La crisis del coronavirus

Cerrojazo en la sierra ante el urbanita, el campo tiene otro ritmo

Los pueblos del noreste de la Comunidad de Madrid se refugian en la paz de la vida de campo y las salidas obligadas para cuidar el ganado

Los hermanos Justo, de 73 años, y Encarnación, de 69, dan de comer a las vacas en Piñuécar-Gandullas (Madrid).
Los hermanos Justo, de 73 años, y Encarnación, de 69, dan de comer a las vacas en Piñuécar-Gandullas (Madrid).Luis De Vega Hernández

Primero se cayó una reserva y le siguieron todas las de esa semana. No pasa nada, pensó. Pero era el preludio de un goteo incesante. Sandra Gil, una valenciana de 37 años, aterrizó en La Hiruela con lo justo hace algo más de un año para regentar el hotelito rural del pueblo. Lo hizo con su marido y sus dos hijas llamada por un plan de repoblación. Antes de la pandemia, el hotel tenía buen nivel de ocupación en las cinco habitaciones hasta junio. Con la Semana Santa y el buen tiempo contaba ya con unos ingresos que tanto necesitaba. Pero las habitaciones empezaron a anularse en un efecto dominó que no llegaba a comprender. “No tengo televisión en casa, así que no me había enterado de nada del coronavirus”. Es lo que pasa en un pueblo pequeño de calles empedradas, aparentemente idílico, escoltado por las montañas del extremo noreste de la Comunidad de Madrid, con 57 habitantes empadronados y “unos 17, contados, que viven durante todo el año”. A principios de marzo, Sandra no había oído nada del virus y no sabía lo que se le venía encima.

En La Hiruela, un enclave privilegiado en la Sierra del Rincón que desde 2015 forma parte de la Reserva de la Biosfera, se respira naturaleza. Un pueblo de cuento, pocos vecinos y una necesidad acuciante de poblarlo con niños. Cuando las crías de Sandra tenían uno y tres años, cogió las maletas con su marido y empezó una nueva vida en la España semivacía. Solo tenían, en principio, que invertir sus pocos ahorros. Presentó un proyecto al Ayuntamiento para regentar el hotel, lo ganó y se gastó su dinero -y algo más- en pequeñas reformas. La posibilidad de remontar, sin embargo, se ha truncado de la noche a la mañana, con un alquiler por pagar y deudas en el banco.

“Este pueblo vive del turismo. Tenemos un restaurante, un bar y el hotel rural”, cuenta Ignacio Merino, el alcalde, sentado en una mesa del Ayuntamiento con una mascarilla puesta. Él es uno de los que vive en Madrid y va al pueblo una vez a la semana. Deja claro que ahora no puede abrir la puerta a “los urbanitas” por precaución, pero que los necesitará, y mucho, “cuando esto pase”.

En el pueblo se encuentran en estos momentos unas 50 personas, ya que el estado de alarma pilló allí a algunos de los habitantes flotantes. Pero ninguno más. Por eso, cree el alcalde, han mantenido el virus alejado. “No tenemos ningún infectado. Un vecino se fue de viaje y se trajo el bicho, pero se quedó en Madrid”, empieza a enumerar. “Luego está ingresada la madre de otro vecino, y dos señoras mayores de aquí que viven en una residencia”. Los tiene a todos controlados. “Pero que quede claro que cumplimos el confinamiento. Es verdad que quien no tiene perro, tiene gallinas, vacas... y tiene que salir un rato”, excusa. Eso, de todas formas, no es del todo cierto. En un paisaje abierto y con tan pocos vecinos, las salidas al campo son más o menos frecuentes. Es un secreto a voces que nadie oculta. “El otro día nevó”, revela Sandra, “y nos fuimos a tirarnos en trineo con las niñas. Pero no nos encontramos con nadie”.

A la salida del pueblo, la carretera serpentea del puerto de La Hiruela hacia abajo. El tráfico no es más que un espejismo. El conductor afila las pupilas cuando se topa con algún ser humano aunque sea en lontananza. Los restos de la última nevada en el arcén y la vegetación osca de la altura van dejando paso a los primeros pastos camino del llano. Todavía hay que esperar unas semanas para que las praderas sean autosuficientes para las vacas, que aparecen a derecha e izquierda como principal aviso de que la vida no se ha esfumado de la también conocida como Sierra Pobre de Madrid.

“Conozco a las 500 o 600 vacas que hay por estos campos”, asegura Justo, de 73 años, mientras echa pienso en tacos a los animales en la finca de Prado Tripas. Le acompaña cubierta por un pañuelillo de colores su hermana Encarnación, de 69, jubilada de la administración local. Ambos lucen mascarilla quirúrgica. La tienen bien hecha a la boca. Es la misma desde hace un mes. Las tres horas de dar de comer cada día a los animales, que no entienden de estado de alarma, les da la vida en estos tiempos de confinamiento. “Se oxigena uno”, reconoce ella consciente de este lujo rural mientras están ya en la finca de Las Cerquillas. Justo maldice no tanto la coyuntura pandémica como la negrura estructural del negocio. “Esto es la ruina. Quiero venderlas y no puedo. Los jóvenes no las quieren”. Encarnación trata de levantarle el ánimo mientras salen del tercer campo, El Tercio de Arriba, camino de vuelta al encierro en su casa de Piñuécar-Gandullas.

Ángel, de 66 años, no pisa la capital desde el verano pasado. Allí están las prisas y el bicho. Pasea tranquilo su mono azul por el arcén tras haber echado un saco de pienso a las vacas. “Son animales muy listos. Solo les falta hablar”. Para él, de hecho, son el mejor termómetro. “Cuando se ponen a correr, viene viento”. Hasta el lugar llega en una Citroen C15 blanca Francisco González, alcalde de La Serna del Monte y ganadero. Esquiva a los reporteros como si fueran el virus mismo. No entiende su presencia. “¿Qué venís a contar de aquí?”. Carlos, de 61 años y responsable del bar Tasca, echa de menos el ajetreo de vecinos de otros municipios. Ahora solo entreabre su puerta para repartir el pan que le traen cada mañana. La soledad del pueblo pesa. “O nos asesinamos o nos divorciamos”, comenta son sorna.

Unos kilómetros más allá, en tierras de Madarcos, el pueblo menos poblado de la región, tiene Enrique de los Nietos, de 35 años, 90 cabezas de la raza avileña-negra ibérica. “Esta es mi casa”, explica mientras abre los brazos y se llena los pulmones junto a la carretera que divide las dos fincas de 101 y 33 hectáreas que heredó de su padre. Su estado de alarma es trabajar al aire libre con los animales y cortando una leña que vende, ahora más que nunca. La mascarilla y el enjuague de manos los reserva para las obligadas visitas a Buitrago del Lozoya. Allí es donde están los bancos, la farmacia, el supermercado… y el virus. “¿Voy al cajero?, alcohol. ¿Me dan dinero?, alcohol. ¿Toco algo?, alcohol”. En Madarcos hay medio centenar pelado de vecinos. Enrique, encima, vive solo en el campo. “De aquí te puedes llevar una mierda de vaca. El coronavirus, no”.

La sensación de que la Covid-19 se importa con los urbanitas se percibe en la Sierra Norte. Es tiempo de sospechas. El propio alcalde de Buitrago, Tomás Fernández, tiene que hacer frente a las quejas por el excesivo movimiento de personas en su pueblo. Claro, se defiende el primer edil, “tomamos precauciones pero muchos vienen de fuera a hacer compras y gestiones”.

Allí pararon el otro día los civiles a Jorge González Guadalix, de 64 años, el cura de La Serna del Monte. Mero trámite pues el religioso es bien conocido. Tiene a su cargo cuatro parroquias: La Serna, Braojos y Gascones son pueblos de esta serranía. Unos 400 vecinos. ¿Y la cuarta? La cuarta es San José de la Sierra. Ahí tiene varios miles, mucho más diversos y diseminados porque es una parroquia virtual. El padre Jorge, responsable del blog De profesión cura desde hace década y media, es todo un influencer que atiende por teléfono, redes sociales y WhatsApp. Y eso en tiempo de pandemia y pánico a la vida social no es poco. “Afortunadamente no hemos tenido entierros”.

Pero hay costumbres tan arraigadas que no se ven alteradas ni por el virus. A diario a las 7 de la tarde y a las 12 los domingos, Jorge se planta en el altar. Da igual que los parroquianos estén confinados. Ya le avisó la señora Juana cuando llegó hace un par de años y medio al pueblo que los domingos en misa “dos o tres personas no le han de faltar”. Pero ahora aprovecha una gran ventana abierta a los devotos, la del móvil. Está ahí, casi invisible pero estratégicamente colocado en el atril. Antes de arrancar la eucaristía, le da al play e inicia el directo a través de Facebook. “Mira –apunta a la pantalla entre susurros- ya hay feligreses esperando”. “Gracias un día más por estar aquí”, les saluda con una profesionalidad de presentador televisivo. Segundos después, aparece en el encuadre cantando: “¡En el nombre del Señor nos hemos reunido!”.

Algunos días le llegan peticiones para dedicar la misa a personas fallecidas por el virus. La audiencia digital, algunos desde el otro lado del Atlántico, equivale a unas cinco veces el aforo completo de todos los bancos. Impresiona en todo caso contemplar la pequeña nave del templo en la más absoluta soledad con el sacerdote oficiando al fondo. En época de pandemia no asiste de cuerpo presente a la misa del padre Jorge ni la fidelísima señora Juana, “más fija que el Cristo a la cruz”.

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