Reportaje:Estampas de una década.

Cómo hacer feliz a un niño

Cómo hacer feliz a un niño. De hecho, aquel matrimonio quedó roto el día en que decidió no sacudirse más. Un silencio aterrador siguió al fragor de la batalla. Durante algunos meses los vecinos habían oído golpes secos en los tabiques, voces de socorro por el patio de luz y sobre todo aquella marcha militar obsesiva que ahogaba chillidos de rata, chasquidos de vajilla y un sordo temblor de mobiliario. Después de la borrasca, los domingos, el matrimonio salía de casa cogido del brazo, con el hijo acicalado. Saludaba con exquisita cortesía a los pasajeros del ascensor, comentaba con el portero los partidos de fútbol, daba una vuelta por el parque, tomaba el aperitivo y regresaba al hogar con un kilo de pasteles. El lunes, la pareja volvía a las armas. El hijo estaba espatarrado en la moqueta, viendo los dibujos animados, mientras la loza volaba sobre su cabeza, pero el chico se había acostumbrado a abstraerse en medio de las alambradas, de modo que tampoco se movió cuando la madre quiso tirarse por la terraza en camisón. En pleno combate, el matrimonio no dejaba de comer buñuelos de nata, trufas y bizcochos, e incluso algunas noches los últimos retortijones de amor conyugal hacían crujir el catre.De pronto, un día cesó la marcha militar y la pareja se puso a ver la televisión en silencio. Después de todo, era gente con estudios, así que al final optó por hacer las cosas civilizadamente. El asunto fue bastante bien a la hora de repartirse los enseres. Para ti, la consola. Para mí, el tocadiscos. Para ti, Ia piel de tigre. Para mí, la enciclopedia Larrouse. Para ti, la lámpara de cristal de Murano. Para mí, el chino de alabastro fosforescente. Y así hasta la cortinilla de Ia ventana del baño. El hijo estaba tumbado en la moqueta, entre los dos, viendo los dibujos animados.