Rusia aprovecha los errores de los vecinos
Moscú ya empezó a extender su influencia en agosto de 2008 en el territorio de Osetia del Sur


¿Tenía Rusia planes elaborados para invadir Crimea antes de que los órganos del Estado de Ucrania entraran en crisis y se tensaran sus relaciones con las zonas rusohablantes del país? ¿O bien el Kremlin ha ido perfilando la idea sobre la marcha sucumbiendo a la tentación —o aplicando la táctica— de aprovechar los errores de los dirigentes ucranios para arrancar una espina clavada en el corazón de los rusos?
Esta cuestión dará que hablar en el futuro a quienes, como Andréi Ilariónov, el antiguo asesor de temas económicos de Vladímir Putin, sostienen que el Kremlin sí tenía planes imperiales para Crimea, y también a quienes nunca creyeron que el líder ruso se atreviera a trasladar a la península los esquemas teatrales empleados por la URSS en relación a los “regimenes comunistas amigos”, que se formaban con ayuda de Moscú para pedir después socorro a la misma Moscú desde el escenario.
La posibilidad de que Putin le hubiera echado el ojo a Crimea comenzó a figurar en las tertulias políticas a partir de agosto de 2008, cuando, siendo presidente Dmitri Medvédev, las tropas rusas entraron en el territorio de Osetia del Sur para repeler la agresión perpetrada por el presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, contra la población civil de Tsjinvali (la capital de Osetia del Sur). Los rusos defendieron a los osetios y después reconocieron como Estados independientes a Osetia del Sur y Abjazia, dos unidades administrativas que en el modelo soviético estaban subordinadas a la República Socialista Soviética de Georgia. En tanto que Estado independiente, Georgia nunca controló de hecho los territorios de Abjazia y Osetia del Sur, cuyo proceso secesionista comenzó antes del fin de la URSS y fue la plasmación del rechazo al proyecto independentista del líder georgiano Zviat Gamsajurdia. Georgia fue el último de los Estados postsoviéticos en ser admitido en la ONU, en el verano de 1992.
El caso de Crimea, perteneciente a Ucrania desde 1954, es diferente al de Osetia del Sur y Abjazia. Los líderes eslavos (Boris Yeltsin de Rusia, Leonid Kravchuk de Ucrania y Stanislav Shushkévich de Bielorrusia), que certificaron la defunción de la Unión Soviética el 8 de diciembre de 1991, no se pelearon por Crimea, sino que reconocieron mutuamente como fronteras estatales los lindes que tenían en tanto que repúblicas soviéticas. Kravchuk, se negó a fijar el “caso histórico de Crimea” en los acuerdos de disolución, afirma uno de los participates de la reunión celebrada en los bosques de Bielorrusa. “Había cosas mucho más urgentes”, señalo la fuente.
“En 1992 había quien se planteaba combatir contra Ucrania por Crimea”, dijo Yegor Gaidar, en una entrevista con esta corresponsal en 2005. Gaidar, que en diciembre de 1991 era jefe de Gobierno en funciones, manifestó que Yeltsin pasó muchas horas “intentando convencer a Leonid Kravchuk de que dejara el tema de Crimea fuera de los acuerdos que pusieron fin a la URSS, para resolverlo después”, “Pero Kravchuk se negó”, dijo Gaidar, según el cual las “conversaciones más difíciles y largas” en la reunión de Bielorrusia versaron sobre Crimea. “La disyuntiva estaba entre un tratado pacífico sin pretensiones territoriales a Kazajstán y a Ucrania o los horrores que podían ocurrir en un territorio donde los mandos militares podían tomar decisiones sobre armas nucleares. Hubiera podido ser peor que Yugoslavia”, sentenciaba.
En los primeros años después del fin de la URS Crimea fue un objeto de la nostalgia, pero no una reivindicación territorial para el Kremlin ni un “agujero negro”, como se vino a llamar a Osetia del Sur, Abjazia, el Alto Karabaj (territorio oficialmente de Azerbaiyán ocupado por los armenios), y Transdnistria (territorio secesionista de Moldavia). Líderes rusos de tendencia nacionalista, como el alcalde de Moscu Yuri Luzhkov, enardecían los ánimos en la península, pero Yeltsin nunca cedió a sus presiones y finalmente Crimea encontró un encaje en el Estado de Ucrania.
A diferencia de Yeltsin, Putin ha optado por jugar la carta del imperio en la antigua URSS. En 2008, la mayoría de los rusos apoyó la intervención de las Fuerzas Armadas rusas en Osetia del Sur y los osetios están hoy agradecidos a Moscú por haberlos defendido, aunque las sólidas bases que los militares rusos han construido tanto en Osetia del Sur como en Abjazia hacen preguntarse a los habitantes de estas regiones si Moscú mandó las tropas para defenderlos o aprovechó el ataque de Saakashvili para afianzarse en el Cáucaso y el mar Negro. Lo más probable es que la lógica de esos pequeños pueblos necesitados de defensa coincidiera temporalmente con la gran lógica del imperio.
Putin se aprovechó en 2008 del desliz delictivo de Saakashvili para afirmar sus intereses, pero ahora el dirigente ruso se aprovecha de dos errores de cálculo de los nuevos líderes ucranianos, en concreto, al abolir una ley que protegía los derechos regionales del idioma ruso y también al poner en un callejón sin salida los miembros de la Berkut, las unidades de intervención especial que el régimen ucraniano utilizó para defenderse del Maidán. Los elementos de extrema derecha, ultranacionalistas y parafascistas que también había en el Maidán de Kiev, potenciados por las televisiones rusas, han hecho el resto: crear inquietud entre los rusos de Crimea sobre la posibilidad de una venganza de los radicales anti-rusos del Oeste de Ucrania. Antes, en 2009 Moscú se había dotado de la legislación necesaria para permitir el uso de las tropas fuera de sus fronteras para “defender los intereses de la Federación Rusa y sus ciudadanos”.
Tras reconocimiento de la indepencia de Abjazia y Osetia, los pacificadores rusos que actuaban en estas repúblicas en colaboración con las instituciones internacionales se transformaron en militares emplazados en las bases rusas. Tras la invasión de Crimea es difícil pensar los soldados rusos puedan transformarse en pacificadores internacionales.
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