Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Cambio climático y responsabilidades

Si no se actúa, el calentamiento global provocará desplazamientos masivos y muertes. Cuando esto pase, sus responsables ya no podrán ser juzgados, pero sí es posible hacerles saber ahora su culpabilidad

Cambio climático y responsabilidades

Una posible definición de “ciencia” es la de “sistemas lógicos con capacidad predictiva”. Lo que, efectivamente, distingue a las teorías científicas de otros sistemas descriptivos es, por encima de todo, que pueden predecir lo que va a suceder en el dominio que pretenden describir. Dar cuenta solo del pasado no es ciencia. A pesar de sus limitaciones, el criterio de demarcación que Karl Popper introdujo como requisito para que una teoría sea científica —que esté abierta a refutaciones— tiene claras virtudes que una teoría que solo explique el pasado no lo puede cumplir. Algunos críticos de la ciencia interpretan el término “teoría” como si se tratara de especulaciones con escaso apoyo empírico. Así ha sucedido, por ejemplo, con los partidarios del llamado “diseño inteligente” —la idea de que la complejidad que existe en la naturaleza (el ojo humano, una flor…) exige un “Creador”—, que niegan la teoría de la evolución de las especies planteada por Charles Darwin en El origen de las especies,y que el desarrollo de la biología molecular y la genética de poblaciones han sustanciado firmemente. “Es solo una teoría” dicen.

La cuestión de si la actividad humana (la emisión de gases de efecto invernadero, con el dióxido de carbono a la cabeza) está produciendo un cambio climático ha sido objeto durante años de todo tipo de estudios científicos, y la conclusión ha sido que sí, que se está produciendo y que sus consecuencias serán en un futuro próximo profundas y perturbadoras para los humanos y muchas especies animales o vegetales. La revista BioScience acaba de publicar un artículo titulado Advertencia de los científicos del mundo de una emergencia climática, a cuyos cinco autores, encabezados por William Ripple, se han sumado 11.258 científicos de 153 países, en cuyas primeras frases afirman: “Los científicos tienen una obligación moral de advertir claramente a la humanidad de cualquier amenaza catastrófica y de ‘contarla tal como es’. Sobre la base de esta obligación y los indicadores gráficos presentados a continuación, declaramos[…], clara e inequívocamente, que el planeta Tierra se enfrenta a una emergencia climática”.

No existe duda alguna razonable sobre que las consecuencias del cambio climático serán dramáticas

A pesar de que es posible divergir en ciertos detalles relativos a en qué consistirá esa “emergencia climática” —aspectos como cuánto aumentará la temperatura media, cuáles serán algunos de sus efectos y cuándo alcanzarán estos una intensidad con consecuencias irreparables (en la escala de tiempo de generaciones humanas), o a qué comunidades afectará más—, no existe duda razonable de que sus consecuencias serán dramáticas. Numerosos glaciares, por ejemplo, han disminuido terriblemente en longitud y profundidad. En noviembre de 2016, satélites de la NASA fotografiaron una brecha de 110 kilómetros de largo, 91 metros de ancho y 500 metros de profundidad en una de las tres zonas, en la denominada C (que tiene el tamaño de Escocia), en las que se dividió la gigantesca plataforma de hielo Larsen, situada a lo largo de la costa oriental de la Antártida y que en 2004 parecía encontrarse en buen estado de estabilidad. En diciembre la brecha había aumentado 21 kilómetros, quedando unida a la Antártida por tan solo una franja de 20 kilómetros de hielo. Si se consuma el desprendimiento, los 5.000 kilómetros cuadrados de Larsen C se convertirán en un imponente iceberg. Las otras dos zonas ya sufrieron cataclismos: Larsen A se desintegró en 1995 y Larsen B lo hizo casi por completo en 2002. Y se sabe que, por ejemplo, Larsen B no había cambiado en 12.000 años. Si todo el hielo de Larsen C termina fundiéndose, el nivel global de los océanos terrestres ascenderá unos 10 centímetros.

Hace no mucho viajé en avión desde San Juan de Puerto Rico hasta Miami. El día estaba despejado y durante un largo rato pude contemplar una serie de pequeñas islas, superficies que apenas afloraban sobre la superficie marina. Eran parte de las Bahamas. Recuerdo que según las iba observando, pensé: “Algún día, no lejano, desaparecerán bajo el mar”. Y otro tanto se aplicará a muchas otras islas, así como a la invasión de mares y océanos a multitud de costas de todo el mundo. Y si la temperatura media de la atmósfera planetaria continúa aumentando, el número de muertes relacionadas con el calor —desde ataques al corazón hasta golpes de calor— lo hará siguiendo ritmos terribles. Ya existen previsiones.

En definitiva, el conocimiento predictivo que proporciona la ciencia asegura que, de no tomar medidas urgentes y severas, se producirán irremediablemente muertes y desplazamientos en masa de humanos, con lo que esto significa de sufrimiento y disrupciones sociales. Y esto me lleva al último punto que quiero tratar: el de las responsabilidades.

Hay un caso especial de negacionista que debería convertirse en apestado de la política internacional

Estamos acostumbrados a que tribunales específicos juzguen a los responsables de actos gravísimos contra comunidades de personas. El ejemplo más conocido es, seguramente, el de los juicios de Núremberg contra quienes participaron o colaboraron con las atrocidades cometidas por el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler. Entre los actos dignos de castigo que tipifica el Estatuto de Roma (17 de julio de 1998) de la Corte Penal Internacional de La Haya aparecen el “traslado forzoso de población” y actos “que causen grandes sufrimientos intencionales o atenten gravemente contra la integridad física o la salud mental” de una población civil. No ignoro que estos “crímenes de lesa humanidad” se refieren generalmente a genocidios de, digamos, naturaleza “política” o xenófoba. Como en el caso de Núremberg, se juzga, a posteriori, a quienes han cometido actos repudiables de ese tipo. ¿Cómo podría —se dirá— ser de otra forma? Pero en este punto entra el cambio climático. Los desplazamientos masivos y muertes que este producirá no han tenido lugar todavía (algunos ya sí), pero la certidumbre que asigna la ciencia indica que ocurrirán, irremediablemente, si no se actúa. ¿Cómo juzgar a los responsables? En la mayor parte de los casos, es complicado asignar responsabilidades a personas concretas, aunque los dirigentes políticos las tienen en particular, pues ello va en el oficio de “dirigir”. Pero hay un caso especial, muy importante por su destacada aportación a las causas del cambio climático, en el que el rechazo a actuar, siquiera a analizar el problema con otros, es patente y bien conocido. Los dramas personales y sociales se producirán cuando ese presidente ya no viva. “La historia le juzgará”, dirán algunos. Pobre e insuficiente consuelo es ese. Es cierto que un tribunal como el de La Haya no puede actuar contra negacionistas como esta persona (¿realmente no sabe que el cambio climático es real? Hasta el metro de la ciudad, Nueva York, en la que tantos intereses tiene, lo reconoce y está empezando a tomar medidas para cuando se manifieste en Manhattan), pero sí que debería convertirse en apestado de la política internacional. No debería ser recibido en ninguna nación comprometida en la actuación solidaria contra el cambio climático. Ello no implica desmerecer la nación que preside, que debe estar por encima de su representante temporal. El honor y la grandeza de una nación son los que le asignan su historia y su presente.

José Manuel Sánchez Ron es miembro de la Real Academia Española, catedrático emérito de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid y premio Nacional de Ensayo 2015.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >