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OPINIÓN

Adiós Berlusconi

La tragedia del pueblo italiano es que a Berlusconi no lo echan sus súbditos asqueados por el mal gobierno. Lo echan las risas que todos pudieron observar entre Merkel y Sarkozy en el G-10

Berlusconi abandona su residencia el pasado 13 de noviembre.
Berlusconi abandona su residencia el pasado 13 de noviembre. AFP

Hace año y medio escribí, precisamente en EL PAÍS, que Berlusconi y el berlusconismo estaban fracasados y acabados.

Fue con ocasión de la expulsión de Gianfranco Fini —presidente de la Cámara y líder de la Alianza Nacional— del recién nacido Partido de la Libertad. Un partido nacido en una tarde, ante la galería Vittorio Emanuele de Milán, sobre el estribo de un coche, con un Berlusconi que, como un caudillo cualquiera, arengaba a las masas: "¿Queréis el Partido de la Libertad?".

Y los otros, el pueblo, contestaban a grito pelado: "¡Síiiii!".

Pues bien, ahora que el show de Truman ha llegado a su fin, puedo decir que, si bien entonces no se sabía aún cuándo y cómo iba a terminar, ahora añado que termina con la tragedia de un hombre ridículo (ridículo, ya, hasta para sus colegas empresarios de Confindustria) transformada en la tragedia de todo un pueblo, el italiano.

Un pueblo que creyó al embaucador, al vendedor de lociones crecepelos y de dentaduras increíblemente baratas (gracias a las televisiones controladas directa o indirectamente por él: ¿podría decirse que su caída equivale a la caída paralela de Murdoch?).

Que creyó en el millón de nuevos puestos de trabajo, en la bajada de impuestos, en una justicia más "al servicio" de todos, en una sociedad más "liberal".

Y se encuentra con una ley electoral en la que todo lo decide el líder del partido: a quién se elige y a quién no.

Un Parlamento abarrotado de prostitutas, lacayos, corruptos y vendidos (he dicho abarrotado, pero no todos son así).

Un Gobierno lleno de tránsfugas que se vendieron por el plato de lentejas de un puesto de subsecretario.

Un récord de subida de impuestos.

Un récord de deuda pública.

La tragedia del pueblo italiano es que a Berlusconi no lo echan sus súbditos asqueados por el mal gobierno ni por el desgobierno.

Lo echan las risas que todo el mundo pudo observar entre Merkel y Sarkozy en el último G-10. Eso es lo que ha acabado con Berlusconi.

Se va un señor al que no le ha interesado en absoluto su país, solo su fortuna.

Al que los italianos incluso habrían perdonado sus manías sexuales si hubiera mantenido, por lo menos, alguna de sus muchas promesas.

Y que no deja atrás más que escombros, como testimonio del dificilísimo momento que atraviesa la política italiana.

El Partido de la Libertad se hunde en medio de disputas.

El Partido Democrático se ha deshecho y ha perdido uno de sus componentes, el católico, que ha confluido casi por completo en el nuevo centro (que no ha nacido en un estribo, sino dedos congresos de disolución de dos partidos históricos, los herederos de la democracia cristiana y el Partido Comunista).

Si Italia se salva (y se salvará), todo se lo deberá a un hombre, antiguo comunista, que tiene más de 80 años: Giorgio Napolitano, presidente de la República.

Un hombre que ha rescatado la Constitución de las heridas gravísimas e irreparables que pretendía infligirle Berlusconi a base de otra Constitución virtual, televisiva, que quería que prevaleciera sobre la Constitución legal y escrita.

Un hombre que se ha apoyado en Europa, odiada y ridiculizada por Berlusconi, y que ha contado con otro de esos tecnócratas que de vez en cuando, por arte de magia, salen del crisol italiano: ayer Carlo Azeglio Ciampi, hoy Mario Draghi.

Y que con un golpe de genio, mientras los mercados bajaban (si Berlusconi se resistía) o subían (si decía que estaba dispuesto a rendirse), ha pensado en nombrar a otro tecnócrata como Mario Monti senador vitalicio, con lo que le convierte en candidato preferente a dirigir el inminente Gobierno de salvación del país.

Pero Berlusconi, como auténtico delincuente político, puede hacer todavía mucho daño. No hay nada más peligroso que un partido de poder construido como el PDL cuando llega al instante de la descomposición.

El apoyo al Gobierno de Monti debe nacer de los escombros, de unas fuerzas aún demasiado próximas a los intereses de partido y muy alejadas del interés colectivo.

Que quede bien claro: es cierto que Italia es "demasiado grande para quebrar".

Pero para no quebrar, nos han pedido cada vez más sangre (las lágrimas se han terminado).

Y la hoja de ruta exigida por la carta del BCE es difícil de digerir para todos, tanto el centro izquierda como el centro derecha.

La Liga ya ha dicho que no.

El PDL está haciéndose añicos entre quienes desean elecciones inmediatas y quienes comprenden que eso sería fatal para el país.

El PD tiene dolores de barriga.

Es posible que de las fuerzas que se alíen para apoyar a Mario Monti pueda nacer un partido nuevo: reformista, liberal e incluso laico. Una cosa que en Italia todavía no existe.

Si es así, tal vez vea la luz verdaderamente la Segunda República, la que nunca ha llegado a nacer, y mucho menos con la antipolítica.

Entonces diremos realmente adiós a Berlusconi y al berlusconismo.

Si no, adiós a Italia.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.