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OPINIÓN

Ante las urnas europeas

Una alta abstención será favorecerá a populistas y euroescépticos

Las reformas del Parlamento Europeo en los últimos lustros, que han culminado en que hoy los partidos que luego formen grupo parlamentario designen su candidato para presidente de la Comisión, dan un mayor atractivo a las elecciones de mayo. Con todo, no está claro que la enorme desconfianza que el manejo de la crisis ha acumulado restrinja la abstención. Si sigue superando el 50%, los más favorecidos serán los partidos euroescépticos, populistas y nacionalistas. Un dato nuevo que no cabe echar en saco roto es que el 44,3 % de los españoles piensan que la UE, lejos de ser una organización democrática, es más bien un club de Estados en el que cada cual va a lo suyo. Desde sus inicios, la Comunidad Económica Europea destaca por la ausencia de democracia. Los comisarios, incluyendo al presidente de la Comisión —el poder ejecutivo, con potestad normativa— eran propuestos por los Estados miembros en el Consejo Europeo.

Esta última institución no proviene de los Tratados, sino que por iniciativa del general De Gaulle empezó con las reuniones periódicas de los jefes de Estado, o de Gobierno de los Estados miembros a partir de 1961, adquiriendo cada vez mayor auge, hasta que se institucionaliza en 1974, acordando reunirse al menos dos veces al año. Con mayor opacidad opera el Comité de Representantes Permanentes (Coreper) que prepara, tanto los temas que se discuten en los Consejos Europeos, como coordina la relación del Consejo con las demás instituciones comunitarias, en particular con la Comisión. Pese al grado de institucionalización alcanzado, con un derecho comunitario y tribunales propios, el trípode que forman Consejo Europeo, Comisión y Coreper ponen de manifiesto que la UE apenas sobrepasa el status de una alianza intergubernamental.

El cometido esencial de la UE no ha sido tanto promover la democracia en las instituciones comunitarias, como el libre mercado, si se quiere sin eufemismos, la consolidación y ulterior desarrollo del capitalismo, cuyo prestigio en los primeros años de la segunda posguerra, aunque de ello no se sea hoy consciente, estaba por completo arruinado. Parecía evidente que arrancar de raíz el fascismo exigía superar el capitalismo. El que la Unión Soviética perteneciese al bando de los vencedores aumentaba el descrédito del capitalismo, que la mayoría de los europeos compartían. Hasta los partidos cristianodemócratas recién fundados propugnaban un nuevo comenzar no capitalista.

El proceso de integración europea arranca del plan Marshall (1947-1951), que crea para gestionarlo la primera institución europea, la OECE (Organización Europea para la Cooperación Económica). Es una iniciativa de EE UU, interesado en la recuperación económica de la Europa que controla, para que actúe como muro de contención ante la Unión Soviética. Reduciendo a mínimos los controles democráticos, la UE ha impulsado un capitalismo tecnocrático, al gusto del gran capital, libre de las influencias de la inmensa mayoría.

La UE se legitima tan solo por el bienestar que ha proporcionado a los ciudadanos, y más tarde por la libertad adquirida de trabajar en todo el territorio de la Unión. La crisis, sin embargo, ha puesto en cuestión el bienestar alcanzado, y la libre movilidad de las personas se ve reducida por la diversidad de lenguas.

Aunque la tendencia a convertir el inglés en la lengua de comunicación sea cada vez más fuerte, no basta en las profesiones médico-sanitarias y sociales en las que la oferta de empleo es mayor. El desconocimiento de la lengua impide que puedan emigrar gente bien preparada que se necesita en otros países. El resultado es que solo un 2 % de la población de la Unión vive en otro país comunitario.