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Ser ‘ranger’ en Liberia, una profesión de riesgo

Los agentes forestales de la segunda selva tropical más grande del oeste de África protegen miles de hectáreas de los furtivos armados con un solo coche y una decena de voluntarios por menos de 150 euros al mes

Augustine Nimely comenzó como voluntario en 1990. Treinta años después es uno de los 'rangers' más veteranos del Parque Nacional de Sapo, en Liberia.
Augustine Nimely comenzó como voluntario en 1990. Treinta años después es uno de los 'rangers' más veteranos del Parque Nacional de Sapo, en Liberia.

Augustine Nimely tiene 46 años, tres marcas de tiza blanca en la frente y el recuerdo de un disparo que nunca olvidará. A finales de 2019 patrullaba bajo los árboles del Parque Nacional de Sapo, el más importante de Liberia, como un día más. Era una mañana cualquiera. Tanto, que no recuerda la fecha en la que su vida estuvo a punto de terminar. Un ruido le hizo levantar la cabeza. No muy lejos había un cazador. Le gritó. Antes de obtener respuesta, ¡pum! Un disparo lejano estuvo a punto de acertarle en el cuerpo, (des)protegido por el mono verde y la boina negra del uniforme de ranger o agente especial. Ni casco, ni chaleco, ni arma. Nada. En una acción que pocos de sus compañeros estarían dispuestos a realizar, corrió hacia su atacante. Le redujo, le arrebato la pistola y logró detenerle. Se jugó la vida por su trabajo. Se jugó la vida por menos de 150 euros.

Como él, otros 63 agentes forestales protegen la segunda selva tropical más grande del oeste de África. Elefantes, hipopótamos pigmeos o chimpancés occidentales son algunas de las rarezas que se pueden encontrar en el primer área protegida de Liberia. En total, más de 125 especies de mamíferos y casi 600 de pájaros habitan en los 1.800 kilómetros cuadrados de este entorno creado en 1983. En cuanto a fauna, son números similares a los que se pueden encontrar en España, país con mayor biodiversidad del continente europeo. Y eso, a pesar de que Sapo es un terreno sin terminar de explorar científicamente. En 2008, por ejemplo, vieron por primera vez a los hipopótamos con unas cámaras térmicas.

De todos los agentes, tan solo tres son mujeres. En 2017, Elizabeth W. Sanwan abrió el camino. Como el resto, ejerció primero de voluntaria durante un largo período. En su caso, 12 años como cocinera en el parque, hasta que, por fin, pudo enfundarse el mono verde con el parche de la bandera de Liberia en el brazo derecho y el de la Autoridad para el Desarrollo Forestal (FDA, por sus siglas en inglés) en el izquierdo.

Elizabeth W. Sanwan fue la primera mujer en convertirse en guarda forestal del parque, tras 12 años como voluntaria.
Elizabeth W. Sanwan fue la primera mujer en convertirse en guarda forestal del parque, tras 12 años como voluntaria.

Accede a hablar con gusto, recolocándose la boina para que sobresalgan unos mechones rojos antes de la foto. Es una soldado orgullosa y trabaja con las cinco comunidades asignadas a su zona del parque. “Estoy contenta, no me avergüenzo. Ahora puedo pagar el colegio a mis hijos”, comenta. Para ella defender “su” naturaleza es un honor tan solo manchado por la falta de personal, de entrenamiento y el bajo salario. Ella nació y se casó aquí. Es una más. No necesita memorizar el discurso de los benefactores europeos por un puñado de dólares. Ella lo siente: “Este es nuestro patrimonio y beneficiará a nuestros hijos. Si hacemos daño al bosque, la siguiente generación sufrirá”, dice antes de enumerar los diferentes castigos: "La multa por entrar al parque son 250 dólares. Si no tienes dinero, vas a la cárcel tres meses. Si matas un elefante o un bebe hipopótamo, pagas 5.000. Si no los tienes, seis años a la cárcel. Solo pido a la gente que deje en paz el bosque".

La mayoría de los furtivos lo hacen para comer, pero otros tantos buscan vender las presas en centenares de mercados del país

En lo que va de año, los rangers de Sapo, junto con la policía, han logrado detener a cuatro personas. El curso anterior, fueron siete en total los furtivos arrestados. Cifra escasa comparada con periodos anteriores. Todos tienen en el recuerdo una fecha fatídica: abril de 2017. El 27 de aquel mes varios individuos atacaron con escopetas y machetes a dos agentes forestales hasta quitarles la vida. Esta vez la caza no era para comer, sino para vengar a los 20 furtivos que habían sido detenidos poco antes.

“Por esto pedimos ir armados”, explica Nimely tras hacer de traductor entre los visitantes del parque y los representantes de Jalay Town. Annika Hillers, directora nacional de la Wild Chimpanzee Foundation, trabaja con la población, los rangers y las fuerzas del orden en diferentes ámbitos. Y recalca el enorme paso que supone para Sapo tener guardas, no como sucede en otros espacios protegidos. Sostiene, también, que los agentes no reciben armas por falta de formación y financiación: “Patrullando se encuentran con situaciones de peligro y personas armadas cometiendo delitos, sin embargo, creo importante la idea de que, junta, la gente es más fuerte. Por eso la policía y la FDA tienen que trabajar de la mano. Pasará mucho tiempo hasta que la FDA tenga capacidad de entrenar y armar a los rangers”.

Los agentes del parque nacional de Sapo forman antes de comenzar su turno de trabajo. |
Los agentes del parque nacional de Sapo forman antes de comenzar su turno de trabajo. |

La caza, un problema local

A diferencia de otros países como Botsuana, Zimbabue o Tanzania, en Liberia apenas hay caza extranjera. Lejos del estereotipo de hombre blanco, entrado en años y con un rifle de precisión, en Sapo son las comunidades que viven en el interior o cercanías al bosque las que matan animales. Y lo hacen por supervivencia. Este espacio protegido está en el condado de Sinoe, en el que apenas hay oportunidades. Mucho menos en las pequeñas aldeas sin recursos alejadas de Greenville, la capital, por unas deficientes carreteras tan solo accesibles para los todoterrenos en temporada seca o motos de abril a octubre.

La mayoría de los furtivos lo hacen para comer, afirman las autoridades, pero otros tantos buscan vender las presas en centenares de mercados del país. No es difícil encontrar carne de especies protegidas o pangolines y monos vivos a la venta. Con algo de dinero, todo se puede conseguir en Liberia. Junior Karmah formaba parte del primer grupo hasta hace dos años, cuando fue sorprendido por los agentes forestales. Aquel día, manifiesta, prometió no volver a hacerlo y se convirtió en el primer excazador reconvertido en voluntario. Sostiene que lo hacía por la falta de empleo en el pueblo y cree que, si hubiera oportunidades como la que tiene él ahora, muchos dejarían de hacerlo: “Ahora voy con ellos a patrullar. Me protegen. No tengo un salario, pero me dan algo para comer”, dice en un murmullo.

De furtivo a voluntario, Junior Karmah ayuda a los agentes en los encuentros con las comunidades.
De furtivo a voluntario, Junior Karmah ayuda a los agentes en los encuentros con las comunidades.

Pistolas y vecinos

Burton Musa, jefe del parque, cuenta que, al finalizar la guerra en 2003, llegaron cerca de 18.000 personas en busca de oro. Además de la explotación del bosque para encontrar el preciado metal, aumentaron la caza para subsistir. Después de expulsiones masivas en diferentes años, la FDA asegura que desde 2018 el parque está libre de campamentos mineros. Pero Musa mantiene su petición de “más hombres y mejor entrenados” para terminar con los furtivos. “La mayoría de ellos —dice lleno de resignación sobre sus subalternos— no saben cómo arrestar o proteger la escena de un crimen”.

Nimely insiste en que las armas podrían usarse como medida disuasoria, aunque arguye que la situación es compleja. Más aún en un país con largos años de conflicto civil frescos en la memoria. Para él, que empezó a finales de los noventa como voluntario, más allá de las muertes de sus compañeros, lo más duro es enfrentarse a sus propios vecinos. En Jalay Town, por ejemplo, son poco más de 500 habitantes. “Yo entiendo a los cazadores, aquí nadie tiene trabajo”, suspira. Modelos como el de Karmah sirven a los rangers de Sapo para mostrar a los jóvenes que hay otro camino. Tal vez uno que requiera más esfuerzo, pero que beneficie al resto de la comunidad. El mismo camino que tomó Augustine Nimely hace unos meses, cuando no dudó en arriesgar su vida y saltar encima de aquel furtivo.

Los forestales conciencian a las poblaciones cercanas al parque para proteger varias decenas de especies.
Los forestales conciencian a las poblaciones cercanas al parque para proteger varias decenas de especies.

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