Análisis:
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Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

¿Dilma Rousseff vuelve a ser Lula da Silva?

El nombramiento de Celso Amorim como nuevo ministro de Defensa en el Gobierno de Dilma Rousseff ha desconcertado a no pocos analistas políticos que ya habían acuñado una diferencia y hasta una divergencia entre Rousseff y su tutor, el exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva, llegando incluso a creer que la criatura había empezado a revelarse contra su creador.

Amorim, un gran diplomático de la izquierda del Partido de los Trabajadores, es considerado el ministro más polémico de la era Lula. Fue la política exterior, sobretodo la desarrollada durante el segundo mandato de Lula, el aspecto más criticado dentro y fuera de Brasil, por las preferencias otorgadas a los gobiernos absolutistas y a la llamada "línea bolivariana" de América Latina junto con un marcado antiamericanismo.

La presidenta brasileña envidia de su predecesor su habilidad política
Lula admira de la mandataria su rapidez para tomar decisiones
Existe entre ambos una simbiosis real, solo les basta mirarse a los ojos
El nombramiento de Amorim en Defensa ha causado desconcierto
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Rousseff, al formar su Gobierno, a uno de los pocos ministros de primer plano de su antecesor que dejó fuera de su gabinete fue precisamente a Amorim y colocó en su lugar a Antonio Patriota que, al contrario, tras haber sido embajador de Brasil en Washington, no escondía sus simpatías por un acercamiento a Estados Unidos que se tradujo en la visita de Barack Obama a Brasil.

Eso se sumó a las primeras declaraciones de Rousseff en materia de política exterior al periódico estadounidense The Washington Post, en las que afirmó que si hubiese estado en el poder en vez de Lula, Brasil nunca se habría opuesto en la ONU a la condena a Irán por sus violaciones a los derechos humanos, y criticó sin ambages la pena de muerte por lapidación de las mujeres iraníes. Todo esto despertó la idea de que la nueva presidenta estaba encaminada a corregir la política exterior de su predecesor.

No pocos analistas comenzaron a ver un claro distanciamiento entre Rousseff y Lula. "Dilma ya no es Lula", se pensó y se teorizó con excesiva precipitación. Parecía que se hubiera desvanecido de un plumazo la idea de un Gobierno Rousseff "clon" de las administraciones de Lula.

Ahora, el polémico Amorim de entonces, que ella dejara fuera de su Gobierno, vuelve de la mano de Lula y se responsabiliza del delicado e importante ministerio de Defensa. Rousseff al nombrarlo -a pesar de las criticas de la cúpula militar- no solo ha defendido el futuro de Amorim, es decir, el trabajo que podrá hacer al frente del Ejército, sino su pasado, con estas palabras: "El ministro Celso Amorim ya ha demostrado en el pasado ser un brasileño volcado con el país. Él fue responsable de una política exterior independiente, comprometida con Brasil y que coloca a este país a la par de todos los otros, demostrando que nadie es superior a nadie".

¿Entonces Rousseff ha vuelto a ser Lula? En realidad, nunca había dejado de serlo. Existe entre ambos una verdadera simbiosis, aunque junto con unas diferencias abismales de cultura, de historia y de condición social: ella de clase media alta, que pudo estudiar todo lo que quiso y hoy una mujer culturalmente cultivada; y él, de la clase más pobre, que tenía que trabajar de limpiabotas mientras ella estudiaba en los mejores colegios.

Rousseff ha plasmado esta simbiosis con una frase muy gráfica: "Nos basta con mirarnos a los ojos para entendernos". Y a Lula le molesta tanto que intenten presentar a Rousseff como revelándose contra su creador, que también ha acuñado otra frase no menos gráfica para disipar las dudas: "Cada vez que Dilma haga algo diferente de mí, es ella la que está acertada y yo equivocado". Punto.

Ello no quiere decir que el Gobierno y la personalidad de Rousseff vayan a ser un calco de Lula. Nunca las copias resultan acertadas. Como enseña la psicología, normalmente envidiamos de los demás lo que a nosotros nos falta. Y no cabe duda de que Rousseff envidia a Lula su carisma, su genio para hacer política, su facilidad de lenguaje para entenderse con la gente de la calle, sobretodo la más desfavorecida y analfabeta, y esa simpatía innata que hace que hasta sus enemigos acaben perdonándole sus debilidades.

Y Lula admira de su patrocinada y escogida lo que también a él le falta, como por ejemplo su dificultad para tomar decisiones, para escoger a sus colaboradores y sobretodo para echarles cuando no funcionan. A él le gusta ser amigo de todos, hasta de los más conservadores. Le encanta pasar la mano sobre la cabeza de los suyos, incluso de los corruptos, a los que suele llamar "compañeros equivocados". Cuando supo, por ejemplo, que el dimitido ministro de Defensa Nelson Jobim había criticado a dos ministras de Rousseff dijo que no lo entendía y explicó: "¿No es mejor y más útil hablar bien de todos?". Ese es él.

Lula admira por ello de Rousseff su carácter firme, su capacidad de tomar decisiones importantes en pocas horas, de no contemporizar cuando ha tomado una determinación y hasta de dar un puñetazo sobre la mesa si es preciso para llamar al orden a un ministro o colaborador. Tanto admira Lula este rasgo fuerte del carácter de Rousseff que a un amigo suyo que le había preguntando por qué había escogido a una mujer como su sucesora y no a un hombre, Lula dijo: "Es que tu no sabes que Dilma es más hombre que nosotros dos juntos".

La criatura es también diferente de su creador en su ideología, aunque haya hecho suyo el proyecto de economía neoliberal de Lula conjugando desarrollo económico con políticas sociales fuertes. Rousseff fue siempre, y seguirá siéndolo, en su íntimo, de izquierdas y de una izquierda nacionalista. Lula dijo de sí mismo: "No soy de izquierdas ni de derechas. Soy solo sindicalista". Rousseff, no. Desde joven optó por los movimientos no solo de izquierdas sino de extrema izquierda y para ello aceptó ser encarcelada y brutalmente torturada por los militares durante la dictadura. Y eso deja marca, como suele recordar Lula, aunque ella haya reconocido que hoy es y se siente hija de las mejores democracias occidentales. De ahí también su defensa -más enérgica incluso que la del mismo Lula- de la libertad de prensa. Es ya histórica su afirmación, en su primer discurso como presidenta: "Preferiré siempre el ruido de los periódicos al silencio de las dictaduras". De hecho archivó enseguida el proyecto en incubación del Gobierno de Lula del "control social de los medios", que sonaba a nostalgias chavistas.

De ahí el que algunos hayan apellidado a Rousseff "una Lula de izquierdas". Ahí reside quizás la dificultad de la presidenta de comunicarse con los partidos y los políticos aliados del Gobierno de cuño derechista o liberal. Se siente con ellos más incómoda que Lula. De ahí, quizás, las dificultades que está encontrando en sus relaciones con los partidos conservadores que apoyan a su Administración.

Lula es un pragmático y un progresista sentimental. Rousseff es una política de izquierdas racional. El pragmatismo de Lula lo hacía ser menos severo, por ejemplo, con la corrupción política que la consideraba a veces hasta consubstancial a la política. A Rousseff la corrupción le chirría más, por cultura y por ideología. Por ello parece más severa con los corruptos que su antecesor. Lula podía, por la fuerza de su popularidad y de su carisma, permitirse debilidades que a Rousseff no le serán perdonadas. Ella lo sabe. Sabe que será juzgada por el resultado de sus obras, no de sus promesas. De ahí su insistencia en una gestión eficaz del Gobierno y del Estado. Y de ahí, quizás, también, su mayor intransigencia con la corrupción que paraliza las realizaciones concretas, que son por las que ella será juzgada al final de su mandato.

Rousseff es Lula, pero un Lula diferente, no solo por ser mujer, sino porque nadie es copia perfecta de nadie. Pero, sin duda, Lula es y será al mismo tiempo el mejor espejo político de Rousseff. Otros prefieren decir que Lula es su control remoto. Sin duda es su mejor defensor, dispuesto a exaltarla cuando acierte y a echarle las culpas a la oposición y a sus enemigos cuando se equivoque. Rousseff está blindada y gobernará hasta que Lula lo quiera. ¿Después? Después, Dios dirá.

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