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Tau Cero

Dentro de miles de millones de años, sumergirse en un agujero de gusano resultará tan normal como lo es hoy bajar las escaleras del Metro

Imagen de una edición de la novela de Anderson.
Imagen de una edición de la novela de Anderson.

A finales de los años 60, los astrónomos se pusieron a debatir sobre las causas del destino final del universo. Mientras unos exponían que el universo terminaría abrasado en el crematorio del cosmos, los otros sostenían que terminaría muerto de frío, hundido en la nebulosidad glacial de su propia expansión. Porque en la actualidad de nuestra era científica, la expansión del universo es un hecho incuestionable, tanto como lo es su final.

La tecnología puntera de los últimos satélites artificiales (WMAP y PLANCK) ha cambiado el mapa del origen, así como del desarrollo y del fin del universo. Según su lectura, el universo no se expande poco a poco, sino de manera acelerada; urgente y veloz hasta alcanzar su destino final. La misma materia que lo constituye es la que acelera su expansión. El desastre será inevitable; ocurrirá dentro de miles de millones de años.

Por ahora podemos tranquilizarnos en ese aspecto.

Pero si volamos con nuestra imaginación hasta un futuro tan lejano, podemos encontrarnos con nuestros descendientes a bordo de naves interestelares que buscan pasadizos secretos en el tapiz del cosmos; oscuras galerías que conducen a otro universo. Sumergirse en un agujero de gusano será tan normal como lo es hoy bajar las escaleras del Metro. El género de la ciencia ficción se convertirá así en género periodístico, y los sucesos cotidianos pasarán a ser siderales. Ya puestos, viene al caso hablar de una de las novelas de ciencia ficción más celebradas de todas las épocas y que nos cuenta algunas de estas cosas.

El desastre será inevitable; ocurrirá dentro de miles de millones de años

Adelantándose al lanzamiento de los últimos satélites artificiales y a su lectura precisa del universo, el escritor y físico estadounidense Poul Anderson dio a la imprenta su novela Tau Cero (Ediciones B) a finales de los años 60, en pleno debate cosmológico acerca del fin del universo. Se trata de una odisea espacial que ocurre en el siglo XXIII y donde veinticinco hombres y veinticinco mujeres van a compartir nave en un viaje interestelar.

Las cosas se ponen feas para los viajeros cuando atraviesan una nube de polvo astral que rompe el sistema desacelerador de la nave. Por este motivo, su velocidad aumenta hasta acercarse a la velocidad de la luz. Mientras el universo va envejeciendo, el paso del tiempo se hace casi inexistente para los viajeros. Por detalles como este puede decirse que la novela Tau cero es una novela einsteniana.

Recordemos que Einstein explicó que el tiempo puede cambiar en relación con la velocidad. Por ello, si consiguiéramos alcanzar la velocidad de la luz, el tiempo quedaría reducido hasta el límite y se detendría por completo. De la misma manera que el tiempo y el espacio se contraen con la velocidad, otras medidas, tales como materia y energía, también van a transformarse cuando se aplique velocidad.

Con estas cosas, Poul Anderson construye un relato inquietante donde, gracias al blindaje de la nave, se consigue superar el momento en el cual la expansión del universo ha llegado a su limite y empieza a contraerse. Con ello, la temperatura sube hasta grados infernales y el universo queda reducido al átomo original que la nave va a atravesar con éxito. Sus tripulantes asisten entonces al nacimiento de un nuevo universo.

Pero no vamos a contar todo el final de este clásico de la ciencia-ficción donde las teorías de Einstein se hacen presentes desde el momento en el que el tiempo matemático cambia y los viajeros interestelares son testigos del fin del universo. Tan sólo vamos a sugerir su lectura por ser una novela didáctica que cuenta cómo la conquista del espacio empezó inmediatamente después de crearse el tiempo.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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