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'IN MEMORIAM'

Pablo Benavides, un auténtico europeo

Fue un auténtico creyente en los ideales europeos que tuvo el privilegio de practicarlos en momentos clave

Pablo Benavides Salas, fallecido el 20 de febrero, fue, en el sentido aristotélico del término, un animal de la Comisión. Un auténtico creyente en los ideales europeos que tuvo el privilegio de practicarlos en momentos clave para su país y para Europa. Creyente y practicante, puso su experiencia y su formación al servicio del proceso de adhesión de España y de la Comisión Europea en las altas funciones que ejerció en su seno. Y eso fue para él —como tuve la ocasión de comprobar— un motivo de legítimo orgullo.

Tuve la suerte de poder contar durante mi mandato como presidente, con su experiencia de diplomático experimentado, lo que fue esencial para el ejercicio de las misiones de negociación que se le confiaron, en esa época de acción y de ilusión marcada por la visión de la Europa del futuro, con lo que entonces llamábamos Europa del Este.

El desafío principal de esa misión comportaba la puesta en marcha de instrumentos y la gestión de fondos, conjuntamente con una tarea de análisis, de evaluación y de dialogo político. Pablo, que nació en Granada en 1938, tuvo visión clara y capacidad de estar a la altura de la misión y fue capaz de gestionarla.

El modus operandi que yo había instaurado en la Comisión permitía —más allá de rigideces jerárquicas— un contacto de proximidad con los altos funcionarios. En sus responsabilidades Pablo Benavides dio prueba de competencia en lo técnico, además de su talento diplomático. En ese sentido, tuve la ocasión de que me acompañara en reuniones políticas de alto nivel donde me aportó una asistencia digna de señalarse.

Después de su paso como director general de Energía, supe que regresó a Madrid, donde permaneció todavía activo en el Ministerio de Asuntos Exteriores, terminando su carrera como embajador.

Mantuvimos el contacto. No olvidaré nuestra última conversación telefónica del pasado diciembre: me llamó con ocasión de haberse otorgado a la Unión Europea el Premio Nobel de la Paz. Pablo pensaba, muy generosamente, que ese premio no hubiera sido posible sin mi contribución personal durante mi mandato como presidente de la Comisión. Se lo agradecí de todo corazón y también le animé a continuar su actividad, a pesar de su enfermedad, como articulista, como conferenciante o como presidente de la Asociación en España de Antiguos Funcionarios de las instituciones de la Unión Europea, por la que tenía tanto apego. Evocamos igualmente los buenos tiempos de la vida en Bruselas con su encantadora esposa Milly, que compartió fe europea como recordada presidenta de la asociación Femmes d’Europe.

Europa constituye una tarea formidable, pero es un asunto de todos. Espero que en estos tiempos de tribulación, Pablo quede como un ejemplo que aliente a todos aquellos que comparten nuestro ideal europeo.

Jacques Delors fue presidente de la Comisión Europea entre 1985-1994.