Salto de feColumna
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Quisimos ser mejores

Pretendimos frenar, bajar revoluciones, encontrar una nueva manera de vivir, más sanos, más cuidadosos, menos consumistas

'Botellón' en la plaza del Rastrillo, en el barrio de Malasaña de Madrid sobre la 1 de la madrugada el pasado sábado 8 de mayo.
'Botellón' en la plaza del Rastrillo, en el barrio de Malasaña de Madrid sobre la 1 de la madrugada el pasado sábado 8 de mayo.David Expósito

Lo quisimos de verdad. Quisimos pararnos y escuchar, bucear en nuestro mundo interior cuando la pandemia nos obligaba a encerrarnos en casa y encontrar respuestas a todas esas preguntas que no nos atrevíamos a formular. Pretendimos frenar, bajar revoluciones, encontrar una nueva manera de vivir, más sanos, más cuidadosos, menos consumistas. Dijimos más de una vez “esto es culpa nuestra” y nos contestamos “¡no lo volveremos a hacer!” como un niño dice cuando lo regañas por pintar con rotuladores el sofá. Pero, igual que ese niño, lo dijimos por decir, porque sabíamos que era lo que se esperaba de nosotros.

Dijimos que íbamos a proteger a los trabajadores esenciales y las cajeras de los supermercados siguen sin estar vacunadas.

Queríamos hacernos oír cada tarde a las ocho desde los balcones. Queríamos que los aplausos llegaran hasta los hospitales. Queríamos ser más respetuosos con el medio ambiente. Queríamos convertirnos en los mejores seres humanos que han pisado la Tierra. Pero incluso en ese deseo había corrupción porque quisimos de forma ambiciosa y de forma egoísta. Dijimos que íbamos a proteger a los trabajadores esenciales y las cajeras de los supermercados siguen sin estar vacunadas. Afirmamos que ya no compraríamos tanto, que solo compraríamos lo que de verdad necesitábamos y luego, de pronto, se empezaron a vender mascarillas de lentejuelas para ir conjuntados en caso de fiesta, cursos mindfulness promocionados por empresas para hacernos sentir mejor y estancias de hotel para teletrabajar.

Prometimos que éramos todos una red, que necesitábamos cuidarnos entre nosotros y proteger a los vulnerables y en el minuto uno del fin del estado de alarma nos quitamos la mascarilla coreando “libertad” subidos unos encima de otros en el nuevo festival de los contagios. Y mientras países como Israel ya celebran conciertos sin mascarilla porque están todos vacunados y países como EE UU aseguran que el 4 de julio también será el “día de la independencia del covid” porque tienen vacunas para enterrarnos, pero han decidido que serán todas para ellos, hay países como Etiopía, como Irak, Senegal, Venezuela o Ucrania que ni siquiera tienen la suficiente población vacunada como para salir en los gráficos. A día de hoy, solo un 5% de la población mundial está vacunada. De nuevo, a la división entre Norte y Sur, entre desarrollados y sin desarrollar, entre ricos y pobres, entre personas humanas con derechos y masas amorfas de gente de la que nos acordamos cuando legislamos leyes de extranjería, sumamos una nueva división: los que están vacunados y los que no. Los que están salvados y los que están condenados a morir. Y no es que no llegaran a tiempo cuando se repartía la tarta de la salud, es que ni siquiera les dejamos sentarse a la mesa.

Catorce meses después de que la pandemia nos encerrara, ya podemos viajar libremente entre comunidades y quedarnos en la calle de noche, pero hemos olvidado lo principal: nuestra gran ambición para conseguir que una pandemia, que la muerte dolorosa, aleatoria e indiscriminada, nos convirtiera en la sociedad bondadosa. Hemos fallado. Quisimos ser mejores, pero no supimos ni por dónde empezar.

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