Columna
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El triste regreso de la soberanía

Las democracias que operen en el estrecho marco de la defensa de su soberanía nacional estarán incapacitadas para responder a los retos que sus ciudadanos tienen enfrente

El primer ministro griego Alexis Tsipras, en una imagen de archivo.
El primer ministro griego Alexis Tsipras, en una imagen de archivo.EFE

Cuando en plena crisis de la deuda una parte de la ciudadanía griega se rebelaba contra el limitado margen de maniobra que dejaba su dependencia de los mercados internacionales y las restricciones impuestas por los países acreedores, muchos decidieron usar como argumento la violación de la soberanía nacional griega. Otros les recordaron entonces que en nuestras complejas democracias modernas —en las que las decisiones dependen de muchos actores, hay varios niveles de gobierno, y existen interdependencias transnacionales—, la soberanía es un concepto demasiado escurridizo para otorgar o quitar legitimidad a las decisiones políticas. Sin duda, los ciudadanos griegos deberían tener algo que decir sobre las políticas económicas que les afectan. Pero invocar la soberanía no puede servir para imponer unilateralmente su voluntad al resto de ciudadanos con los que comparten una moneda.

El Gobierno de Tsipras, que llegó al poder cultivando una retórica nacionalista, aprendió pronto que entender la soberanía de forma estrecha no solo era imposible en el contexto actual, sino que además era dañino para su propia población. Grecia acabó optando por cooperar con las instituciones europeas e incluso se atrevió a dar nuevos e importantes pasos costosos en términos de soberanía, como el reconocimiento de Macedonia del Norte. El país evitó el precipicio y, aunque con demasiadas cicatrices, acabó superando lo peor de la crisis.

El caso griego es solo un ejemplo. Las democracias que operen en el estrecho marco de la defensa de su soberanía nacional estarán incapacitadas para responder a los retos que sus ciudadanos tienen enfrente. La efectividad de la respuesta al cambio climático dependerá de la cooperación internacional; la resistencia a las futuras crisis económicas, de cómo reformemos la unión monetaria; el éxito de las políticas sociales, de su capacidad a adaptarse a las diferentes realidades locales con las que se enfrenten. Para todo ello, el concepto de soberanía nacional no es solo inútil, es contraproducente.

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Lamentablemente, la cuestión catalana ha provocado que muchos entre nosotros hayan recurrido, a un lado y otro del conflicto, a una anquilosada noción de soberanía como atajo para resolver un complejo problema político. El último episodio ha sido el de usarla para cuestionar la legitimidad de nuestro ordenamiento jurídico supranacional. Es una deriva peligrosa que deberíamos atajar cuanto antes. @jfalbertos

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