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Arranca en Italia la operación para que Monti siga otra legislatura

El futuro del primer ministro italiano centra el debate ante los comicios de primavera

El primer ministro italiano, Mario Monti.
El primer ministro italiano, Mario Monti. AFP

¿Existe alguna posibilidad de que Mario Monti siga al frente del Gobierno tras las próximas elecciones generales, previstas para la primavera de 2013? El interesado sigue diciendo que no, pero cada vez son más los que apuestan por el sí, dentro y fuera de Italia. Entre los partidarios foráneos se encuentran Barack Obama, José Manuel Durão Barroso y, sobre todo, Angela Merkel. Dentro, Monti cuenta con un coro cada vez más amplio y heterogéneo de partidarios, desde líderes políticos del centro y la izquierda a pesos pesados de la banca o la empresa. El jefe del Gobierno tecnócrata se deja querer: “Yo me limito a trabajar hasta el final de la legislatura”. Pero, como el político sagaz que está demostrando ser, no da puntada sin hilo. Por lo pronto, ya ha conseguido que la próxima campaña electoral gire en torno a la disyuntiva Europa sí o Europa no. Y, entre los líderes italianos, ¿quién es el más europeo?

La operación Monti-Dos acaba de empezar. O, al menos, empieza a ver la luz. No es una operación fácil, ¿pero cuándo fue fácil algo en la política italiana? No hace ni un año, el profesor de Economía y excomisario europeo llegó a Roma para evitar que Italia se despeñara, política y moralmente, por el precipicio al que la había conducido Silvio Berlusconi. El plan tenía fecha de caducidad: las elecciones generales previstas para la primavera de 2013. Hasta entonces, Monti —al frente de un gobierno técnico— tendría que ingeniárselas para sanear el país recurriendo a medidas tan duras que ningún partido político se atrevería a tomar. Lo pudo hacer gracias al apoyo que, de mejor o peor gana, le prestaron las principales formaciones políticas. Durante este tiempo, los italianos han contemplado el derrumbe del partido de Berlusconi, el crecimiento de corrientes alternativas —la aquí llamada antipolítica— y los ya míticos intentos de la izquierda por permanecer unida. El resultado es que, dentro y fuera de Italia, el político más valorado es precisamente el que no lo es.

¿O sí? Las dos operaciones de imagen puestas en marcha por Monti durante el sábado y el domingo demuestran una vez más su fino olfato para la política. El sábado, coincidiendo con la leve mejoría de los índices económicos, lanzó una propuesta para celebrar en Roma una cumbre extraordinaria de jefes de Estado y de Gobierno con el fin de rescatar el espíritu europeo. “El populismo”, advirtió, “está intentando desintegrar Europa”. Enseguida obtuvo el respaldo entusiasta del presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy. El domingo, aprovechando su intervención en el prestigioso Foro Ambrosetti, una cita anual del mundo económico en Cernobbio (norte de Italia), Mario Monti ensayó un discurso que parecía una despedida, pero que tal vez solo fuera un cambio de rol. Dijo de nuevo que el “episodio de un Ejecutivo tecnócrata en Italia es un experimento limitado en el tiempo”, pero luego dejó caer una frase enigmática: “Lo que no será limitado es una mayor penetración del saber y la capacidad en la actividad política”. Agradeció la colaboración de todos los políticos —incluso de Berlusconi, a pesar de que le ha hecho la cama cada vez que ha podido— y, a modo de colofón, añadió: “No puedo creer que en Italia no pueda ser elegido un líder capaz de conducir el país”.

Monti logró aquello que según él no pretendía pero tal vez sí deseaba: convertirse en el centro de la discusión. Los líderes de las distintas formaciones políticas ya discrepan en público sobre la idoneidad de que el tecnócrata permanezca al frente del Gobierno. El líder del centro, Pier Ferdinando Casini, le ofreció su apoyo explícito: “Después de Monti, más Monti”. Una aseveración tan tajante que provocó la reacción de Angelino Alfano, el secretario general del Pueblo de la Libertad (PDL), el partido de Berlusconi: “Si todavía hay alguno que quiere a Monti al frente del Gobierno deberá encontrarlo en la papeleta de voto, porque en democracia gobierna el que vence las elecciones”.

Un planteamiento tan de cajón va a convertirse a buen seguro en el centro del debate. ¿De qué forma podría Monti continuar al frente del Gobierno? ¿A la cabeza de qué partido o coalición podría optar el profesor a la jefatura del Gobierno? El pecado original de Monti —fue impuesto por Europa y los mercados— solo se puede borrar con el bautismo democrático. Obama, Barroso o Merkel estarían encantados de seguir contando con un gobierno de Italia en sintonía. También el presidente de la República, Giorgio Napolitano, tiene todas las complacencias en quien rescató de los despachos de Europa para entregarle el timón del país. De igual manera, Monti cuenta con el respaldo del poder económico, del nada despreciable apoyo del Vaticano y, según dicen los sondeos, de la mitad del Partido Democrático (centroizquierda). Queda ahora por saber qué piensan los —al menos en teoría— principales protagonistas de este sistema llamado democracia.

Caza al presidente de la República

Desde hace dos décadas, la derecha populista italiana –cuyo máximo exponente es Silvio Berlusconi, pero no solo— ha tenido una obsesión, un deporte especialmente querido: disparar sobre el prestigio del presidente de la República, fuese quien fuese el inquilino del palacio del Quirinale. Han tenido la mala suerte Berlusconi y los suyos de que tanto Oscar Luigi Scalfaro, Carlo Azeglio Ciampi y ahora Giorgio Napolitano han representado una manera de hacer política inusual, por elevada, en el contexto italiano. El objetivo de los ataques, más que la persona en sí, ha sido la institución y su papel de árbitro y garante de las reglas democráticas. Desde hace semanas es Napolitano quien sufre un ataque furibundo, alimentado por los de siempre y en el que se han visto envueltos y enfrentados a su pesar los fiscales de Palermo y el presidente de la República.

La historia, a grandes rasgos, es la siguiente. Los fiscales de Palermo, en su intento de aclarar los acuerdos entre la Mafia y el Estado, investigan al ministro del Interior entre 1992 y 1994, el democristiano Nicola Mancino, quien agobiado por las presión decide llamar al presidente de la República para pedir ayuda. Los fiscales graban la conversación. El jefe del Estado recuerda que, como tal, no puede ser interceptado y exige que las cintas sean borradas. Pero la fiscalía de Palermo se niega y guarda la grabación en una caja blindada. Aunque los fiscales reconocen que no hay nada punible en la actuación de Napolitano, que sigue gozando de un respeto casi unánime de la ciudadanía, algunos medios –sobre todo los controlados por Berlusconi— continúan la cacería del presidente de la República. No hay que olvidar que fue Napolitano quien, el pasado mes de noviembre, aceleró la salida del poder de Berlusconi y su sustitución por Monti. Ahora intentan cobrarse la factura.