Opinión
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La Batalla de Valencia, nueva temporada

La necesidad de taponar fugas en el PP y enraizar a Carlos Mazón como líder recarga la disputa identitaria como munición para el debate político

El expresidente de la Comunidad Valenciana Francisco Camps, y el candidato a la presidencia del PPCV, Carlos Mazón, en la tradicional Missa d'Infants, el pasado domingo.
El expresidente de la Comunidad Valenciana Francisco Camps, y el candidato a la presidencia del PPCV, Carlos Mazón, en la tradicional Missa d'Infants, el pasado domingo.Jorge Gil / Europa Press

No hace falta ser un profeta del Antiguo Testamento ni un visionario como George Orwell para vislumbrar que la derecha de aquí está en vísperas de una batalla y la va a dirimir con la munición que mejor le ha funcionado. La que deriva del manido trampantojo de que el valenciano no es catalán, la madre de todas la fakes. La que permitió al franquismo asear su tenebroso pasado en tiempos de confusión hacia la democracia y presentarse como salvador del pueblo frente al bárbaro invasor catalán. Lo necesita como siempre, pero lo necesita más que nunca. También como entonces para evitar la dispersión entre los suyos (que salgan las cuentas) y para criminalizar al adversario que gobierna. Pero también ahora para enraizar a su nuevo enviado (Carlos Mazón) como líder y ablandar las resistencias orgánicas y las suspicacias que suscita entre las antiguas demarcaciones de dellà del Xúquer y dellà Uixó.

El recurso es un conglomerante y viene de lejos. En 1977 Emilio Attard, inspirado en el propósito disruptivo de Adolfo Suárez, cerró la puerta en UCD al franquismo reformista, el que quería adaptarse para seguir en la política. Como líder regional del partido, se rodeó de liberales (Joaquín Muñoz Peirats, Francesc de Paula Burguera, José Antonio Noguera de Roig o José Luis Barceló) y abrazó la catalanidad de la lengua (lo de la derecha de toda la vida de don Teodoro Llorente y don Wenceslao Querol), así como la histórica bandera de las cuatro barras y la flamante denominación País Valenciano. Los agraviados no se resignaron, buscaron una sustantividad de choque en la orilla opuesta (el localismo lacrado y enojado) y fundaron la rama nativa de Alianza Popular (Alberto Jarabo Payá) o Unión Regional Valenciana (Ignacio Carrau, Ramón Izquierdo). La fractura imposibilitó la victoria de UCD. Si la derecha quería ganar, tenía que confluir en un mismo proyecto y este, además, debía neutralizar la cultura de la izquierda.

El encargado de compactarlo fue Fernando Abril Martorell. Sucumbieron los liberales y fueron asumidos los postulados del franquismo reformista (el valencianismo anticatalanista) con todos los medios para librar una confrontación de sentimientos con la izquierda que abriría un abismo entre valencianos (la célebre Batalla de Valencia), pero que uniría a la derecha. Ahora la derecha, a pesar de que la espuma del champán de la Puerta Sol asfixia a Ciudadanos, vuelve a ser consciente de que hay fisuras que, convenientemente hurgadas, pueden acabar siendo un cañón de agua en la bodega y complicar el asalto a la Generalitat. Puede que el recurso centrista de Ciudadanos no dé más de sí, pero a su (todavía) figura más relevante en la Comunidad Valenciana, Fernando Giner, le queda mucho particularismo por explotar bajo la bandera de un regionalismo netamente anticatalanista, que es de donde viene y donde puede haber mercado huérfano.

Si ese es un riesgo en la periferia sociológica masticable, el flanco interno abierto por Francisco Camps removiendo ese mismo caldo constituye una amenaza, si cabe, más inquietante. El PP considera que Camps es irreciclable (todavía tiene causas pendientes) y el expresidente es un animal herido con sentimientos no biodegradables. El partido solo le ofrece una incierta reivindicación de su figura, mientras él quiere una rehabilitación por la puerta grande. Los ingredientes del desencuentro y la temperatura a la que se cuecen son los propicios para desencadenar el salto de Camps, por su cuenta, como candidato a la alcaldía de Valencia, a la que se postula con insistencia envuelto con la senyera y perfumado con el tarro de las esencias. Dentro o fuera del partido, su opción puede desestabilizar a Mazón, que quiere a María José Catalá (su principal cofrade) como alcaldesa de Valencia.

Al dúo designado desde Madrid, espoleado por el ADN de su partido, no le queda otra que meter el cubo hasta el fondo de ese pozo ciego y remover su sopa fundacional para reñir por la hegemonía del discurso. Y ya se van marcando los perfiles. La carrera por tomar posesión de los símbolos ha empezado. Pero la renta de situación está de parte de Camps, que echó a andar en Alianza Popular: puede sumar damnificados, tiene el terreno abonado, arraigo, relato acreditado y coreografía de espasmos anticatalanes y esencialistas. Fue él quien, obsesivamente y con tono moralizante, revalencianizó el PP tras la etapa liderada por el preceptor de Mazón. Eduardo Zaplana instauró una identidad que no se basaba en los sentimientos sino en los elementos: fuego ­(el incendio del monte donde se edificó Terra Mítica, bronceado de yate y barbacoa), agua (trasvase, playa y Aguas de Valencia), tierra (PAI y recalificación urbanística), aire (solemnidad vacía y viento en popa) y éter (lo que no se veía pero unía y ahora se vuelve materia en el Código Penal). Frente a eso, Camps avivó el espíritu botiguer valenciano (el de parroquianos, mesa camilla, malta El Miguelete, pasamanería, confesionario y casal fallero).

Lo cargó de simbolismo y se acopló el yelmo del rey conquistador. No sólo deglutió el libro gordo del jesuita Robert Ignatius Burns, sino que acomodó su agenda a la estela del fundador del Reino de Valencia. Primero, en vísperas del 9 de octubre, reunió a los suyos en el monasterio del Puig, desde donde el rey dirigió sus tropas hacia la conquista de Valencia en 1238. Luego se subió a la cima del monte Penyagolosa, en la que el monarca levantó la ermita de Sant Joan tras la reincorporación de Valencia a la cristiandad, y arrancó su campaña electoral en Morella, que fue la primera plaza conquistada a los sarracenos. Frente a eso, Mazón llama a la puerta con una foto en el parterre con la estatua de Jaume I en profundidad de campo y comiendo churros en una chocolatería tras asistir a la Missa d’Infants. No hay color. Aunque con lo del delirante allanamiento de la Comunidad Valenciana por parte de la imperial Cataluña ya está apretando el acelerador y le va a empatar a Camps. Que vuelve el lobo.

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