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COLUMNA

El desafío de Manuel Valls

El modelo de Francia no se parece a ningún otro, pero el Estado es rehén del Pacto de Estabilidad

Para Máximo Cajal in memoriam

El nombramiento de Manuel Valls como primer ministro de Francia es una apuesta muy arriesgada para él. Las elecciones municipales han mostrado la existencia de un profundo precipicio entre el poder político y el pueblo. En las votaciones se han visto entremezclados intereses opuestos: la derecha tradicional le reprocha al Partido Socialista no ejecutar tan bien la política de liberalización preconizada por Bruselas; el electorado de izquierdas rechaza la orientación bruselense; y aquellos que han votado por la extrema derecha, niegan en bloque el arraigo europeo. Todas estas posiciones contradictorias están ligadas a divergencias irreconciliables sobre la cuestión europea. Los comicios del domingo son un adelanto, amargo e imparable, de las europeas de mayo próximo. En realidad, Francia es el eslabón débil de Europa. Si esta explotara algún día, se podría apostar a que la chispa saltaría en Francia.

Ello se debe a tres razones, que son la cruz sacrificial de los responsables gubernamentales franceses. En primer lugar, desde que el Partido Socialista francés perdió el referéndum sobre la Constitución Europea en 2005, bajo la dirección de François Hollande, no tiene política europea. Este fracaso lo agrietó profundamente y desde entonces el electorado contradice firmemente la vía social-liberal elegida por sus dirigentes. Ahora bien, Manuel Valls se ha comprometido, por el contrario, a perseguirla y profundizar en ella.

En segundo lugar, Hollande calcula que si logra imponer la política de restricciones presupuestarias de Bruselas, volverá el crecimiento y por tanto el empleo masivo. Nada menos seguro. Además, ello significa no tener en cuenta todo lo que hay en juego en el enfrentamiento entre el modelo europeo y el modelo francés: este último no se parece a ningún otro existente en Europa, ya que está tradicionalmente basado en la conjunción de las iniciativas de un Estado estratega y las de un sector privado dinámico. Pero ahora, el Estado es rehén del Pacto de Estabilidad europeo, el país se ha desindustrializado, las pymes se ven abrumadas por los impuestos y el sector financiero está más interesado en invertir en el resto del mundo que en Francia. Para cambiar esta situación, harán falta décadas. Manuel Valls no tiene más que tres años por delante y Europa no le ayudará: las declaraciones del comisario europeo Olli Rehn el 2 de abril, durante la cumbre de Atenas, son muestra de ello.

En tercer lugar, el voto del pasado domingo no reclamaba una mayor autoridad, que es lo que representa Valls, sino un proyecto de sociedad, algo que el primer ministro no propone todavía. La verdad es que, pese a su talento, Manuel Valls no tiene ninguna garantía de éxito. El hombre es valiente, pero la realidad es dura.