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La épica tarea del profesor John Rawls, el pensador que quiso rediseñar la justicia

El pensador estadounidense, uno de los grandes filósofos políticos del siglo XX, cumpliría ahora 100 años

John Rawls, fotografiado en 1987 en París.
John Rawls, fotografiado en 1987 en París.Frederic REGLAIN//Gamma-Rapho/ Getty Images

John Rawls hubiera cumplido 100 años este 21 de febrero. Una cifra redonda. Lo son también los 50 años que tiene la obra que le hiciera mundialmente famoso, su Teoría de la justicia, aparecida a finales de 1971, algo que se dispone a celebrar el establishment académico a lo largo y ancho del globo. Para quienes ya conocen al pensador estadounidense, uno de los grandes filósofos políticos del siglo XX, ese es un recordatorio simpático y sin duda merecido; para aquellos a los que dicho nombre no les dice nada, basten un par de brochazos y una advertencia. Empezando por lo último: no se les ocurra encargar el libro sin más, son casi 600 páginas de densa filosofía moral y política analítica; no se deja leer, solo estudiar. A pesar de ello, ha vendido ya más de 400.000 ejemplares en su versión inglesa y está traducido a todas las lenguas cultas del mundo.

El misterio de tan extraordinario éxito lo sacó a la luz el historiador Isaiah Berlin cuando dijo de él que había que retrotraerse a John Stuart Mill para encontrarse con algo semejante, y que Teoría de la justicia resucitó a la teoría moral y política de su letargo. ¡Y tanto que lo fue! A partir de esta obra ya nadie pudo practicar la filosofía política sin tenerlo como referente, ya fuera para alabarlo o criticarlo. Su gran impacto se explica menos por el contenido de la teoría, sus conclusiones, que por la forma en la que las fundamenta; por la economía con la que establece las distinciones básicas y la cantidad de pensamiento complejo que es capaz de filtrar a través de ellas. Desde entonces, la reflexión sobre esas cuestiones está enmarañada en la red conceptual tejida por Rawls.

La metáfora que mejor define a Rawls es la del mecánico que encuentra un motor averiado después de décadas de mal funcionamiento, lo despieza y lo reconstruye reorganizando de nuevo todas sus partes e incorporando algunos elementos nuevos. Ese viejo motor es el liberalismo, arrinconado entonces por el empuje del neomarxismo y su influencia sobre los movimientos estudiantiles de los sesenta, la explosión de los derechos civiles y su búsqueda de nuevas formas de participación política. También por las críticas a un sistema político inmerso en la guerra de Vietnam y sujeto a atávicas discriminaciones raciales y al poder del dinero. El contexto sociopolítico es decisivo porque Teoría de la Justicia busca ofrecer una respuesta al estado de cosas desde la filosofía política. Lo que no imaginaría el tímido y concienzudo profesor es que su teoría acabaría trascendiendo lo académico para convertirse en objeto de debate público.

Por su propia modestia nunca llegó a verse a sí mismo ni como estrella académica ni como intelectual público a lo Habermas. Lo suyo era encerrarse en el taller para ensayar cómo alcanzar un cada vez mejor engranaje de las piezas de su teoría y cumplir con sus deberes universitarios —con un tacto exquisito, como algunos pudimos comprobar—. Porque la tarea que se había encomendado era ciertamente épica. Ni más ni menos que diseñar una teoría de la justicia para las democracias avanzadas. Lo que se suele ignorar es que detrás de este objetivo no solo late la curiosidad o la ambición intelectual; hay también algo más profundo, anclado en una especie de proyecto vital personal, algo movido por el escándalo de la injusticia: la necesidad de poder imaginar que la justicia es posible entre los hombres y que, por tanto, gracias a ella pueda dotarse de sentido a la vida para que cobre así un verdadero valor. Como le confesara a su discípulo T. Pogge, el que esta posibilidad exista y podamos conseguirla nos redime ya con el mundo. No hay que caer en la resignación o el cinismo, sino esforzarnos por perseguir esta utopía realista: diseñar una concepción de la justicia ideal pero lo suficientemente cercana a los datos reales como para poder trasladarla después efectivamente a la sociedad.

Su objetivo se cumplió a medias. Más que por fallos del diseño, por la propia evolución social, que fue apartándose cada vez más del ideal. El modelo de Rawls, que ha pasado a servir de paradigma de lo que después se llamaría “liberalismo igualitario”, presupone una sociedad en la que existe una radical igualdad de hecho en la garantía y ejercicio de las libertades, igualdad de oportunidades asegurada y una distribución de los recursos económicos que solo admite pautas de desigualdad si de esta se benefician los sectores menos aventajados. Estos últimos tienen una especie de derecho de veto respecto de qué asimetrías económicas son admisibles. Como criterio hermenéutico que permite asegurar que estas condiciones se cumplen, Rawls añade la necesidad de salvaguardar el “autorrespeto”, que nadie pueda sentirse preterido en su valor moral. Aboga, por tanto, por una democracia liberal avanzada con un fuerte Estado de bienestar. No es, como bien sabemos, lo que ahora nos describen economistas como Piketty o Milanovic.

A esto se añade la existencia de un Estado neutral respecto del pluralismo de concepciones del bien que caracteriza a cualquier sociedad compleja, pero unificado gracias a estos principios de la justicia. Habría acerca de estos principios un consenso superpuesto desde la pluralidad de visiones morales, religiosas y filosóficas. Y una unión respecto de la concepción de justicia social básica, compatible con discrepancias en todo lo demás. Por eso sería también una concepción de la justicia política.

Lo más fascinante es la forma en la que Rawls llega a estas conclusiones, mediante la creación de un sofisticado contrafáctico, la “posición original”, desde la que elegiríamos la más adecuada entre diferentes concepciones de la justicia. Su diseño no es arbitrario, sino que se correspondería con las convicciones morales realmente existentes. Uno de los constreñimientos que influyen sobre la elección es el ya célebre “velo de la ignorancia”: en dicha situación hipotética las partes que adoptan la decisión desconocen sus características personales específicas, aunque sí conocen los rasgos fundamentales de lo que significa vivir en sociedad, la psicología humana y las bases de la organización social.

Como decíamos al principio, la poderosa fuerza analítica del modelo no lo exime de críticas ni se ajusta ya a las características de una sociedad globalizada. Pero su proyecto vital lo cumplió con creces: ofrecernos el horizonte de lo que significa vivir en una sociedad justa y cómo acceder a ella. Ahora nos toca a nosotros aproximarla a la realidad. Aunque tengan que pasar otros 50 años.

Fernando Vallespín es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.


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