, en las gargantas de los jóvenes que cantan en las marchas y en la urgencia por saber de todos los estudiantes que no han cerrado sus libros ni sus mentes ante la evidente imbecilidad de los poderosos que no pueden ocultar las fotografías de sus mansiones impolutas, casas blancas con amplios espacios para el ego, sin un solo librero ni un solo libro a la vista. Está en chino que alguien intente explicar que la licitación para un tren cibernético –cuya cadena administrativa había sido minuciosamente observada para que sus rieles se guiaran por la recta vía de la legalidad, como dicen—sea de pronto suspendido por decreto firmado por quien se encuentra hoy mismo, esta madrugada nada menos que en China, en amena compañía del maquillista posmoderno y fashion de su simpática y gentil esposa. Está en China el bosque donde intentan perder en imbatible silencio, desinformación, sigilo y distancia a todos los niños que no dejaremos de hacer preguntas y de exigir algunas respuestas para precisamente seguir preguntando.

No es quemando la puerta Mariana de Palacio Nacional con lo que se logrará crecer, aunque haya quien malinterprete las etimologías o incluso la definición de adolescencia (que nada tiene que ver con “adolecer”). Es tiempo de que recordemos todos que la definición de Estado se forma por un trinomio donde se suman Población, Territorio y Gobierno, y que son precisamente los más siniestros y corruptos actores del mal-Gobierno quienes han mancillado nuestro territorio y abatido a no pocos sectores de la población, pero la próxima vez que a alguien se le ocurra vociferar o vomitar con pasamontañas la abolición del Estado, habría que recordarle que el Estado somos Todos y somos precisamente quienes podemos tocar a la puerta sin tocarla, vetar los abusos con la conciencia limpia y pedir encarecidamente o a gritos la inmediata reestructuración o destitución del Gobierno, de sus principales ineptos, de sus descarados e intranquilos funcionarios acomplejados, cómplices, complicados, compuestos en su mayoría por un amasijo de improvisación y pretensiones que en realidad, como ha dicho Juan Villoro, están desdibujados en este paisaje donde los verdaderos dibujos caminan como sombras por las calles en las protestas, por los montes como almas en pena y como libretas que pueblan desde hace 43 madrugadas la tos que no deja dormir en paz.

Es tiempo de que recordemos todos que la definición de Estado se forma por un trinomio donde se suman Población, Territorio y Gobierno

Cuando el presidente Mariano Arista mandó poner la puerta izquierda del Palacio que ahora lleva su nombre (aunque haya quien cree que es en homenaje a una mujer anónima), poco se imaginó lo que acaba de consignar con buena prosa Gonzalo Celorio en su más reciente novela, El metal y la escoria (Tusquets, 2014). No es la primera vez ni será la última en que evoquemos la triste oración del 9 de febrero de 1913, cuando el general Bernardo Reyes murió precisamente frente a la Puerta Mariana en su vano intento por dar el golpe contra la presidencia de Francisco I. Madero, y con ello desatar lo que llamamos hasta ahora la Decena Trágica que terminó con el golpe de estado del chacal Victoriano Huerta, traidor que mandó matar al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez a la entrada de otra puerta, de otro palacio, el Palacio Negro de Lecumberri, pero en la novela de Celorio se recrea minuciosamente la madrugada y el amanecer de aquel 9 de febrero de hace exactamente un siglo, un año, una madrugada por el hecho de que su tío abuelo se hallaba refugiado en la cantina El Nivel, glorioso santuario en la esquina del Palacio Nacional.

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No es la evocación del heroísmo confundido de las tropas que se abalanzaron contra la Puerta Mariana del Palacio para darle un seco golpe a la democracia, sino la madrugada que se alargó para que se refugiaran a cal y canto unos bohemios testigos de la Historia –entre ellos el pariente de Celerio, quien muere no por herida de bala, sino acribillado por el alcohol allí mismo en la calle de Moneda. Para más azar habría que entrelazar el momento en que Salvador Allende, recluido en el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile, preguntaba por su general Pinochet ante el desconcierto y desahucio de los bombardeos, sin saber que era precisamente otro traidor a la Victoriano Huerta, quemando la puerta de otro palacio para hacerse del poder… y entonces hilar lo que quizá intento decir: ya que no hay autoridad que quiera hacerse cargo o de veras intentar responder a nuestras preguntas, no podemos permitir que la indignación se vuelva ira, que tanta confusión se vuelva señuelo para callar las protestas, las marchas, las mantas o consignas que intentan salvarnos. Contra quienes creen que incendiando puertas o cerrando a fuego lento la estación del autobús que solíamos utilizar no pocos usuarios, creo ciegamente en los escritores que hemos pedido ir a Guerrero para leer en las escuelas, hablar en el mismo paisaje donde ladran los sicarios del crimen organizado y donde aún campean los políticos corruptos hasta ahora intocables. Vamos en abono de la memoria y la imaginación, la historia y la literatura que mejor han intentando trazar la enrevesada y ensangrentada topografía de Guerrero, a contrapelo de una inmensa mayoría que sólo conoce de Guerrero su Acapulco como puerto de bebidas con sombrilla y sus playas como remanso para precisamente no hacer absolutamente nada.

La novela de Gonzalo Celorio es un ancho y bien escrito mural autobiográfico, cuya sustancia esencial transpira y transita entre la memoria y la amnesia, entre lo que se queda callado en la biblioteca vacía de quien ya no puede recordar la vida que vivió o el nombre de las cosas, y el escritor que corteja a la memoria para que precisamente no se nos olvide jamás que en la puerta Mariana murió el general Bernardo Reyes en un México de confusión, polvo y pólvora y que su hijo Alfonso, el de la prosa transparente que cautivó a Borges –como ha escrito con lucidez Ricardo Cayuela—evitó a lo largo de su vastísima obra los temas políticos, pero cuajó un soneto que podríamos recitarlo todos los mexicanos ya cada madrugada, cada amanecer como si fuese un enrevesado año de vida nueva, desde aquella madrugada inesperada que no deja de toser, de toserme, de atosigarme porque Desde entonces mi noche tiene voces,/ huésped mi soledad, gusto mi llanto. Y si seguí viviendo desde entonces/es porque en mí te llevo, en mí te salvo,/y me hago adelantar a empellones,/ en el afán de poseerte tanto.

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