La vida en la cárcel de Valdemoro en un cortometraje producido por los presos: “Olvidar el pasado y mirar hacia el futuro”

El director Fernando Merinero imparte un taller de cine en el que los internos graban escenas de su día a día en el locutorio, las celdas y el patio del centro penitenciario madrileño

Fernando Merinero imparte un taller de cine a los presos Salvador Ribero y Abdellatif Cherif en el Centro Penitenciario III de Valdemoro en Madrid.
Fernando Merinero imparte un taller de cine a los presos Salvador Ribero y Abdellatif Cherif en el Centro Penitenciario III de Valdemoro en Madrid.Andrea Comas

—¿Qué pasa, Manuel?

—¡Saluda! ¡Es para Tele Valdemoro!

Un grupo de seis presos de la cárcel de Valdemoro de Madrid han realizado este lunes un taller de creación cinematográfica impartido por el director Fernando Merinero. La actividad, organizada por la Sociedad General de Autores y Editores, promueve la reinserción de los internos a través del arte con la producción de un cortometraje de su día a día.

Las concertinas puntiagudas dispuestas en el muro de ronda establecen el perímetro de seguridad. La estancia cuenta con un sistema de puertas esclusas con correas. Ni se abren ni se cierran dos puertas a la vez. Este centro penitenciario masculino acoge a 800 internos en celdas dobles con literas. La edad media de los presos es de entre 35 y 40 años. La mayoría se encuentran en segundo grado.

Abdellatif Charif, conocido por sus compañeros como “el sheriff”, nació en Tánger (Marruecos). Tiene 54 años y lleva seis en Valdemoro. Charif era drogadicto y fue condenado por varios delitos de robo. “Necesitaba el dinero para comprar las dosis”, admite. El marroquí cuenta los días para poder salir de la cárcel. Le quedan tres años y siete meses: “Esta actividad me ayuda a olvidar el pasado y mirar hacia el futuro”. Cada mes y medio tiene un permiso de 12 días, que aprovecha para estar en casa de su familia, ver a su sobrina y comer bien.

Su compañero Salvador Ribero, de 31 años, cuenta que ha aprendido a manejar la cámara. El madrileño está en el módulo de respeto desde hace cuatro años, donde los presos se organizan en grupos para la limpieza y otras actividades colectivas. Le quedan siete años de condena por cumplir. También entró por delitos de robo debido a su drogadicción.

El año pasado se sacó la ESO y ahora está estudiando para el grado superior de Integración Social. En la escuela del centro penitenciario le proporcionan el material y los libros. Pero, lo hace por su cuenta porque está esperando a que lo trasladen a Mallorca, donde su familia se mudó por trabajo. Hace dos meses que aprobaron su petición. Él deseaba poder pasar las Navidades más cerca de su familia, pero de momento no tiene noticias sobre su traslado: “Lo que sí aprendemos aquí es a tener paciencia”.

A las 07.45 suena la campana. Ribero se levanta y cubre su cama con una colcha azul. A las 8.15 deja su “chabolo” — así se refieren los internos a las celdas — y tiene 25 minutos para desayunar. Luego, camina o corre por el patio. El recluso, con unas zapatillas negras y unos calcetines altos blancos, aprovecha para hacer deporte hasta la hora de comer. Cuando el cortometraje esté listo, quiere enviárselo a su familia para que vean que está bien.

“Es un estímulo para que cuenten lo que sus familias no saben del interior de la cárcel”, explica Merinero. El director ha traído su propia cámara para la grabación. La primera escena la han grabado en el locutorio, donde uno de ellos tranquiliza a su madre por teléfono. En la siguiente, los presos se convierten en actores para representar la muerte de un interno.

Los presos de la cárcel de Valdemoro de Madrid en el taller de cine organizado por SGAE.
Los presos de la cárcel de Valdemoro de Madrid en el taller de cine organizado por SGAE. Andrea Comas

Merinero indica a uno de los reclusos que se tiene que acercar para que “no haya tanto aire” en el plano. Ángel graba a sus compañeros en el campo de fútbol, ambientado por la brisa y el sol matutino.

Los internos con problemas de drogadicción del módulo terapéutico hacen ejercicio cada mañana en este espacio, donde, por protocolo covid, ya no se pueden jugar partidos. El subdirector de Tratamiento, Jaime Casado, no se aventura a dar una cifra exacta de contagios, pero asegura que han sufrido varios rebrotes en el centro: “Cada mes, se les entrega un bote higiénico con una mascarilla de tela reutilizable”.

El grupo se traslada al salón de actos. “Motor, grabando y acción”, ordena el director de cine. Los internos simulan un episodio en el que uno de ellos acaba de llegar al centro. Como si se lo hubiera estudiado de memoria, Ribero enumera el reglamento: “No se puede fumar en las zonas comunes, el recuento se hace de pie, los grupos de limpieza se turnan, la cama tiene que estar hecha y hay cinco turnos para ir a las clases del gimnasio”.

La estructura de la cárcel de Valdemoro, abierta en 1995, cuenta con un pasillo central que lleva a la enfermería. Tras las ventanas con barrotes verdes, se observa la torre de control donde se encuentra la Jefatura. En el área sociocultural, las paredes están decoradas con manualidades que los internos han hecho en los diferentes talleres. Aquí, se hacen cursos de formación ocupacional y trabajo penitenciario. Patricia, trabajadora social de la organización Ateneo, está con ellos cada día de 07.00 a 14.00.

Soledad o incertidumbre son algunas de las palabras que se leen en un gran mural al que llaman el “emocionario” de la pandemia. También, hay un panel repleto de cartas azules. La remitente de una de ellas, una estudiante de psicología, les escribe un mensaje motivador: “No hay nadie solo. Es posible empezar una nueva vida”.

Tras el objetivo de la cámara, por el que visualiza el enorme muro que le separa del exterior, Ribero confiesa que se imagina estar grabando la playa de Cala Major en Mallorca. Charif se conforma con el barrio de Malasaña.

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