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Los pingüinos fomentan la cooperación polar

Investigadores españoles en colaboración con otros países analizan los impactos del cambio climático y la contaminación en estas aves polares

Pingüinos Adelia, en la isla Ardley, frente a la Rey Jorge, en la campaña 2019-2020.

Ya a las puertas de mi viaje a la Antártida con la XXXIII Campaña Antártica Española, los encuentros con científicos que llevan muchos años viajando al extremo sur resultan ser los mejores guías para acercarse al misterioso continente blanco. Algunas, como la matemática Ana Justel, del proyecto MicroAirPolar, me prestan su propio equipamiento; otros, como el pionero geólogo antártico Jerónimo López, me empapan de historia española en ese continente. Los hay también que están de regreso y me cuentan lo que han estado haciendo hasta hace unos días por ese continente, que cada día siento más cerca. 

A algunos, como a Andrés Barbosa, biólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), lo echarán de menos este 2020 los 20.000 pingüinos barbijos que se reúnen cada verano austral para tener sus crías en la Isla Decepción de la Antártida, donde se encuentra la base Gabriel de Castilla. Barbosa había escogido en esta ocasión otro destino: la base Artigas de Uruguay, en la isla Rey Jorge. Los barbijos que visitan Decepción son una de las 19 especies que existen en el planeta (hasta hace poco se creía que eran 18) y en este verano austral Barbosa buscaba a los adelia, cuya maternidad está cerca del enclave uruguayo.

Estas simpáticas y nada frioleras aves son un buen ejemplo de lo que significa la cooperación científica polar en tan inmenso e inaccesible continente, de 14 millones de kilómetros cuadrados. Moverse de una isla a otra es una odisea, siempre al albur de la climatología, y son habituales los intercambios de científicos entre bases de diferentes países. Ahora mismo, en las españolas hay en marcha tres proyectos de Portugal y uno más, colombiano, se desarrolla a bordo del buque oceanográfico Hespérides, que comparte espacio estos días con el proyecto Powell 2020.

Andrés Barbosa y Ana Machado, tomando datos de pingüinos en la Antártida.

La isla Rey Jorge en la que ha estado el biólogo Barbosa dispone del único aeródromo en toda la península Antártica y reúne hasta 15 bases científicas de un buen número de países (Chile, Argentina, Uruguay, China, Corea o Brasil). “Normalmente hacemos intercambios entre bases, aparte del apoyo compartido en los trayectos en los buques. La Antártida es un ejemplo de cooperación internacional que funciona desde hace décadas sin conflictos”, explica después de pasar varias semanas recogiendo datos en uno de los lugares antárticos más visitados por los seres humanos. “Además de científicos, cada día hay entre tres y cinco cruceros que van a recoger turistas que llegan en avión. También los hay que van desde Chile para pasar un día en la Antártida. En Artigas, con mis colegas uruguayos, queríamos ver el impacto de tanto tráfico en los pingüinos, si están cambiando sus rutinas”, señala.

Barbosa, que además de científico del CSIC es responsable del programa polar español, quería saber adonde van los pingüinos adelia a comer, así que colocó GPS en la espalda de algunos ejemplares. También les extrajo sangre para estudiar su ADN y le hizo fotos del proceso reproductivo. “Cuanto más lejos tengan que ir a por su comida, más esfuerzo realizan y más lejos están de las crías, lo que resulta más arriesgado para ellas", comenta el biólogo, ahora ya en su despacho, decorado con pingüinos de cartón piedra. “¿Mi interés en un ave tan lejana? En la campaña de 1994-1995 me fui a la Antártida con el científico Juan Moreno, también del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y ya me quedé enganchado, aunque reconozco que cuando era estudiante me atraía mucho más África, nada que ver con lo que hago ahora, que me entusiama”.

Hoy, las aves con aspecto más torpón y simpático de la fauna no solo son su objetivo, sino también su preocupación, porque ha visto cómo las poblaciones de barbijo han disminuido un 40% en pocas décadas. Cada vez hay menos krill, los crustáceos de los que se alimentan. La culpa de la escasez está en el cambio climático y en la sobrepesca: “Aunque la Convención para la Conservación de los Recursos Marinos Antárticos (CCAMLR) regula los cupos de krill que se pueden coger, no basta, y los intentos de proteger el mar de Weddell, al oeste de la península Antártida, han sido infructuosos por el veto de Rusia y China”. A esto se suma que el cambio climático está afectando a las grandes plataformas de hielo en las que cría esta pequeña gamba, y eso daña sus poblaciones.

Por si fuera poco, un estudio publicado el pasado mes de octubre por científicos portugueses ha revelado que los pingüinos ya se alimentan, sin ser conscientes de ello, de microplásticos: el 20% de las heces analizadas en en el trabajo de investigación contenía restos de menos de cinco milímetros de este material.

“Hubo un tiempo en que los balleneros usaban a los pingüinos como combustible de sus calderas gracias a la grasa de sus cuerpos. Ahora nos parece terrible esa imagen, porque son animales emblemáticos y atractivos, pero algunas de sus poblaciones están decreciendo mucho y aunque hay especies cuyas poblaciones aumentan en otras zonas, su diversidad está en riesgo”, señala Barbosa.

Estos días comparte despacho con una investigadora brasileña que trabaja en la Universidad Católica de Chile. Juliana Vianna es especialista en estudios de filogenia y ADN de los pingüinos. Dirigió el proyecto que ha determinado que son 19 y no 18 las especies que existen, y me explica que todas tuvieron un origen común hace 22 millones de años, justo cuando la Antártida ya era un continente independiente de América y Australia y estaba en proceso de alejamiento. Averiguar cómo fueron diversificándose a lo largo del tiempo, por la selección natural, forma parte de su fascinante trabajo.

Juliana habla del papel fundamental que tuvo el frente polar antártico o también llamada "corriente antártica" en esta historia biológica. Me llama la atención el dato de que el pingüino papúa, el del pico rojo, apareciera en ese continente hace unos 3,7 millones de años, justo cuando en África los primeros Australopithecus bajaban de los árboles para dar sus primeros pasos como bípedos, en el inicio del camino a nuestra propia especie. En breve, anuncia Juliana, tendrá otros resultados publicados que aún no me puede desvelar y han requerido la cooperación de investigadores de una decena de países.

Este año el proyecto Permafrost, con ayuda de la Unidad de Tecnología Marina (UTM) ha abierto un campamento alejado de la base Juan Carlos I, Byers, por primera vez por tierra. Todo un hito de la XXXIII Campaña Antártica.

No muy lejos de esa corriente circumpolar navega el buque Hespérides. Recibo puntuales noticias de su singladura por el mar de Weddell con el proyecto Powell 2020 a bordo. También, en la distancia, me cuentan la odisea que este año ha supuesto abrir por tierra, sin apoyo del buque, el campamento Byers, cercano a la Base Juan Carlos I de isla Livingston, para que pudieran trabajar allí los científicos del proyecto sobre permafrost de Miguel Ángel de Pablos, de la Universidad de Alcalá de Henares.

El papel de los pingüinos cooperantes va más allá de la ciencia. Desde el 16 de diciembre, el Ejército de Tierra, que gestiona la base Gabriel de Castilla, mantiene abierta, un año más, la campaña "apadrina un pingüino", que ya cuenta con más de 130.000 padrinos. Y este año se completa con un donativo para la iniciativa "pingüinos contra el cáncer infantil”, en colaboración con la Asociación Pablo Ugarte. Su objetivo es conseguir fondos para la investigación contra esta enfermedad. De momento, llevan algo más de 1.000 euros, pero aún queda mucha campaña. Para la autora de este blog… ¡comienza en unos días!