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Basura, sueños y el tinaco de López-Gatell

No me encuentro, mi concentración se ha evaporado. Esta también debería ser la realidad de las pandemias: la cancelación, la anulación del modo individual.

Una mujer tiende ropa en Ciudad de México durante el confinamiento.
Una mujer tiende ropa en Ciudad de México durante el confinamiento.

Hace años que trabajo en el lugar en el que vivo.

Hace años que mi rutina es así: me despierto, saco a los perros, desayuno cualquier cosa, pongo café y me siento a escribir.

Puede ser que el día sea bueno o que sea malo, que escriba mucho o poco, que consiga algo decente o cualquier mierda. La única certeza es que estaré concentrado y que estaré en el mismo espacio físico de siempre.

Estos días, sin embargo, como si fuera el agua con la que regué una de mis plantas, mi concentración se ha ido evaporando. Y, al irse evaporando, al elevarse y perderse en las alturas, se ha llevado con ella una gran parte de mí mismo. Por eso ya no estoy en el espacio físico en el que siempre me encontraba.

—¿Cómo habrá amanecido el tinaco?, recuerdo, ahora mismo, que me desperté preguntándome esta mañana, aunque no sé si lo hice en voz alta o en silencio. No pensaba, sin embargo, en mi tinaco. Pensaba en el tinaco del lugar en el que vive Hugo López-Gatell: por azares del destino, una amiga de la infancia, podría decir que una hermana, vive en el mismo condominio horizontal que nuestro subsecretario de Salud—.

(Es realmente extraño, por cierto, el papel que el prefijo sub ha alcanzado en la política y la vida mexicana; como si significara lo contrario de lo que realmente significa, como si señalara lo opuesto de aquello que señala, me digo antes de retomar mi recuerdo del despertar, aquel que me sacó de lo que estaba escribiendo. Ahí están Marcos y Hugo, ¿no? Ahí están los únicos campeonatos de futbol que hemos conseguido, ¿o no?).

—Hugo, esto estaba recordando: resulta que, al mismo tiempo que estalló la contingencia, en el condominio del subsecretario se descompuso un tinaco. Y Hugo es, obviamente, el administrador del sitio en donde vive. Así que, mientras lidia con la pandemia, también lidia con el chat de sus vecinos, quienes le escriben, por ejemplo: "Sabemos que todo esto del coronavirus es realmente grave, pero también es grave el tinaco"—.

Pero bueno, no estaba escribiendo sobre lo increíblemente absurda que puede ser la vida de un subsecretario ni estaba escribiendo sobre lo absurdamente increíble que puede ser la vida de un grupo de vecinos. Estaba escribiendo que no me encuentro, que mi concentración se ha evaporado, que, de alguna forma, mi cabeza se ha fragmentado, que sus partes se han marchado cada una a un pensamiento diferente. Esta también debería ser la realidad de las pandemias: la cancelación, la anulación del modo individual.

"Todo es distinto de como tú piensas, de como yo pienso", escribió Paul Celan a mediados del siglo pasado, poco después de la segunda guerra mundial, recuerdo de repente. "Todo es distinto". No sé por qué recuerdo este verso ni sé porque lo escribo aquí. No explica mi perdida de concentración ni explica, tampoco, mi extravío físico; no sé, en realidad, qué explica, aunque sé que explica algo. Algo que no soy capaz de comprender. Quizá, que la empatía está cambiando, que la empatía, pues, está mudando al bluetooth.

Igual Celan intuyó esto. O es que esto me explica. Aunque tal vez solo sea lo que quería escribir. Que, en vez de chocar con una historia que nos revuelca, colocándonos en otro cuerpo y en otra vida, en estos días aciagos estamos buscando desesperada, vitalmente cualquier historia que le devuelva un poco, un principio de sentido y humanidad al revolcón en el que estamos atrapados, de manera, por todo lo demás, injusta: pinche país de mierda, este en el que encerrarse, fragmentarse y empatizar es otro puto privilegio.

—Me levantó el timbre de casa. Por eso dejé, otra vez, de escribir, justo cuando había o creía haber hallado un hilo al cual agarrarme. Y ahora, claro, no sé cómo devolverme a donde estaba. El que tocó era el señor de la basura: por increíble que parezca, así es como el grueso de los mexicanos y mexicanas los llama: los de la basura. No los que la recogen. No los que trabajan solucionando nuestro problema con la basura. Después de abrirle y saludarlo, le entregué dos bolsas y, al tiro, se rio de mí: hoy toca la inorgánica, cabrón. Perdón, le dije entonces, ando más distraído que nunca—.

(Me gusta el papel de los sueños, su relación con la cotidianidad, no con el inconsciente profundo. Hoy, más que nunca, me faltan los ánimos para ponerme psicoanalítico. El momento que estamos viviendo, por lo demás, es mucho más presente que pasado, me dije apenas y allá afuera, porque antes de meterme nuevamente, antes de ir pues por mi basura inorgánica, Alberto dijo: uy, yo traigo distraído hasta los sueños. Ayer soñé con nuestro presidente. Estábamos arriba de mi camión y yo le estaba enseñando a clasificar la basura. Luego él me regalaba dos luciérnagas. Y ya me desperté).

—Además de la bolsa de inorgánica, le entregué a Alberto una caja con cien tapabocas: mi amigo Oswaldo redirigió su compulsión de comprador de artículos fotográficos en línea, hacia los artículos sanitarios, así que he podido repartir varias cajas, ahí en donde creo que harán más falta. Mientras Alberto me daba las gracias, mi cretinismo me llevó a decir: ustedes están peor, siguen trabajando. Por suerte, mi estupidez recibió su merecido en un segundo. No lo sé... cada uno su propia chinga, me dijo: andamos trabajando, pero nunca estamos solos. Y acá parece que todos están bien solos—.

Pero bueno, no estaba escribiendo sobre Alberto ni sobre las contradicciones que hay en mí. Estaba escribiendo, creo, sobre la contradicción en la que me he convertido en estos días, una contradicción que me impide fijar el pensamiento en una sola idea. Ahora mismo, por ejemplo, mientras escribo esto, pienso, no, no pienso, me pregunto, eso es, me pregunto en racimo: ¿qué querrán decir esas luciérnagas?, ¿qué compulsiones tendré yo?, ¿estará harto el subsecretario?

¿Habrán arreglado el tinaco de ese condominio? ¿Estará el Gobierno contando a los enfermos como debe? ¿Los estará contando como puede? ¿Será capaz nuestro Estado, un Estado destrozado, deshilvanado, evaporado, ubicuo de enfrentar y de vencer esta pandemia? ¿Estaremos listos nosotros, los ciudadanos, de poner cara a esta cruel adversidad y actuar como debemos?

¿Es normal que exista un país en donde la autoridad confía más en la necesidad que en la acumulación? ¿Es normal un gobierno que apela antes a que paren los desposeídos a que lo hagan los dueños del dinero? ¿Es normal que una especie se vuelva esclava de una herramienta —la economía— que ella misma ha creado?

¿Hay, en el seguir trabajando, en el seguir saliendo a la calle, una pulsión de vida? ¿Hay, quizá, ahí también, una pulsión de muerte? ¿Será que qué más da, si total, lo que quedaba era tan poco que era nada?

Entre todas, una pregunta se impone, se vuelve un hilo, aunque no era el que buscaba: ¿no debería asignarse, ahora mismo, un impuesto por cuestiones de salud a las fortunas?

Esto, sin embargo, no era lo que quería escribir ni tampoco es lo que diría, si pudiera hablar en voz alta.

Es, eso sí, lo único que puedo escupir en estos días, en los que no estoy en un solo espacio.

En estas horas en las que todo es distinto.

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