EL RASTRO DE MADRID

Domingo de resurrección en el Rastro

El bullicio regresa a medio gas tras 37 semanas sin el emblemático mercadillo de la capital, que reabre con la mitad de puestos, el aforo limitado a 2.702 personas y un solo sentido para los visitantes

Reapertura de El Rastro tras el cierre en marzo por la pandemia de la covid, este domingo, 22 de noviembre.
Reapertura de El Rastro tras el cierre en marzo por la pandemia de la covid, este domingo, 22 de noviembre.víctor sainz

El Rastro de Madrid ha cumplido una larga penitencia. No ha sido al tercer día, sino 37 semanas después, pero este domingo el Rastro ha resucitado. Revive mermado, solo con autorización para la mitad de su millar de puestos y un máximo de 2.702 personas a la vez. Sin tumultos queda claro que este mercadillo pierde parte importante de su personalidad. La frialdad no la ponen solo los cuatro grados que reciben a los visitantes más madrugadores. Alexia, llegada desde Getafe, quiere adquirir a toda costa un pantalón térmico. Está enfadada porque no da con él. Pero el ambiente, en general, es de satisfacción. Esto es mejor que nada, comentan tanto visitantes como trabajadores. Han tenido que pasar 258 días desde el pasado 8 de marzo, su último domingo antes del cierre. Los vendedores ambulantes se han liberado por fin de la pesada losa de la pandemia bajo la que han estado sepultados. Nadie recuerda un periodo tan prolongado sin que la capital pudiera acudir a rendir su culto dominical a las compras populares en este emblemático zoco.

El dispositivo para entrar al Rastro, el mercadillo madrileño que ha estado clausurado durante ocho meses.
El dispositivo para entrar al Rastro, el mercadillo madrileño que ha estado clausurado durante ocho meses.víctor sainz

Marcelo se prepara desde las ocho de la mañana en la cuesta de la Ribera de Curtidores, convertida estos meses en silente calle de la Amargura. Carga, como si fuera su cruz, con el armazón de hierros de su puesto de camisetas. Y arriba, el Calvario de la plaza de Cascorro, escenario en el que los vendedores ambulantes han mostrado estos meses su descontento manifestándose contra el poder de quien consideran el Poncio Pilatos municipal, el alcalde José Luis Martínez-Almeida. Este domingo, de nuevo, algunos han protestado ahí mismo porque se sienten traicionados en su vuelta al trabajo por el Ayuntamiento. Insisten en que, tras un conflicto de varios meses, no habían sido advertidos de que las calles eran para los visitantes de un solo sentido ni había carteles que lo indicaran.

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Marcelo Bouso, ajeno a polémicas, va poco a poco teniendo listo su tenderete cuando apenas son policías los que circulan por delante. Vende camisetas que él mismo diseña y serigrafía en El Tiemblo (Ávila), de donde ha salido a las 6.30. El nuevo lugar que le han asignado no está muy alejado del anterior y dice que no ha tenido problemas para localizarlo. Frente a él, aún continúan cerradas las míticas Galerías Piquer, sede de numerosos anticuarios. Todavía es temprano. Los vendedores consultados no se quejan de las nuevas ubicaciones. En estos meses de parón, Marcelo reconoce que ha hecho de todo: pintar chalés, poner vallas, mudanzas… Y algún concierto, pues también es percusionista en una orquesta de batucada.

“Anda que no hace años que no venía yo”, comenta una agente de la Policía Municipal en la esquina del bar Cascorro Uno, donde algunos de sus compañeros hacen una ronda de cafés antes de arrancar la jornada. “¿Cómo es lo de los dos metros por uno?”, pregunta uno de ellos refiriéndose a la dimensión de los puestos que impone el nuevo protocolo. En todos los cruces era fácil ver una nutrida presencia de uniformados. Decenas, arracimados por momentos. Forman parte del dispositivo de 150 agentes para controlar que se cumplen las restricciones. Maite de la Fuente, de 42 años, acaba de sacar de las cajas las tablillas que vende, mientras los policías le piden a su vecino de puesto que ocupe solo el espacio que tiene permitido. Ramón, ya jubilado, echa una mano a su hija: “Yo soy el suplente, solo salgo a jugar cuando me lo mandan”. “Lo mejor del Rastro es el público”, pregona esperanzado.

“Vendo trastos viejos del género que tiene mi padre. A ver si saco 30 o 40 euros para dar de comer a los niños”
Pedro Escudero, vendedor

Vallas azules y cintas de plástico delimitan el nuevo Rastro. Por las aceras la circulación es libre. Por la calzada donde se encuentran los puestos, no. Es ahí donde se ha de cumplir el aforo. Miembros de Protección Civil se apuestan contador en mano en las zonas habilitadas para entrar –otras son para salir– y van dándole clic-clic al dedo cada vez que accede alguien.

El sol va caldeando la plaza Campillo del Nuevo Mundo, otro de los escenarios emblemáticos. Allí se ven ya los primeros trapicheos, regateos y tiras y aflojas entre compradores y vendedores. Javier González, un comerciante de 51 años que llega desde Tarancón (Cuenca), trata de cazar a un hombre interesado en un reloj de bolsillo. “200 euros”. “Bufff”, lanza por toda respuesta el potencial comprador. Medio segundo después Javier contraataca: “150. Mira si tiene los números verdes”, explica para resaltar su valor y belleza. Un puesto más allá, una escena similar. “Esto está retocado”, dice un cliente interesado por una figura del Niño Jesús. El posible trato empieza por 60 euros. La imagen va de unas manos a otras mientras el precio baja. Un corrillo de curiosos asiste al espectáculo. Esto, aunque mascarillas de por medio, ya se va pareciendo al Rastro de toda la vida.

Ambiente en El Rastro, este domingo.
Ambiente en El Rastro, este domingo.Víctor Sainz

Zumbido de drones

Las calles se han ido desperezando sin prisa. Se nota que les ha costado salir de la UCI. Primero se han asentado policías y vendedores. El ansiado comprador se lo toma con más calma. El goteo ha ido creciendo y ya a mediodía sí podía hablarse de cierto pulso recuperado. Nada que ver, eso sí, con las aglomeraciones habituales. Habituales del pasado, vamos. Este Rastro no parece ser ningún paraíso para carteristas y descuideros. Mucha vigilancia y mucha distancia. Antes de mediodía se siente sobre Cascorro el zumbido de uno de los drones que la Policía Municipal emplea para controlar el aforo. Mientras, uno de los responsables del dispositivo ordenaba a través de su walkie talkie cortar el paso por Ribera de Curtidores para que se descargara un poco la afluencia.

Un dron de vigilancia sobre el tradicional Rastro de Madrid este domingo. EFE / Luca Piergiovanni

En esa plaza una veintena de vendedores de la asociación el Rastro Punto Es gritan insatisfechos pancarta en mano. “¡Manos arriba, esto es un atraco!”, “Almeida, dimisión”. Su presidente, Lucio Gonzalo, Fini, explica que en lo acordado con el Consistorio para el regreso de la actividad no estaba el que las calles iban a ser de un solo sentido. La portavoz Mayka Torralbo acusa a Cibeles de “improvisar” porque “ni vendedores ni público saben a qué atenerse”. Los visitantes que llegan al Rastro por Cascorro son desviados por los policías de inmediato porque Ribera de Curtidores es solo de subida.

Ping, de 60 años, madrileño de origen chino con un restaurante en Alcalá de Henares, se pasea junto a su mujer, su hijo Tom y la novia de este. “Hoy primero día”, responde al ser preguntado por el motivo de su visita. Son de la provincia de Shaanxi, conocida por los famosos guerreros de terracota. Nada que ver con las figuritas de porcelana y otros cacharros que tienen delante en la mesa de Pedro Escudero, de 44 años. “Vendo trastos viejos del género que tiene mi padre”, reconoce este hombre que presenta estratégicamente colocado un pastillero con una imagen setentera en blanco y negro del Valle de los Caídos. “A ver si saco 30 o 40 euros para dar de comer a los niños”.

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