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El partido en el poder mantiene su apoyo en los feudos islamistas

En un barrio conservador de Estambul, los vecinos defienden la dureza del primer ministro Erdogan y critican a los manifestantes

El primer ministro Erdogan en Túnez este jueves.
El primer ministro Erdogan en Túnez este jueves. AFP

Mientras el centro de Estambul sigue ocupado por miles de personas y sin presencia policial visible, en otras partes de la ciudad, de 14 millones de habitantes, la vida continúa con normalidad. “Es una protesta provocada por potencias extranjeras porque nadie ocuparía las calles por tres o cuatro árboles”, tercia Ahmed Kepkep, de 56 años y ya jubilado, mientras bebe té en una calle en el distrito mayoritariamente conservador de Fatih.

Hoy jueves se cumple una semana del inicio de una serie de protestas masivas en el centro de Estambul. Decenas de miles de personas se manifestaron contra la violenta actuación policial para desalojar a unos activistas de un parque que iba a ser demolido. Las protestas se extendieron a otras ciudades y ahora la gente clama contra el Gobierno y exige la dimisión del primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, al que acusa de “autoritario”.

Desde el inicio de la crisis, Erdogan ha mantenido un discurso muy duro. Antes de marcharse de viaje oficial al norte de África, describió a los manifestantes como “unos pocos vagos” y culpó de las protestas a otros países, a “elementos extremistas” y a los partidos de la oposición.

“Imagina que eres el jefe de una empresa, si no te comportas de forma autoritaria, tus trabajadores no te respetarán. Pues aquí es lo mismo”, comenta con una sonrisa Kepkep, quien votó por Erdogan en las últimas elecciones. “En ningún lugar del mundo un primer ministro tendría que dimitir por tres o cuatro árboles. Quizá [Erdogan] ha usado palabras muy duras y debería arreglar la situación, pero estoy seguro de que lo hará ahora en cuanto vuelva”, argumenta Kepkep, que sólo ha visto imágenes de las protestas por televisión.

La gran mayoría de las personas que han ocupado el parque de Gezi y la plaza de Taksim, en el centro de Estambul, son jóvenes de clase media urbana. Han convertido en parque en una fiesta en la que hay música, baile, puestos de distribución de comida y bebida, clínicas, bibliotecas y hasta clases de yoga. Sin embargo, los grandes medios de comunicación turcos se han centrado en las imágenes de violencia y en los daños causados por algunos manifestantes en la ciudad.

“Lo he visto en televisión, por supuesto que cualquier persona en Turquía tiene derecho a protestar, pero lo que yo he visto es a chavales de 13 o 15 años que están siendo utilizados”, comenta Kadir Koca, un hombre de 47 años sentado en un parque de Fatih.

“La mayoría de los manifestantes no saben cuánto cuesta ganarse la vida, si les preguntas cuánto vale el pan, no lo saben, ¿cómo pueden pedir la dimisión del primer ministro si ni siquiera saben estas cosas?”, continúa Koca, que trabaja en la industria del metal.

“Soy su esposa y pienso exactamente lo mismo. Erdogan ha ayudado a todo el mundo y seguiremos apoyándolo hasta el fin", interviene entonces al lado de su marido Sabah Koca, de 36 años, y que como la mayoría de las mujeres en esta zona de la ciudad va con la cabeza cubierta por el velo islámico.