El Gobierno pone en venta Portugal

El año se cierra con una avalancha de privatizaciones de empresas emblemáticas: desde la compañía aérea TAP a la televisión pública RTP, pasando por los aeropuertos

Trabajadores de la aerolínea TAP se manifiestan contra la privatización, hoy en el aeropuerto de Lisboa.
Trabajadores de la aerolínea TAP se manifiestan contra la privatización, hoy en el aeropuerto de Lisboa. francisco seco (AP)

El Gobierno portugués, en pocos días, se deshará de la compañía aérea nacional, la TAP; de los aeropuertos portugueses; decidirá la suerte (privada) de su televisión pública, la RTP, y venderá de paso los astilleros de Viana do Castelo. Lo de se vende Portugal no es ninguna originalidad y ya ha salido en alguna publicación portuguesa con un fatalismo pesimista muy de estos días. Mientras, los ciudadanos, abrumados por recortes de servicios públicos y subidas de impuestos equivalentes a la cuantía de un mes de salario, asisten entre estupefactos y deprimidos a esta ceremonia del despojamiento que comenzó hace un año, cuando la parte estatal de la principal eléctrica del país, la EDP, pasó a manos del gigante chino Three Gorges (Tres gargantas) por 2.700 millones de euros. La empresa china se aseguraba una base para abordar desde allí el mercado latinoamericano y el Estado portugués ingresaba dinero que servía para limpiar las telarañas de la caja y enjugar la inmensa deuda que ahoga el país.

Todas estas operaciones están decididas hace tiempo, de hecho, desde que en abril de 2011 el Gobierno de entonces, dirigido por el socialista José Sócrates, pedía un rescate de 78.000 millones de euros para evitar la bancarrota. El Gobierno se comprometió con la troika (UE, FMI y BCE, las instituciones que prestaban el dinero) entre otras medidas, a privatizar las joyas empresariales estatales.

Todo se acelera a final de este año: el Gobierno portugués decidirá el jueves, en un Consejo de Ministros, si acepta la oferta del magnate colombiano-brasileño Germán Efromovich para hacerse, por unos 350 millones de euros, con la TAP. Financieramente hablando, la compañía puede difícilmente calificarse de joya, ya que arrastra una deuda de 1.200 millones de euros. Con todo, uno de los miembros del Comité de Empresa —que se opone a la privatización— aseguraba hace poco que la oferta de Efremovich “es una limosna”. Y añadió una razón que no cotiza en Bolsa: “Lo que no se puede hacer es vender así la soberanía nacional”.

Endeudada, avejentada (aunque con beneficios), incapaz de recapitalizarse a base de inyecciones estatales debido a que lo prohíbe la normativa europea, la TAP se encuentra en un aparente callejón sin salida. En los últimos meses, durante el proceso de venta, varias compañías internacionales se han interesado por las condiciones pero, al final, solo hay un candidato y una oferta encima de la mesa: la de Efromovich, presidente del conglomerado Synergy, con una veintena de empresas, varias compañías aéreas, entre las que se cuenta Avianca, con una facturación anual de 5.000 millones de euros, 30.000 empleados y, según el diario Público, ciertos contactos con el poderoso ministro de Asuntos Parlamentarios, el polémico Miguel Relvas. Efromovich, según la prensa portuguesa, promete enjugar la deuda de TAP, recapitalizar con 315 millones la compañía y, además, aportar otros 36 a las magras arcas del Estado. A cambio, obtiene una compañía renqueante pero con una posición estratégica ideal como plataforma para saltar al mercado europeo y al oriental. Algo así como lo que hicieron con la electricidad hace un año los chinos de Three Gorges, pero en sentido contrario.

En el Consejo de Ministros de la próxima semana (no hay consejo sin privatización este mes), el Gobierno elegirá a uno de los cuatro grupos postulantes (uno francés, otro alemán, otro brasileño y otro argentino) para vender, por más de 2.500 millones de euros, la concesión de la boyante explotación de los aeropuertos portugueses. Aquí no hay deuda, ni delicadas cuestiones relativas a la soberanía nacional sino la urgente necesidad de liquidez: la gestión de los diez aeropuertos portugueses (incluidos los de las islas de Madeira y Azores) es un buen negocio. De ahí que el precio, según varias informaciones, resulte particularmente significativo. El grupo francés Vinci, dispuesto a poner encima de la mesa una suma cercana a los 3.000 millones de euros, según informaciones especializadas portuguesas, es el favorito para alzarse con la puja, pero todavía nada es seguro.

Este año no se envía concursante a Eurovisión para ahorrar
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También antes de que termine el año, según adelantó el viernes el Jornal de Negócios, el Estado venderá, por menos de diez millones de euros, los astilleros de Viana do Castelo, con 630 trabajadores y 250 millones de euros de deuda. Un grupo ruso y otro brasileño optan a hacerse con la gestión.

Y en las próximas semanas, según la prensa portuguesa, el Gobierno abordará otra operación delicada: la privatización de la televisión pública. A lo largo de los meses se ha hablado de varias alternativas: vender a otra cadena uno de los dos canales generalistas, vender el 49% de las acciones a otro grupo, o reestructurar toda la organización a base de reducirla a la espera de que la coyuntura económica mejore.

El diario Expresso aseguraba el sábado pasado que el Estado, por la privatización de su televisión, no ingresará más allá de 20 millones de euros. Pero dejará de amortizar pérdidas. Según este mismo diario, en los últimos diez años, la RTP (que ha decidido no enviar concursante a Eurovisión para ahorrar) ha recibido cerca de 1.000 millones de euros. Ya ha surgido un candidato a hacerse con la RTP, en su totalidad o en parte, en la fórmula que decida el Gobierno. Se trata del grupo angoleño Newshold, propietario del semanario portugués Sol, que el pasado viernes, mediante un comunicado remitido a la prensa portuguesa se declaró “interesado en presentar una candidatura seria”. No deja de ser paradójico (y simbólico) que, casi 40 años después de la independencia de las antiguas colonias lusas en África, un potente grupo angoleño producto de un país joven y con un crecimiento económico pujante pretenda apropiarse de la televisión emblema de la antigua metrópoli.

“No se puede vender así la soberanía nacional”, dice un sindicalista

Sobre la firma

Antonio Jiménez Barca

Es reportero de EL PAÍS y escritor. Fue corresponsal en París, Lisboa y São Paulo. También subdirector de Fin de semana. Ha escrito dos novelas, 'Deudas pendientes' (Premio Novela Negra de Gijón), y 'La botella del náufrago', y un libro de no ficción ('Así fue la dictadura'), firmado junto a su compañero y amigo Pablo Ordaz.

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