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Breivik, la pesadilla de la que no se habla en Oslo

Los noruegos se sienten más inseguros y ya no confían tanto en la policía y la justicia

Breivik, en abril de 2012 en el inicio del juicio por el doble atentado.
Breivik, en abril de 2012 en el inicio del juicio por el doble atentado. AFP

Una enorme lona negra, muy tupida y con aires de luto, se ajusta con tablones alineados a la fachada de uno de los primeros edificios cubiertos de la calle Grubbegata, en el centro de Oslo. A unos 25 metros, otro de los inmuebles de este barrio de oficinas del Gobierno noruego esconde frente y espalda con una tela blanca más translúcida, que respira según bate el viento de un lado hacia otro. Solo algún fisgón accede a la zona, desierta y restringida al tráfico, para husmear e imaginar lo que pasó hace dos años.

De entonces son las portadas de los diarios que se entrevén en un panel con el cristal resquebrajado en mil pedazos. El tiempo parece que dejó de correr. La ciudad está de vacaciones. Es un viernes de verano como el que eligió el joven ultraderechista Anders Behring Breivik para hacer estallar un coche bomba que costó la vida a ocho personas y dio comienzo a una de las mayores tragedias de la historia de Noruega.

“Una de las víctimas trabajaba en mis oficinas”, recuerda un empleado del Ministerio de Trabajo, que prefiere preservar su identidad. Este hombre, de 55 años, terminó su jornada 10 minutos antes de la explosión. Desde aquel trágico 22 de julio, muchos como él han tenido que mudarse de la oficina de forma temporal. “Al principio todo eran reuniones para organizarnos, pero ahora, que ya pasó, ha quedado algo en la atmósfera…”. Algo que no sabe explicar y de lo que no se habla. “Lo estamos guardando dentro y es estúpido; escapamos de lo que ocurrió, no seguimos el camino emprendido con los homenajes”. En las primeras semanas tras el ataque, miles de ciudadanos se volcaron en cada una de las numerosas ceremonias de recuerdo a los muertos de Oslo y Utoya.

Desde la entrada al complejo gubernamental, por la calle Akersgata, una hilera de láminas de madera cubre las obras y dificulta el tino del ojo curioso. Pero no borra la memoria. “Yo lo he estado pensando ahora, cuando miraba desde la terraza de la biblioteca de enfrente”, relata Ingvll, de 26 años. Es noruega, pero no de la capital. “Y es muy diferente”, apuntilla, “cómo ha vivido la tragedia la gente de Oslo”. “Se habla muy poquito de lo que pasó”, continúa Ingvll, “los noruegos nos permitimos pocas emociones, somos muy cerrados”. ¿Se olvidó? “Las sensaciones están, pero no se ven”, responde.

El duelo, como admiten muchos extranjeros residentes en Oslo, va en silencio y despacio. Demasiado para algunos familiares de víctimas, aquejados por la falta de asistencia del Gobierno. El Ministerio de Cultura ha abierto recientemente un concurso para levantar dos monumentos en homenaje a las víctimas: uno en Oslo y otro en Hole, municipio al que pertenece la isla de Utoya, adonde Breivik se trasladó con otro vehículo para acabar a tiros con la vida de 69 jóvenes militantes laboristas. 

“La vida sigue, no han cambiado muchas cosas”, dice desde la calle Akesgata un joven de 30 años, que elige el anonimato. ¿Los ataques se han convertido en tabú? “No hablamos de ello en la oficina, fue dramático, pero no es un tabú como el que puede ser el nazismo en Alemania”. Numerosas instituciones médicas se han lanzado a analizar el efecto postraumático de los atentados de Breivik, condenado hoy a 21 años de prisión en el penal de Ila, cerca de Oslo. El investigador Siri Thorensen presentaba recientemente algunas de las conclusiones preliminares del Centro de Estudios de la Violencia y el Estrés Traumático: los noruegos se sienten menos seguros, ya no confían tanto en la policía y la justicia, y creen que hay que reforzar la seguridad en el país.

A Elisabeth le cuesta mucho llegar hasta ese lugar de su cabeza donde guarda el 22 de julio de 2011. Cree que los noruegos tienen una gran capacidad para manejar ciertas situaciones, es una gran comunidad que “ha vuelto a lo normal”, aunque no sabe si eso es suficiente. “Yo trabajo enfrente de los edificios del Gobierno”, explica esta joven de 35 años, “el día del ataque pensé en dejar Oslo, pero luego creí que había que quedarse”. ¿Se habla de eso con los amigos? “Al principio sí, ahora ya no… No sé, no sé, quizá fue como un mal sueño”.