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El sueño de la Gran Albania alza el vuelo e irrumpe en el campo de fútbol

La incursión de un dron con una bandera nacionalista en el partido Serbia-Albania provoca una crisis diplomática

El serbio Mitrovic tira de la bandera llevada por un dron / Foto: AFP | Vídeo: Reuters

Quien crea sofocados los demonios de la etnia en los Balcanes, se equivoca. La irrupción de un dron con una bandera de la Gran Albania en el terreno de juego del Partizan de Belgrado, donde el martes se disputaba el partido Serbia-Albania, ha puesto de relieve el equilibrio inestable de la región y, sobre todo, la inveterada enemistad que se profesan muchos de los países de la zona. El incidente, que provocó la suspensión del encuentro -clasificatorio para la Eurocopa 2016- tras una melé entre jugadores de ambas selecciones, se produce una semana antes de la visita a la capital serbia del primer ministro Edi Rama, la primera de un mandatario albanés a Belgrado en casi 70 años.

El incidente no habría pasado de gamberrada si no se acusara del sobrevuelo del dron al mismísimo hermano de Rama, quien supuestamente teledirigió el aparato desde la tribuna del estadio. Olsi Rama desmintió haber sido detenido por la policía serbia, pero fue conducido de inmediato al aeropuerto y regresó a Tirana como un héroe, aclamado por miles de hinchas con la cara pintada de rojo y negro, los colores de la bandera nacional. El encuentro había sido declarado de alto riesgo por la UEFA, pero nadie imaginaba que la cancha pudiese derivar en cuadrilátero.

AFICIONADOS ALBANESES ONDEAN BANDERAS Los aficionados de la selección albanesa esperan a que lleguen los jugadores de su equipo en Tirana (Albania), tras el partido suspendido el 14 de octubre contra Serbia. AP

Albania vive un momento dulce desde que en junio Bruselas confirmara su candidatura a ingresar en la Unión Europea, nunca antes de 2020. Un horizonte que Serbia no puede divisar a corto plazo, pese al impulso dado por la UE para desactivar – teóricamente al menos- la tensión con Pristina, capital del Kosovo independiente desde 2008. El ministro de Asuntos Exteriores serbio, Ivica Dacic, calificó este miércoles el vuelo del dron de “provocación política” y exigió una respuesta contundente a la UEFA y, sobre todo, a la UE, a la que veladamente acusó de doble rasero en la región. El resquemor nacional que la candidatura oficial de Albania ha causado en Serbia queda de relieve.

‘Hooliganismo’ y nacionalismo son realidades concurrentes en los Balcanes, como demuestran las inflamadas hinchadas de muchos equipos deportivos de la región. Ambos elementos se entreveran también en la escena política, sobre todo tras la aparición de la Alianza Rojinegra (ARN), un partido populista de signo identitario —reivindica zonas de Grecia, Macedonia, Montenegro y Serbia con población albanesa— que, pese a su pobre desempeño en las elecciones de 2013, no solo empaña la demostración de voluntad europeísta del país, miembro de la OTAN, sino que también ha detonado una nueva carga nacionalista en una región, Churchill dixit, que produce más historia de la que puede digerir. Tanta historia significa, esencialmente, demasiadas etnias —y religiones— para tan exigua geografía.

La amenaza nacionalista de la Gran Albania movió en febrero de 2013 al Departamento de Estado norteamericano a pedir a los principales líderes albaneses que no atizaran los discursos “inflamatorios” en la campaña de las elecciones de junio, que devolvieron el poder a los socialistas de Rama. Todo el arco político recurrió al mensaje nacionalista, pero una fuerza sobresalió entre todas, la ARN, entonces con poco más de un año de vida, 200.000 afiliados y una ocasional puesta en escena impactante: marchas a caballo, con sus huestes vestidas de negro y flameando la bandera del águila bicéfala (de Bizancio). Aunque en los comicios logró un resultado residual, en torno al 0,6% de los votos, su sola existencia ha galvanizado un sentimiento que viene de lejos.

Liderada por el jurista Kreshnik Spahiu, la ARN ha logrado vehicular un nacionalismo rampante, espoleado, mucho antes del triunfo de la candidatura de la UE, por dos hechos: en 2008, la autodeclarada independencia de la exprovincia serbia de Kosovo —de mayoría albanesa— y, en 2013, la conmemoración del centenario de la independencia del país tras las guerras balcánicas. Como sostiene la antropóloga Armanda Kodra, especialista en relaciones interétnicas en los Balcanes, “por primera vez en la historia reciente de Albania el nacionalismo extremo cuenta con representación política; en estos últimos meses el discurso político ha empezado a hablar también un lenguaje nacionalista muy marcado, con fuertes elementos chovinistas”.

La idea de la Gran Albania siempre ha estado ahí, como la de la Gran Serbia, pero el horror de la guerra de la ex Yugoslavia, y la zanahoria de la UE, parecían haber vacunado a la región contra nuevas tentaciones irredentistas. Nada más lejos de la realidad, recuerda la antropóloga: "El Partido Socialista [entonces en la oposición] fue el que impulsó la creación de ARN en 2011, el año del censo. El grupo Top Media, afín a ese partido, siguió una agenda casi fascista, promoviendo la Gran Albania, la fundación de ARN y también el Movimiento de Autodeterminación de Kosovo (VV). Tras esos movimientos, Sali Berisha [primer ministro hasta junio de 2013] adoptó también la retórica nacionalista para no dejar escapar ni un solo voto".

Luego conservadores y socialistas dejaron solos a Spahiu y su Alianza para que hicieran el trabajo duro: en enero, el partido pidió a la Comisión Electoral permiso para celebrar un referéndum de unificación de Albania y Kosovo; ese mismo mes, denunció ante la justicia a un diputado de la minoría griega —que cuenta con varios representantes en el Parlamento— por vínculos con el partido neonazi griego Aurora Dorada y por contratar como consejero a un miembro de la minoría griega de Albania (alrededor del 3% de los 3,2 millones de habitantes del país, unas 58.000 personas, según el último censo). El consejero en cuestión no es otro que el líder del Movimiento por la Independencia del Epiro del Norte, zona fronteriza entre los dos países, de mayoría griega y donde menudean escaramuzas armadas de presunto tinte nacionalista (amén de todo tipo de tráficos). Atenas cifra en 200.000 el número de griegos étnicos en Albania, una denominación oficial habitual pero que en los Balcanes carga el diablo.

Al tradicional contencioso bilateral —que empeorará si Atenas, como han apuntado algunas fuentes europeas, reconoce a Kosovo— se suma el regreso de Grecia de 180.000 albaneses —el 20% de los que vivían allí—, emigrados por razones económicas en los noventa y hoy de vuelta por culpa de la crisis. Las remesas de los albaneses emigrados, en su mayoría a Grecia e Italia, suponían entre el 12% y el 15% del PIB antes de la crisis financiera de 2008; en 2010, habían bajado al 8%, en un país con una magra renta per cápita (8.200 dólares) y un paro oficial del 13% (el real ronda el 30%).

Grecia, pues, y Serbia, por la marginación y la persecución del régimen de Slobodan Milosevic a los kosovares, son los dos blancos favoritos de la ARN, sin olvidar a la guerrilla albanesa en Macedonia. El mapa heredado del Imperio Otomano —la Sublime Puerta agrupó en millets, o naciones, a las poblaciones balcánicas según su religión, pero esa demarcación no se corresponde exactamente con las fronteras de los nuevos Estados— se agita hoy, como en los noventa, con clamores de conflicto. El penúltimo, hace unos meses, estuvo a punto de incendiar el sur de Serbia, donde viven, según el discutido censo de 2011, unos 60.000 albaneses. La demolición de un monumento en Presevo en memoria de 27 combatientes albaneses muertos en el denominado “conflicto del valle de Presevo” —una secuela fugaz, en 2000, de la guerra de Kosovo— desató la ira de los albanokosovares, y dejó una estela de decenas de tumbas de serbios profanadas en Kosovo. Incluso la ONU pidió moderación a las partes, para evitar una escalada bélica.

Ningún observador cree posible una modificación del statu quo balcánico, y menos aún el rediseño de alguna de sus fronteras, pese a los llamamientos a la unificación de Albania y Kosovo por parte de la ARN; o al empeño de los albaneses de Presevo en integrarse en Kosovo. Pero los latidos del pulso identitario, esa pulsión incontrolable y a veces letal, sí resuenan, a veces con estruendo, convirtiendo, por ejemplo, un simple encuentro deportivo en un aquelarre nacionalista.