indultos a los dirigentes del 'procés'Opinión
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En la senda de Azaña

La expresión de Pedro Sánchez fue sobria, breve y muy de día laboral, pero solemne: en el anfiteatro que lo fue de la más dinámica burguesía peninsular

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la conferencia 'Reencuentro: un proyecto de futuro para toda España', en el Teatre del Liceu de Barcelona, el lunes.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la conferencia 'Reencuentro: un proyecto de futuro para toda España', en el Teatre del Liceu de Barcelona, el lunes.Europa Press

Pedro Sánchez marcó el lunes época en el Liceu. Porque es la primera vez desde la Transición en que un presidente del Gobierno español se ha dirigido directamente a los ciudadanos catalanes. A todos: de la élite, de la menestralía y de la base.

Por vía directa. Esto es, sin la intermediación anfitriona de asociaciones representativas, universidades, patronales, grupos de interés... o los consabidos mercados en plena campaña electoral.

Es esa una clara expresión de la voluntad de añadir empatía a su proyecto de reencuentro, el único serio —o sea, el único— que hay en el mercado. Expresión sobria, breve y muy de día laboral, pero solemne: en el anfiteatro que lo fue de la más dinámica burguesía peninsular.

Con la evidente intención de subrayar, ante todos, que no es imprescindible ser catalán para hablar a los catalanes. Que la relación privilegiada con ellos no es monopolio de ningún nivel de gobernanza, ni siquiera de la (pese a todo) venerada Generalitat. Y que el Estado sigue vivo en Cataluña tanto como los catalanes siguen importando a los demás: “No concibo la nueva España sin una nueva Cataluña al frente”.

Así que ya el mero acto merecía el afán. Pero hubo más. Sin su grosor histórico, ni su dialéctica imbatible, el discurso de Sánchez entroncó, en emociones y estilo, con el grandioso de Manuel Azaña en defensa del Estatut (27/5/1932): por acotarse a resolver problemas políticos; por su esfuerzo en hacer pedagogía, inscribiendo los indultos en la carnadura de la Constitución; por su rotundidad, sin rodeos.

¿Cómo no indultar a otros que delinquieron en menor grado que sus jefes? ¿Cómo no facilitar a los catalanes un aumento (leal) de su autogobierno?

Lanzó guiños. Rememoró al exiliado de Montauban en su “paz, piedad y perdón” de plena guerra (1938) actualizándolo en “respeto, diálogo, concordia”. Y ¿cómo olvidar que así, Per la concòrdia, tituló el líder catalanista Francesc Cambó su libro, ágil, sombrío y discutido, previo a la dictadura de 1923, buscando “una solución de efusiva concordia al problema de Cataluña”?

Se critica el ímpetu propagandístico presidencial. Compárese con el mutismo antipedagógico de otros. Y su anhelo de asentar mayorías mediante las alianzas periféricas, con las similares de Adolfo Suárez. Lo que no impidió, sino fraguó, la operación de Estado del retorno de Josep Tarradellas y la restitución de la Generalitat.

O con los pactos de sus sucesores, ¡de todos ellos!, con el pujolismo o el maragallismo. Los políticos que rechacen mantener el poder —o usarlo a buen fin— no merecen ser considerados tales. Critíquense sus ineficiencias, no su ambición.

Sostiene Sánchez que los indultos son “un primer paso”. Apostilla que eso es “incuestionable”: ¿cómo no indultar a otros que delinquieron en menor grado que sus jefes? ¿Cómo no facilitar a los catalanes un aumento (leal) de su autogobierno?

Los temerosos, los trémulos, quienes ven en otros máscaras y en sí mismos solo luces, recuerden que ese es el lema ya explicitado del primer partido del Gobierno, la propuesta de Salvador Illa, el programa federal de 2013 escrito en Granada por Alfredo Pérez Rubalcaba. Solo falta cumplirlo.


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