Al encuentro de historias callejeras en plena pandemia

Recorriendo las calles, de día y de noche, nos encontramos con algunas historias que merecían una crónica, relata el fotógrafo de EL PAÍS David Expósito

Un bar de Carabanchel el 13 de marzo de 2020, durante el discurso de Pedro Sánchez en el que anuncia que España entra en estado de alarma por el coronavirus.
Un bar de Carabanchel el 13 de marzo de 2020, durante el discurso de Pedro Sánchez en el que anuncia que España entra en estado de alarma por el coronavirus.DAVID EXPÓSITO

El viernes 13 de marzo, a las tres y media del mediodía, andaba dando vueltas por Carabanchel para hacer unos retratos en el mercado de Vistalegre. Apenas había movimiento y todo estaba extrañamente en silencio. A través de una cristalera, una escena llamó poderosamente mi atención.

En un bar, un grupo de cinco o seis personas —incluidos los camareros— miraban la televisión sin pestañear. Pedro Sánchez comparecía de manera extraordinaria para decretar el estado de alarma por primera vez en la historia de España. Entré rápidamente y, con un simple intercambio de miradas, el dueño me dio permiso para fotografiar. Ambos fuimos rápidamente conscientes de que estábamos ante uno de esos momentos en los que todo el país está pendiente del televisor porque algo gordo se nos viene encima. Nadie se atrevió a hablar ni a interrumpir la escucha y, al término de las palabras del presidente, hubo unos segundos de silencio que serían premonitorios.

En los dos meses siguientes el silencio no nos abandonaría a muchos. Mi labor como fotógrafo se ha centrado en cubrir la pandemia en Madrid junto con otros compañeros del periódico. Las ciudad paró de golpe su actividad y toda aquella persona cuyo trabajo no era considerado esencial echó el cierre para marcharse a casa y confinarse. Nos quedamos solos en medio de una inmensidad vacía, buscando historias y testimonios que pudieran poner rostro a tanta cifra y tanto drama.

Durante las primeras semanas hubo desconcierto general y la sensación de que era necesario reinventarse cada día, pues no existía guión ni agenda que especificara qué había que hacer. La mejor solución era salir a la calle —con todas las medidas preventivas posibles— y andar con los ojos bien abiertos ante cualquier cosa que pudiera suceder. Recuerdo largas jornadas yendo de un sitio a otro, caminando por los barrios con la incredulidad y el temor de cualquier ciudadano pero sintiendo a la vez la responsabilidad de contarlo. Nos parábamos a hablar con cualquiera que apareciera a nuestro paso, y así, de cuando en cuando, encontrábamos a alguna persona que merecía una buena crónica. Este tipo de historias son, a mi juicio, las que demuestran el verdadero latir de una ciudad.

Lo que venga a partir de ahora dependerá de la responsabilidad individual de cada uno, de lo que hayamos querido aprender de todo esto


Así fue como un miércoles a las tres de la madrugada conocimos a Emilio, un ex narcotraficante que encontró trabajo como celador en La Paz después de años de prisión, o a Manuel, un vagabundo que pasa las noches escondido en un baño de la T4. También a Lola, una mujer de 89 años llena de ternura que no dudó en ir a la peluquería el primer día que reabrieron, después de llevar dos meses sola en casa contando las baldosas del pasillo. Así pudimos ver la desesperación y el drama de muchas familias que pasaban por la puerta del padre José Luis en el Cementerio Sur de Carabanchel, en un momento en el que se despachaban los entierros en apenas cinco minutos. Allí quedaron Manuel Álvarez, un ex campeón de España de boxeo que falleció en una residencia, o Marisa, que fue secretaria de Raphael y a la que apenas pudieron despedir tres personas.

Estos meses hemos vivido momentos surrealistas en la calle. La ciudad te aplastaba al principio. En ocasiones, recuerdo haber perdido en cierto modo el sentido de la orientación, caminar sin rumbo, porque no había lugar al que acudir. Un desierto de asfalto, ruidos de semáforo y policías parándote cada dos calles. Al cabo de unas semanas, ese espacio deshabitado empezó a evocarme nada más que recuerdos, secretos que uno lleva consigo y que te hacían esbozar una media sonrisa al percatarte de que en esta o aquella esquina sucedió algo en algún momento de tu vida. En el camino de la “nueva normalidad”, volvemos a poblar las calles, los parques y las terrazas. Con ello hemos recuperado, cómo no, los vicios de siempre. El desprecio, la rabia y la inquina entre unos y otros se han manifestado de nuevo, a base de caceroladas y bocinazos. Nunca creí demasiado en eso de que de esta íbamos a salir mejores, pero sí pensaba que al menos duraría un poco más la tregua.

Hace unas semanas, en la reapertura del autocine, mientras se proyectaba Grease en la pantalla, vi una pareja dentro de su coche que se besaba tímidamente, como si fuera la primera vez. Felices, sin mascarillas, abstraídos de todo. Ellos fueron el primer signo de normalidad que pude ver desde que se hizo el silencio en aquel bar el 13 de marzo, y me sentí esperanzado. El devenir en cambio es mucho menos idílico que esa pareja enamorada. Lo que venga a partir de ahora dependerá de la responsabilidad individual de cada uno, de lo que hayamos querido aprender de todo esto y de si somos o no capaces de pensar más allá de nosotros mismos y perder un poco de presente para tener futuro.


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