Cuando ‘Le Monde’ llamaba señores a los políticos

El diario, donde a los cargos públicos se les trataba de ‘monsieur’, celebra sus 70 años

Un hombre lee 'Le Monde' en un café parisiense (2007).
Un hombre lee 'Le Monde' en un café parisiense (2007). Mark Avery / Zuma Press

Las leyendas difieren respecto a los detalles, pero coinciden en lo fundamental. Durante el otoño de 1944, un mes escaso después de la liberación de París, el general De Gaulle encargó a su ministro de Información que le diseñara un periódico a medida. "Quiero un gran diario para el extranjero, más o menos oficioso, mejor informado que los demás y que se lea en las embajadas", ordenó el general, al frente del Gobierno provisional. Se trataba de encontrar un sustituto a Le Temps, rotativo de tradición decimonónica acusado de colaboracionismo y clausurado tras la victoria de los aliados. Y, ya de paso, de pasar página en el relato de la historia y dar la bienvenida al mundo que aguardaba al otro lado del cataclismo bélico.

Tres meses después, aparecía el primer ejemplar de Le Monde. Su portada destacaba la nueva alianza francosoviética, y su primer editorial, la voluntad de aportar informaciones “claras, verdaderas, rápidas y completas”. “Nuestra época no es de esas que uno se pueda contentar con observar y describir. Los pueblos se ven arrastrados por un raudal de acontecimientos tumultuosos y trágicos de los que todo hombre, lo quiera o no, es actor a la vez que espectador”, decía. El autor de esas líneas debió de ser su primer director, Hubert Beuve-Méry, elegido personalmente por De Gaulle. Este profesor de Derecho de origen humilde, antiguo corresponsal en Praga, no resultó ser dócil frente al líder que lo había escogido para el cargo. “Ejerció su poder con tal independencia respecto a las fuerzas económicas y a los Gobiernos que se convirtió en un hombre a abatir”, escribió una vez Jean Lacouture, firma mítica del diario. En 1948, la patronal francesa le ofreció retirarse a cambio de una auténtica fortuna: 50 millones de francos de la época. Beuve-Méry se negó. Una de sus frases para la historia ante la redacción fue esta: “No encontraréis a mis espaldas ni banco ni iglesia ni partido”.

Setenta años más tarde, Le Monde conmemora el aniversario de su nacimiento envuelto en otro tipo de convulsiones y aferrado a esa independencia que lleva inscrita en su código genético. “El diario ha cambiado mucho, pero sigue siendo heredero de ese primer ejemplar de 1944”, afirma su actual director, Gilles van Kote, desde su diáfano despacho en la sede parisina del diario. “Mantenemos la misma exigencia periodística y la misma voluntad de ofrecer herramientas para entender el mundo. No somos prisioneros de ningún campo ideológico y de ningún clan político”, asegura.

“Seguimos sin ser prisioneros de un campo ideológico o de un clan político”, afirma el director del periódico

La celebración de la efeméride ha venido acompañada de la publicación de Le Monde. 70 ans d'histoire (Flammarion), monumental volumen que recoge sus mejores artículos, de las impagables crónicas de Pierre Viansson, Robert Guilain y Jacques Amalric a la mítica efeméride del propio Charles de Gaulle, firmada por quien fue su mejor enemigo, Pierre Mendès France. Mientras tanto, las salas francesas proyectan Les gens du Monde, un documental sobre el diario a cargo de Yves Jeuland, quien colocó a la redacción bajo el microscopio durante la campaña electoral que venció François Hollande. En la película, se observa a un vasto grupo de periodistas enzarzados en interminables debates, que revelan pasión por el oficio y una gran diversidad ideológica.

“La paradoja es que este diario encargado por De Gaulle nunca se convirtió en gaullista”, analiza un histórico de la casa, Franck Nouchi, coordinador del volumen conmemorativo y lector de Le Monde desde que veía a su padre y su abuelo devorarlo religiosamente cada tarde. “El divorcio con De Gaulle se consumó en 1958, cuando el diario se negó a apoyar su reforma institucional, que instauró el actual régimen presidencial”, explica Nouchi. De Gaulle y Beuve-Méry no se volvieron a hablar, pero el destino les terminó uniendo. “Ambos se marcharon tras Mayo del 68, cuando sintieron que habían dejado de comprender el mundo”. Compartieron también la equidistancia geopolítica en tiempos de Guerra Fría y cierta pose de “árbitro por encima de la mêlée”, metáfora gaullista por excelencia, formulada por el general para ensalzar su neutralidad (y su rango naturalmente superior).

Las dos reporteras estrella de Le Monde, Raphaëlle Bacqué y Ariane Chemin, conocidas en Francia por sus libros sobre Ségolène Royal y el matrimonio Strauss-Kahn, se han pasado los últimos meses buceando en los archivos del periódico para redactar una serie de reportajes sobre su historia, publicados en el diario durante el verano. Y no han dudado en recordar sus episodios más oscuros.

La fachada de 'Le Monde', inspirada en la cabecera del diario.
La fachada de 'Le Monde', inspirada en la cabecera del diario.Manuel Cohen

“Hemos trabajado en el proyecto como lo haríamos en cualquier otro tema. En ningún caso se trataba de hacer publicidad gratis”, revela Bacqué. Las autoras describen la llegada de la primera mujer jefa de sección en 1971 entre murmullos de reprobación. Recuerdan cómo Le Monde saludó la llegada al poder de los jemeres rojos en Camboya, antes de descubrir “un país convertido en un vasto campo de concentración”, como escribió más tarde el corresponsal en Phnom Penh. Y revisitan la fundación de la edición digital en 1995, en plena guerra abierta entre los “arcaicos” del papel y los “bárbaros” de la web.

Los debates se exacerbaron durante los años en que los trabajadores mantuvieron el control sobre las decisiones estratégicas, gracias a un porcentaje clave en el accionariado. Desde 2011, una recapitalización dejó el diario en manos de Pierre Bergé, cofundador de Yves Saint Laurent; Xavier Niel, dirigente del operador de telefonía Free, y Matthieu Pigasse, propietario del semanario cultural Les Inrockuptibles [Le Monde también está participado por PRISA, la empresa editora de EL PAÍS]. “Si todavía es medio de referencia, es gracias a mantenerse fiel a su proyecto inicial y no seguir una línea partidista”, afirma Patrick Eveno, historiador de los medios de comunicación, profesor en la Sorbona y autor de Historia del periódico Le Monde (1944-2004). “A finales de los setenta, el diario se politizó apoyando a Mitterrand contra Giscard d’Estaing. Perdieron un cuarto de sus lectores. Aprendieron la lección volviéndose a centrar”. De hecho, Le Monde tampoco sería santo de la devoción de Mitterrand, quien cortó las suscripciones del Elíseo al diario cuando este empezó a investigar su sombrío pasado durante los tiempos de Vichy.

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Como toda institución poderosa, el diario ha sido objeto de críticas recurrentes, a veces de una violencia inaudita. Ya en los setenta, un antiguo periodista de Le Monde, Michel Legris, escribió un libro incendiario donde denunciaba la falsa objetividad de un diario “inquisidor”, que dividiría el mundo “entre buenos y malos”, situando entre los primeros a “los palestinos”, “los bisexuales” y “el Tercer Mundo”. En la década pasada, otra obra igual de contundente desestabilizó a la dirección, La face cachée du Monde (la cara oculta de Le Monde), y un juez llegó a retirarla de circulación. Aunque tal vez sus peores críticos hayan sido sus propios lectores. “A Le Monde se le suele amar, pero también se siente frustración al leerlo. Más que un vínculo de pasión incondicional, se trata de una relación de amor-odio”, concluye Eveno.

Bacqué alude a un problema de prepotencia. “Durante mucho tiempo, Le Monde ha exasperado por su arrogancia. A menudo, el diario ha considerado que tenía razón en todo”, opina la periodista. Bacqué, que trabajó en la agencia France Presse antes de hacerlo en Le Monde, recuerda cómo los periodistas del diario miraban a los demás “por encima del hombro”, como si pertenecieran a una casta superior. “Incluso después de llegar a Le Monde tardé cuatro o cinco años en lograr su respeto. No solo debías demostrar ser buen periodista, sino también seguir una serie de reglas y de rituales”, relata Bacqué. Por ejemplo, un tratamiento de respeto a los políticos algo antediluviano, que obligaba a dirigirse a ellos como monsieur y madame por orden del Libro de estilo, que prohibía utilizar solo sus apellidos. En sus titulares, Chirac era “monsieur Chirac”. Una práctica que no cesó hasta 2005. “Era una marca de reverencia ridícula”, asiente la periodista. “Pero no me parece mal seguir usando un estilo formal. Hoy tendemos a lo ligero y lo desenfadado, pero Le Monde tiene la responsabilidad de mantener vivo ese registro formal”. No hay que olvidar, como recuerda Bacqué, que lo siguen leyendo en las embajadas.

La guinda sobre el pastel es el rediseño del diario, que ha llegado esta semana a los quioscos franceses, con una nueva maqueta que potencia el análisis y los formatos largos. “Queremos ensalzar el placer de la lectura y apostar por la especificidad del papel”, asegura Van Kote, consciente de lo exótica que suena la frase en tiempos de migración digital. “El papel sigue suponiendo el 85% de nuestro volumen de negocio”. Pese a todo, el director reconoce que la situación sigue siendo “frágil”. La difusión media es de 274.000 ejemplares. El diario cerró 2013 con pérdidas de dos millones de euros.

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