ENSAYOS DE PERSUASIÓN
Columna
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La dimisión del empleo

Los de abajo aguantan peor que antes la explotación y los de arriba planean la escapada

Huelga de trabajadores de un hospital en San Francisco, este 10 de noviembre.
Huelga de trabajadores de un hospital en San Francisco, este 10 de noviembre.Justin Sullivan (Getty Images)

No hay escasez de trabajo, sino de trabajo digno. Algunos se han jubilado antes de tiempo; otros han encontrado la forma de llegar a fin de mes sin permanecer en empleos que aborrecen; muchos simplemente no quieren volver a trabajos de mierda con bajos salarios… De este modo describe Robert Reich, secretario de Trabajo con Bill Clinton, un fenómeno relativamente nuevo en EE UU, que se está convirtiendo en tendencia: millones de asalariados abandonan sus puestos de trabajo y cambian de vida. A ello se lo denomina “la Gran Dimisión” (“The Big Quit” o “The Great Resignation”).

Los científicos sociales se muestran asombrados ante este reacomodo del mercado de trabajo, y aunque hay factores específicos y muchas diferencias con otros lugares, se preguntan si esta propensión no llegará al resto del mundo. El Nobel de Economía Paul Krugman afirma que, al contrario que en la Gran Recesión, ahora se está viviendo una crisis de oferta: las mercancías no llegan a los consumidores y muchos empresarios no encuentran los trabajadores adecuados para realizar su actividad. Tras el confinamiento con el que se combatió la covid, cada mes abandonan su puesto de trabajo una media de cuatro millones de asalariados, alrededor del 3% de la fuerza de trabajo estadounidense. Recuérdese que la tasa oficial de paro en EE UU no llega al 5%, lo que técnicamente significa pleno empleo.

¿Por qué sucede esto y, sobre todo, por qué ocurre ahora? Krugman avanza su opinión: la pandemia ha llevado a muchos trabajadores a replantearse la vida “y a preguntarse si valía la pena seguir con el trabajo horrible que muchos de ellos tenían”. EE UU es un país rico que trata a muchos de sus trabajadores extraordinariamente mal, con salarios estancados, jornadas leoninas, contratos inestables y escasas vacaciones. En muchos casos, ello genera episodios de ansiedad y frustración.

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Pero todo ello ya estaba presente en las últimas décadas. Hoy se le une el agotamiento laboral de una larga pandemia de muchos asalariados y la flexibilidad que han conocido en muchos casos al teletrabajar en su casa (aunque ello haya supuesto una disponibilidad desmedida al servicio de la empresa), lo que implica que se resisten a volver a la sede social. También el hecho de que hayan podido ahorrar o porque no había donde gastar o porque les han llegado los cheques de la Administración (el “dinero helicóptero”); además, porque los inversores en las Bolsas de valores han visto cómo estas subían, etcétera.

Durante el confinamiento, muchos ciudadanos han sido más conscientes de que sus empleos eran malos o pésimos, y creen que han soportado demasiado. Un estudio encargado por Microsoft concluye que a más del 40% de la fuerza laboral global le gustaría cambiar de empleador este año. Los sectores más afectados son la hostelería, el transporte (atención a la falta de camioneros), la sanidad y la industria de cuidados, e incluso los asalariados de “cuello blanco” que no quieren incorporarse a sus oficinas y despachos. Resumen: los de abajo aguantan peor que antes la explotación y los de arriba planean la escapada.

Algunos empresarios buscan trabajadores subiendo los salarios más que su competencia (el “pay them more”, “páguenles más” de Biden). Ello conlleva dos tipos de situaciones: la primera, que los sindicatos tienen otra oportunidad para reivindicarse y convertirse en protagonistas de la negociación; Reich menciona en su artícu­lo de The Guardian el estallido de huelgas en todo tipo de sectores. La segunda situación tiene que ver con la inflación (que en EE UU ha alcanzado el 6,2%, según los últimos datos conocidos): al subir los costes salariales, se incrementan de nuevo los precios. Hasta ahora había consenso en los organismos multilaterales y en la mayoría de los economistas de referencia en que la inflación actual era un fenómeno transitorio, pero los incrementos salariales generan lo que se denomina “inflación de segunda ronda”, que no estaba contemplada.

El fenómeno de los quitters americanos significaría un cambio de paradigma estructural, si se generalizase. La utopía factible de trabajar para vivir, y no vivir para trabajar.

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