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Las tres eses de Boris

Contra sentimentalismos, nostalgias y complacencias, conviene saber que esta será una negociación dura, incluso si la salpican coincidencias positivas, sobre Irán o sobre Huawei

Foto de archivo del primer ministro británico, Boris Johnson, en Bruselas.
Foto de archivo del primer ministro británico, Boris Johnson, en Bruselas. AP

Acabó la música. Empiezan la letra y los números. Las conversaciones sobre la relación futura UE-Reino Unido tendrán hoy un primer hito tangible cuando el negociador europeo, Michel Barnier, presente el mandato negociador —la guía de directrices—, a aprobar por los 27.

Contra sentimentalismos, nostalgias y complacencias, conviene saber que esta será una negociación dura, incluso si la salpican coincidencias positivas, sobre Irán o sobre Huawei.

Boris Johnson afronta tres dilemas encabezados por la inicial ese: singapurización; soberanismo; standarización. Los tres están ligados, son tres aspectos de una misma lógica. Y aunque el pesimismo prospectivo tenga bazas, no es indefectible que deba imponerse, si se miran de frente los problemas.

La singapurización es el peligro de la deriva ultra-neoliberal que convierta al reino en una semiparaíso fiscal, con impuestos bajísimos que de mediar un amplio acceso al mercado interior europeo achatarraría la industria continental. Pero es difícil en estado puro, gentes del Foreign Office sostienen que tiene “límites en la política interior”.

Porque habrá que compaginar la pulsión neoliberal con el programa de gasto con el que Boris ganó las elecciones: 40.000 millones de euros adicionales al Servicio Nacional de Salud, la “mayor inversión en infraestructuras desde la era victoriana” y un salario mínimo (66% del mediano) superior al previsto por el Gobierno del PSOE y Podemos (60%).

Segundo dilema: entre acceso al mercado interior y estándares europeos. “Sin igualdad de condiciones en medio ambiente, empleo, fiscalidad y ayudas de estado no podrá haber un acceso al mercado único de alta calidad. Si no eres miembro no puedes mantener los beneficios de ser parte”, acaban de advertir los presidentes de la Comisión, el Consejo y el Parlamento.

O sea, ¿cuánto mercado para sus productos (¡y servicios!) está dispuesto a comprar el Gobierno británico pagando en forma de asunción de regulaciones? Ya predica su no al “alineamiento dinámico”, la adecuación automática a la regla europea en evolución: “No seremos encajadores de sus normas”, declaró el canciller del Exchequer, Sajid Javid. La negociación dirá.

Tercero, soberanismo frente a interés empresarial. Londres asegura que priorizará la capacidad autónoma para tomar sus decisiones políticas sobre el interés de sus empresas. Veremos hasta dónde lo tolera su establishment.

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