El Gobierno de Cameron esgrime la inviabilidad de un Estado separado

La secesión le costará a cada escocés 1.200 euros al año, según el Tesoro británico

David Cameron, el pasado 15 de noviembre.
David Cameron, el pasado 15 de noviembre.DINUKA LIYANAWATTE (AFP)

La independencia de Escocia podría incrementar la presión fiscal sobre cada ciudadano en hasta 1.000 libras anuales (1.193 euros), advirtió este martes el Gobierno británico como reacción al plan presentado por Alex Salmond para defender la separación de Reino Unido. Cuando todas las encuestas indican que los indecisos decantarán la balanza en el referéndum escocés, Londres arrecia en su discurso sobre la inviabilidad económica del nuevo Estado, porque en ese factor está la clave del desenlace del voto del próximo 18 de septiembre.

No fue el primer ministro, David Cameron, sino su secretario del Tesoro y diputado por la circunscripción escocesa de Inverness, Danny Alexander, el encargado de contrarrestar los argumentos de Salmond. Escocia no debe "ir por su cuenta", so pena de encajar un aumento de la presión fiscal o de reducir el gasto —cuando no ambas cosas— si quiere crear un Estado viable durante los próximos cincuenta años, dijo Alexander sustentándose en un reciente informe del Instituto de Estudios Fiscales (IFS). Los independentistas escoceses, que atribuyen esa negra radiografía al "nerviosismo de la campaña del no", acusaron al Gobierno británico de malgastar los ingresos derivados de la industria petrolífera del Mar del Norte que, según sus propias cuentas, supondrían hoy un fondo de hasta 22.000 libras (26.000 euros) "para cada escocés".

En esta guerra de cifras, la estrategia de Cameron pasa por demostrar que si Escocia elige convertirse en un país extranjero, será tratado como tal y tendrá que asumir sus nefastas consecuencias económicas: deberá afrontar una difícil renegociación sobre su entrada en la Unión Europea y, a diferencia de lo afirmado ayer por Alex Salmond, hallaría trabas de los británicos para compartir con ellos la libra esterlina en una unión monetaria.

El nuevo ministro británico para Escocia, Alistair Carmichael, cuyo reciente nombramiento encarna un endurecimiento del discurso de Londres, ha planteado asimismo cómo resolvería una Escocia independiente la cuestión de las pensiones (la media de pensionistas por empleado es superior en este territorio que en el resto del país que todavía comparten) o cómo sufragaría la creación del nuevo Estado. También considera contradictoria la vocación del partido de Salmond (SNP) de permanecer en la OTAN, al tiempo que promulga la eliminación de las armas nucleares de su territorio.

El primer ministro británico está promoviendo en realidad, y como parte de su campaña para evitar la separación de los escoceses, una política del palo y la zanahoria. El mensaje reside en convencerles que vivirán mejor si siguen siendo parte integrante de Reino Unido. En esa línea hay que enmarcar el reciente anuncio de la multinacional aeronáutica BAE Systems, con el apoyo del Gobierno británico, de poner fin a la construcción de nuevos buques de guerra en el histórico puerto de Plymouth (sur de Inglaterra), para favorecer a los astilleros escoceses del río Clyde. Mientras Plymouth afronta el declive y la pérdida de puestos de trabajo, Escocia sale ganando. Pero, tal y como ya ha advertido, Londres está dispuesto a dar marcha atrás en su decisión si los escoceses deciden cortar amarras.

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