El general Sanogo, gloria y ocaso de un golpista

El hallazgo de una fosa común de soldados malienses lleva a prisión al capitán respetado y temido hasta hace solo unos meses

Varios gendarmes en la zona donde se hallaron los cadáveres de soldados malienses, en las afueras de Bamako.
Varios gendarmes en la zona donde se hallaron los cadáveres de soldados malienses, en las afueras de Bamako. HABIBOU KOUYATE / AFP

El hallazgo tuvo lugar la noche del 3 al 4 de diciembre en Diago, a solo 20 kilómetros de Bamako. Veintiún cadáveres, algunos de ellos vestidos con uniforme militar, aparecieron en una fosa común próxima al cementerio de esta localidad. Todo apunta en la misma dirección. Son los cuerpos de soldados malienses (boinas rojas) asesinados por orden de la junta golpista que se hizo con el poder el 21 de marzo de 2012 en Malí. Y quien entonces estaba a la cabeza no solo de dicha junta sino del país, a quien se considera último responsable de esta matanza, no es otro que el general Amadou Haya Sanogo, respetado y temido hasta hace tan solo unos meses, quien hoy se encuentra detenido en una celda de la Escuela de la Gendarmería de Faladié de la capital maliense a la espera de juicio. Su caída ha sido tan rápida como su ascenso.

Las cosas parecen haberse puesto bastante feas para el general Sanogo. El autor del golpe de Estado del 21 de marzo de 2012, una asonada militar que hundió a Malí en el caos y que dio alas a distintos grupos armados para hacerse con el control total del norte del país poco después, fue detenido en su domicilio el pasado 27 de noviembre. Sanogo se había negado en varias ocasiones a presentarse ante el juez Yaya Karembé, quien está al frente de la investigación por la desaparición de decenas de boinas rojas, pertenecientes a una unidad militar próxima al depuesto presidente Amadou Toumani Touré, en los meses que siguieron al golpe de Estado.

El otrora todopoderoso Sanogo, el hombre que se veía a sí mismo como una especie de general De Gaulle que iba a salvar a su país, era conducido en medio de un impresionante despliegue de seguridad hasta la Escuela de la Gendarmería de Faladié, donde le esperaba el juez instructor para someterle a un interrogatorio después del cual fue enviado a una celda de la propia Gendarmería acusado de “secuestro de personas”. Junto a él han sido encarcelados otros quince militares, muchos de ellos miembros de la junta golpista que presidía el entonces capitán Sanogo.

Los interrogatorios a los que fueron sometidos tanto Sanogo como sus colaboradores son los que permitieron al juez Karembé llegar hasta la fosa común, situada cerca del cementerio de Diago y a tan solo una decena de kilómetros del cuartel de Kati, sede de los golpistas. La investigación ha determinado que los 21 boinas rojas ejecutados se encontraban detenidos en una celda del citado cuartel, arrestados por su presunta participación en el intento de contragolpe de Estado del 30 de abril de 2012.

Todos ellos fueron conducidos, con los ojos vendados, las manos atadas y los pies encadenados, hasta el lugar donde fueron ejecutados de varios disparos. Y quien se encargó de llevar a cabo la matanza fue un pelotón de fusilamiento de diez hombres a quien se facilitó una lista con los boinas rojas que debían ser ejecutados. Dicha lista procedía directamente del coronel Blonkoro Samaké, entonces consejero de Seguridad del propio Sanogo, a quien se apunta en última instancia como inductor de los hechos.

Más allá de la brutalidad de los hechos descritos, a nadie parece haberle sorprendido el hallazgo. De hecho, en mayo de 2012 circularon algunos vídeos hechos por los propios soldados de Sanogo con sus teléfonos móviles en el cuartel de Kati en el que se podían ver las humillaciones a las que fueron sometidos los boinas rojas, arrodillados, encadenados y sometidos a insultos y vejaciones. Durante largos meses, los familiares de los soldados desaparecidos en aquellos días habían reclamado que se abriera una investigación independiente. Pero hasta ahora no se habían dado las condiciones para ello. Desde que diera el golpe de estado, Amadou Haya Sanogo se convirtió en alguien intocable que, según decenas de testimonios que comienzan a aflorar, saqueó las exiguas arcas del Estado y se llegó a permitir el lujo de ordenar la destitución del primer ministro del Gobierno interino, Modibo Diarra, por atreverse a llevarle la contraria.

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Poco antes de las elecciones presidenciales del pasado verano, Sanogo pareció asegurarse su futuro. El presidente interino, Dioncounda Traoré, quien meses antes ya lo había puesto al frente del comité de reforma del Ejército, dio un paso más y lo ascendió de capitán a general. El militar que quebró un proceso electoral ya en marcha y que contribuyó como pocos a la división del Ejército, el soldado que dio un golpe de estado contra un presidente elegido democráticamente pero que fue incapaz de hacer frente a la amenaza de rebeldes tuaregs y terroristas en el Norte, era encargado de reformar las Fuerzas Armadas y ascendido a general. El zorro a cuidar las gallinas.

Sin embargo, el viento ha cambiado de dirección. Según fuentes militares, su rápido enriquecimiento personal (se compró una casa de lujo en Bamako), así como el de varios miembros de la junta, ha generado un enorme malestar en el seno del Ejército y le ha restado apoyos en los estamentos militares. Mientras que su meteórico ascenso a general de cuatro estrellas, sobre todo teniendo en cuenta que en la reciente guerra que ha vivido su país se ha mantenido siempre bastante lejos del campo de batalla, le ha supuesto ganarse a pulso la animadversión de buena parte de la oficialidad.

Con sus compañeros militares dándole cada vez más la espalda, el nuevo presidente del país elegido en las urnas el pasado verano, Ibrahim Boubacar Keita, no encontró demasiadas resistencias a una de sus primeras decisiones, retirarle del comité de reforma del Ejército. Y su ocaso parece lo suficiente pronunciado como para poder procesarle por los crímenes cometidos por los hombres bajo su mando, de manera notable contra los boinas rojas. Otras investigaciones están ya en curso, pero solo el macabro hallazgo de 21 cadáveres en Diago parece ya razón suficiente para que comience a pagar por lo que hizo.

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