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George Steiner y la patria real del escritor

George Steiner, en su casa de Cambridge en el verano de 2016.
George Steiner, en su casa de Cambridge en el verano de 2016.

El gran pensador, crítico y escritor fallecido en Cambridge creó el concepto de “extraterritorialidad” para designar a los autores del exilio y del desarraigo cuya lengua literaria no es la materna.

Uno de los innúmeros legados de George Steiner es el concepto de “extraterritorialidad”, acuñado para analizar la obra de aquellos escritores cuya lengua literaria no es la materna o que carecen de patria como consecuencia del exilio, el desarraigo o el multilingüismo. Así, en el ensayo central de su libro Extraterritorial: ensayos sobre literatura y la revolución lingüística (1971), Steiner reflexionó sobre las obras de Samuel Beckett —quien nació en el inglés y escribió en francés—, Vladímir Nabokov —quien nació en el ruso y escribió en inglés— y Jorge Luis Borges, quien nació en el español y escribió en español pero a través del inglés. Como no se trata de discutir sobre Steiner, sino de inspirarse gracias a Steiner, podríamos zanjar este asunto comparando la educación inglesa de Borges con la educación latina de Michel de Montaigne, quien también habría sido extraterritorial por las mismas razones.

En realidad, aquel maravilloso ensayo de Steiner debería servirnos para pensar si en español disponemos de autores extraterritoriales que hayan elegido nuestro idioma como lengua literaria, tal como el polaco Conrad escogió el inglés o el checo Kundera el francés. Y el caso es que los ejemplos abundan, comenzando por autores como el alemán Máximo José Kahn, el francés Max Aub y el rumano Vintilă Horia, por no hablar del suizo Alejo Carpentier, el italiano Alejandro Rossi o el francés Paul Groussac.

¿Y no serían extraterritoriales también los escritores que nacieron en el seno de familias inmigrantes que hablaban el español en sociedad y una lengua distinta dentro de casa? Pienso en las infancias extraterritoriales de Roberto Arlt, Juan Gelman, Ernesto Sabato, José María Arguedas, José Watanabe o Alejandra Pizarnik, quienes construyeron su identidad literaria mientras enriquecían la lengua española. De hecho, el número de autores que eligen el idioma de Borges y Cervantes para escribir sus poemas, ensayos y narraciones no ha dejado de crecer, pues en castellano escriben la rumana Ioana Gruia, la polaca Aleksandra Lun, la estadounidense Lorraine Ladish, la niponalemana Anna Kazumi Stahl, el italoegipcio Fabio Morábito, el húngaro Kalman Barsy, el checo Mirko Lauer, el marroquí Mohamed El Gheryb, el chino Siu Kam Wen y la francesa Elena Poniatowska, ­premio Cervantes 2013.

La autora de La noche de Tlatelolco (1971) no es la única galardonada con el Cervantes dentro de mi apresurado inventario de escritores extraterritoriales en español, aunque llegados a este punto resultaría conveniente hacer hincapié en que la lengua española es una maravillosa lengua de acogida para hablantes de todo el mundo. América Latina, por ejemplo, ha recibido a tantas familias de origen asiático, africano y europeo que por eso a nadie le extraña que algunos de los grandes nombres de las letras latinoamericanas contemporáneas tengan marchamo “extraterritorial”, como Samanta Schweblin, Valeria Luiselli, Liliana Colanzi, Andrea Jeftanovic, Lina Meruane, Andrés Neuman, Jorge Volpi, Carlos Yushimito, Maximiliano Matayoshi, Eduardo Halfon o Rodrigo Hasbún.

Sin embargo, el fenómeno extraterritorial más conmovedor e interesante lo protagoniza ahora mismo J. M. Coetzee, cuya última obra —Siete cuentos morales (2018)— no sólo se publicó primero en español, sino que el premio Nobel sudafricano ha emprendido una rotunda inmersión literaria y lingüística en Chile y Argentina.

Gracias a Steiner, los hispanohablantes somos capaces de leer a autores de nuestra lengua y saborear —como una epifanía— el eco remoto de Babel.