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La periodista que se adentró en una ‘escuela del bosque’, la secta secreta que realiza la ablación

Las denuncias públicas de Mae Azango consiguieron que durante un año se prohibiera la mutilación genital en Liberia, aunque luego se volvió a permitir e incluso está hoy amparada por el Gobierno

La periodista Mae Azango fotografiada en Monrovia.
La periodista Mae Azango fotografiada en Monrovia.

En Liberia, la mutilación genital femenina es una práctica legal, incluso fomentada por el Gobierno.

Sí, han leído bien.

En este país africano situado a orillas del Atlántico, la circuncisión de las niñas constituye el rito de iniciación a una sociedad secreta exclusivamente femenina llamada Sande, implantada en 11 de los 15 condados liberianos. Se considera que esta sociedad es la guardiana de la cultura de los ancestros y, por ello, es intocable. Las jóvenes pasan entre unos meses y tres años en sus escuelas del bosque. El rito iniciático consiste en extirparles el clítoris, para aprender el respeto a los ancianos y sus tareas como futuras esposas y madres. Cuando salen, siguen siendo a menudo analfabetas.

Estas escuelas son inaccesibles para cualquiera que no forme parte de la sociedad secreta, pero cuentan con la autorización del Ministerio del Interior.

Hasta ahora, la enorme influencia política de Sande ha impedido que el parlamento apruebe una ley que penalice la ablación. Esta atroz costumbre patriarcal sigue siendo legal en seis países africanos. La presidenta liberiana Ellen Johnson Sirleaf fue la única que logró que se prohibiese, aunque solo durante un año, gracias al encendido debate que abrió la primera periodista del país que se atrevió a denunciar el horror.

Su nombre es Mae Azango, tiene un temperamento impulsivo y decidido, y trabaja para FrontPage Africa, el periódico digital más leído de Liberia. Durante la primera guerra civil (1989-1997), pasó mucho tiempo refugiada en Costa de Marfil. "He visto cómo pisoteaban mis derechos, y por eso quiero escribir sobre los últimos, los marginados, y denunciar cualquier violación de los derechos humanos", afirma. Ha sido premiada en Estados Unidos por el Comité para la Protección de los Periodistas (en 2012) y por el Centro Pulitzer por sus valientes investigaciones sobre la mutilación genital femenina, que le han costado amenazas de muerte y meses de clandestinidad. Nos recibe en su despacho en el centro de la capital, Monrovia.

Pregunta. ¿Cuándo y por qué decidió comprometerse con un tema tabú en su país?

Respuesta. A una amiga mía la abandonó su marido. Los dos eran de un pueblo y a ella la habían circuncidado en una escuela del bosque a petición de la familia de su futuro marido. Para casarse tenía que estar limpia, y para ello tenía que pasar por el rito de la ablación. Las líderes espirituales de la sociedad Sande, llamadas zoe, tienen mucho prestigio en los pueblos. Las familias quieren que sus hijas reciban sus enseñanzas, porque si no, la comunidad las discrimina. Pero cuando mi amiga y su marido se mudaron a Monrovia, él la engañó con otras mujeres no circuncidadas, lo cual le proporcionaba una experiencia o placer sexual diferente. Entonces la dejó. Ella me lo contó y yo escribí la historia porque me parecía una injusticia tremenda, una violencia que sufren muchas mujeres. Era 2010, y el artículo pasó inadvertido, a diferencia de otro que publiqué poco después.

Me explicó que practicaban la ablación a 25 niñas usando el mismo cuchillo, con el peligro que eso supone de transmitir diversas enfermedades, entre ellas el virus del sida. Me contó que el dolor era insoportable

¿De qué hablaba ese segundo reportaje?

De las graves consecuencias sanitarias de la mutilación genital femenina; de las niñas que, después de la ablación, mueren desangradas. Entrevisté a una joven que había estado en una escuela del bosque cuando tenía 13 años. Me explicó que practicaban la ablación a 25 niñas usando el mismo cuchillo, con el peligro que eso supone de transmitir diversas enfermedades, entre ellas el virus del sida. Me contó que el dolor era insoportable, y que, para curar las heridas, las zoe usan hojas silvestres que frotan contra el corte para aplicarle el jugo. ¿Se imagina la cantidad de bacterias e insectos que acaban en la herida? Un médico me confirmó que estas mujeres padecen toda su vida infecciones del aparato genital, y que algunas incluso desarrollan una fístula. Al final, en 2012, entré en una escuela del bosque.

¿Cómo lo consiguió? Nadie puede entrar en ellas si no es miembro de Sande.

Participé en una ceremonia de graduación, la fiesta que la sociedad secreta organiza cuando concluye el ciclo de un grupo de niñas. Es un acontecimiento público, importante para toda la comunidad. Las niñas llevan vestidos blancos, joyas, tobilleras que suenan al ritmo de sus danzas. Entre ellas vi a algunas que tenían cinco años. Me presenté a una zoe diciéndole que era madre de una niña y que estaba deseando mandar a mi hija con ellas. Me dio la bienvenida y me dijo que le llevase 10 lapa (la falda tradicional), dos latas de aceite, dos sacos de arroz y 50 dólares, y que entonces admitirían a la niña. Al cabo de unos días fui a visitar la escuela, sin mi hija, claro; solo quería recoger información. Cuando salió el artículo en primera página con ocasión del 8 de marzo, mi jefe de redacción me llamó alarmado y me dijo que me fuese inmediatamente de allí, que estaban recibiendo muchísimas llamadas amenazando con practicarme la mutilación genital en cuanto me encontraran.

Y desde entonces tiene que vivir escondida.

La mujer que me alquilaba el piso en Monrovia informó a las miembros de Sande, así que no podía volver a casa ni alojarme con nadie que fuese liberiano. Aquí nunca sabes con quién te vas a encontrar, si pertenece o no a Sande. Por eso me escondí con unos amigos periodistas extranjeros. Las mujeres de la sociedad me buscaron en el periódico, y como no me encontraron, fueron a por mi hija, que entonces tenía nueve años. Fue espantoso. Mi hijo mayor la escondió fuera de Monrovia; estuvimos tres años separadas. Al final, en 2015 decidí mandarla con mis primos a Estados Unidos, donde le han concedido asilo político.

Cuando salió el artículo, mi jefe de redacción me llamó alarmado y me dijo que  estaban recibiendo muchísimas llamadas amenazando con practicarme la mutilación genital

¿Y a usted el Gobierno liberiano le ha dado alguna clase de protección?

No, ninguna. Recurrí al Comité para la Protección de los Periodistas, una asociación estadounidense que defiende a los periodistas amenazados, y a Amnistía Internacional. Las dos organizaciones escribieron a la entonces presidenta del país, Ellen Johnson Sirleaf, pidiéndole que me pusiese a salvo. Yo no he recibido protección, pero fue imposible hacer caso omiso del debate que sacudió al país durante un mes, de manera que el Gobierno decretó la prohibición de las mutilaciones genitales, pero solo durante un año. Después se volvió a la situación anterior.

¿Por qué tiene tanto poder la sociedad Sande?

Las zoe mandan en los pueblos. Si los políticos les piden que digan a su gente que los vote, pueden estar seguros de que ganarán. Por eso la política tiene que complacer a las escuelas del bosque, que se esconden detrás de la defensa de la cultura tradicional, pero que, al fin y al cabo, no son más que un juego económico. Las zoe cobran a los padres, las familias se endeudan, las niñas dejan de ir al colegio y se convierten en analfabetas. Además, a diferencia de lo que parece, es un sistema patriarcal. Los hombres de las sociedades secretas masculinas, llamadas Poro, son quienes mueven los hilos. Los que quieren la mutilación genital de las mujeres son los hombres. Y hasta ahora, ningún político ha demostrado verdadera voluntad de acabar con todo esto.

De hecho, el año pasado Liberia aprobó la primera ley contra la violencia contra las mujeres, pero dejó fuera de ella el tema de la mutilación genital.

Es una ley hueca. Excluyeron la ablación, que arruina la vida de mujeres y niñas pero que, según ellos, no es violencia, sino cultura tradicional. La vicepresidenta Jewel Taylor peleó para abolir las mutilaciones, pero fue inútil. Todos los países africanos se han adaptado a las resoluciones internacionales menos nosotros y pocos más.

¿El nuevo presidente George Weah ha tomado partido?

He oído que había hablado con miembros de Sande para decirles que había que esperar a la mayoría de edad de las niñas, pero no ha dicho que hay que acabar con la mutilación genital de una vez por todas. El problema es que nadie controla a las sociedades secretas, que siguen mutilando a pequeñas de tres, cuatro y cinco años. Bastaría con que el Ministerio del Interior retirase la autorización a las escuelas del bosque.

Como no me encontraron, fueron a por mi hija, que entonces tenía nueve años. Fue espantoso. Mi hijo mayor escondió a la pequeña fuera de Monrovia y estuvimos tres años separadas

¿Usted no ha padecido la mutilación genital?

No. Mi padre es del condado de Lofa, uno de los epicentros de Sande, mientras que mi madre es de Monrovia y siempre se ha preocupado por los derechos de las mujeres. Cuando mi padre quiso que me iniciasen en la sociedad secreta, ella se opuso categóricamente. Ya vivíamos aquí, en la capital, pero si hubiésemos estado en la zona rural de mi padre, a lo mejor mi madre no habría podido decir nada.

¿No ha pensado nunca en abandonar su país para sentirse más libre de expresarse y quizá reunirse con su hija?

No, de ninguna manera. La echo muchísimo de menos, pero allí está bien, y yo quiero ejercer mi labor de periodista aquí, para intentar cambiar las cosas y ser útil a mi país. Creo que el periodismo es eso: comprometerse con temas importantes para la sociedad, dar a conocer, generar un debate para un cambio posible. La mutilación genital femenina sigue siendo un tema tabú, y mi deber es seguir aquí.

Esta entrevista se realizó gracias al apoyo de la ONG ActionAid Italia como parte de sus programas de fomento de los derechos de las mujeres en África.

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